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Fotógrafo: Esteban Jaraza

Al día de hoy en que escribo esta columna se cumplen más de quince días del paro nacional en Colombia, un estallido pendiente del 2019 que sus promotores detuvieron por las festividades y posteriormente la llegada del covid. El aislamiento preventivo sumado al miedo al contagio generó una expectativa sobre el proceder del presidente y el gobierno frente a la emergencia. Sin embargo, el dolor general del pueblo incrementó a medida que el presidente tomaba decisiones y actuaba en desconexión con el país. 


El presidente de Colombia se convirtió en un chiste, un meme. Sus apariciones en televisión iban acompañadas de algún “error humano” pero los medios nacionales siempre salieron a cubrirlo apelando a que por su juventud e inexperiencia estaba aprendiendo. Entregaban un mensaje a la ciudadanía pidiendo paciencia con “el aprendiz de presidente”. Lo que generó un malestar mayor en la población que se opuso a votar por él en las elecciones. 


Su imagen es desfavorable entre la juventud para ser el presidente más joven de Colombia y quienes lo defienden parecen ser de una generación a la que le enseñaron a no contradecir a la autoridad. Los adultos mayores piden respeto a la juventud y les exigen aprender de historia para que entiendan porqué el verdadero caos del país es culpa de la izquierda colombiana, pero la juventud nos ha dado una gran lección y es que ellos sí han aprendido historia, no solo han leído sino investigado sus propias fuentes. 


A diferencia de la toma del Palacio de Justicia en 1985 cuando por orden de la entonces ministra de comunicaciones Noemí Sanin, se transmite un partido de fútbol por televisión. Hoy día, gracias a la tecnología podemos informarnos y ver diferentes fuentes, pese a que en las redes sociales se comparten noticias falsas y si bien hay que aprender a detectarlas, la juventud tiene una gran capacidad de discernir y cuestionar la información que está viendo. 


El papel de los medios de comunicación es fundamental cuando existe una problemática social como la que vivimos en Colombia y que no es de los últimos días, este dolor y esta inconformidad vienen de hace años, de las injusticias con los 6402 víctimas de falsos positivos, con un gobierno que vendió seguridad democrática para permitir que “la gente de bien” volviera a sus fincas, el sentimiento de impotencia frente a un pequeño grupo de familias poderosas que mueven el país a su antojo y que todo el resto de personas vivimos y sobrevivimos para ellos. 


El descontento social se incrementó al ver hecho trizas el proceso de paz por el simple capricho del señor de la guerra, al que más le conviene que este país siga derramando la sangre de sus habitantes. Los nombramientos de ministros solo nos dejaba ver que el presidente estaba pagando sus cuotas políticas, los escándalos de narcotráfico en los que se han visto envueltos algunos miembros de su gabinete y que han quedado ahí, en simples escándalos, cuando lo mínimo es que entreguen sus cargos. 


Colombia es un país maltratado, dominado por un sistema patriarcal abusador. La fuerza pública se desborda en violencia contra el pueblo, olvidando que ellos también hacen parte del pueblo, siguen órdenes y no las contradicen. Se justifican alegando noticias falsas cuando cometen algún atropello contra los ciudadanos. 


379  personas desaparecidas el reporte del 6 de mayo entregado por la defensoría del pueblo, en lo que va de la manifestación y 47 muertos según las cifras de las ONG  Indepaz  y Temblores. Cifra que la fiscalía desmiente diciendo que solamente 14 tienen relación directa. 


Además de la violación de derechos humanos por parte de la fuerza pública a los manifestantes, con disparos de armas de fuego, homicidios, heridas en los ojos, abusos sexuales; se suma un agravante y es la gresión de ciudadanos armados contra los manifestantes y las comunidades indígenas, auspiciados por algunos gobieronos locales, la fuerza pública y el trino del ex presidente Uribe incitando “al uso de la fuerza y la autoridad”. 


Hay un alto nivel de polarización, de odio y resentimiento en la población colombiana. El clasismo de la época colonial está aún más vigente en las grandes ciudades, en especial de las personas que viven alejadas de las realidades rurales que se han enfrentado a todo tipo de arbitrariedades por parte de las guerrillas, los paramilitares y la fuerza pública. Como es el caso de las comunidades indígenas que han sido marginadas y cuando exigen sus derechos son tratados como “indios”.


Estamos en un país donde las problemáticas sociales son muy fuertes porque las heridas del pasado no se han sanado, somos una mezcla de razas y no debería haber discriminación, el dinero puede ser efímero y no está garantizado por la eternidad, se habla mucho de empatía por estos tiempos porque en colombia no existe la empatía. 


En Colombia se piensa en individual y no en colectivo, y es por eso que normalizaron la desigualdad aludiendo que “el pobre es pobre porque quiere” pero no tienen en cuenta nunca las oportunidades que “los ricos” tuvieron y tampoco entienden que en realidad el porcentaje de personas ricas en este país es mínimo, los demás que se dan lujos pagados a cuotas siguen siendo pobres. 


Colombia necesita renacer, partir de unos cimientos de sanación, desde el amor y la confianza. Somos un país que ha vivido en violencia desde sus inicios, cargamos todo el dolor de nuestros ancestros y es justo que a las nuevas generaciones les entreguemos un país sano y en paz. 


Del Caos al Renacer

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May 30, 2021

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Fotógrafo: Esteban Jaraza

Al día de hoy en que escribo esta columna se cumplen más de quince días del paro nacional en Colombia, un estallido pendiente del 2019 que sus promotores detuvieron por las festividades y posteriormente la llegada del covid. El aislamiento preventivo sumado al miedo al contagio generó una expectativa sobre el proceder del presidente y el gobierno frente a la emergencia. Sin embargo, el dolor general del pueblo incrementó a medida que el presidente tomaba decisiones y actuaba en desconexión con el país. 


El presidente de Colombia se convirtió en un chiste, un meme. Sus apariciones en televisión iban acompañadas de algún “error humano” pero los medios nacionales siempre salieron a cubrirlo apelando a que por su juventud e inexperiencia estaba aprendiendo. Entregaban un mensaje a la ciudadanía pidiendo paciencia con “el aprendiz de presidente”. Lo que generó un malestar mayor en la población que se opuso a votar por él en las elecciones. 


Su imagen es desfavorable entre la juventud para ser el presidente más joven de Colombia y quienes lo defienden parecen ser de una generación a la que le enseñaron a no contradecir a la autoridad. Los adultos mayores piden respeto a la juventud y les exigen aprender de historia para que entiendan porqué el verdadero caos del país es culpa de la izquierda colombiana, pero la juventud nos ha dado una gran lección y es que ellos sí han aprendido historia, no solo han leído sino investigado sus propias fuentes. 


A diferencia de la toma del Palacio de Justicia en 1985 cuando por orden de la entonces ministra de comunicaciones Noemí Sanin, se transmite un partido de fútbol por televisión. Hoy día, gracias a la tecnología podemos informarnos y ver diferentes fuentes, pese a que en las redes sociales se comparten noticias falsas y si bien hay que aprender a detectarlas, la juventud tiene una gran capacidad de discernir y cuestionar la información que está viendo. 


El papel de los medios de comunicación es fundamental cuando existe una problemática social como la que vivimos en Colombia y que no es de los últimos días, este dolor y esta inconformidad vienen de hace años, de las injusticias con los 6402 víctimas de falsos positivos, con un gobierno que vendió seguridad democrática para permitir que “la gente de bien” volviera a sus fincas, el sentimiento de impotencia frente a un pequeño grupo de familias poderosas que mueven el país a su antojo y que todo el resto de personas vivimos y sobrevivimos para ellos. 


El descontento social se incrementó al ver hecho trizas el proceso de paz por el simple capricho del señor de la guerra, al que más le conviene que este país siga derramando la sangre de sus habitantes. Los nombramientos de ministros solo nos dejaba ver que el presidente estaba pagando sus cuotas políticas, los escándalos de narcotráfico en los que se han visto envueltos algunos miembros de su gabinete y que han quedado ahí, en simples escándalos, cuando lo mínimo es que entreguen sus cargos. 


Colombia es un país maltratado, dominado por un sistema patriarcal abusador. La fuerza pública se desborda en violencia contra el pueblo, olvidando que ellos también hacen parte del pueblo, siguen órdenes y no las contradicen. Se justifican alegando noticias falsas cuando cometen algún atropello contra los ciudadanos. 


379  personas desaparecidas el reporte del 6 de mayo entregado por la defensoría del pueblo, en lo que va de la manifestación y 47 muertos según las cifras de las ONG  Indepaz  y Temblores. Cifra que la fiscalía desmiente diciendo que solamente 14 tienen relación directa. 


Además de la violación de derechos humanos por parte de la fuerza pública a los manifestantes, con disparos de armas de fuego, homicidios, heridas en los ojos, abusos sexuales; se suma un agravante y es la gresión de ciudadanos armados contra los manifestantes y las comunidades indígenas, auspiciados por algunos gobieronos locales, la fuerza pública y el trino del ex presidente Uribe incitando “al uso de la fuerza y la autoridad”. 


Hay un alto nivel de polarización, de odio y resentimiento en la población colombiana. El clasismo de la época colonial está aún más vigente en las grandes ciudades, en especial de las personas que viven alejadas de las realidades rurales que se han enfrentado a todo tipo de arbitrariedades por parte de las guerrillas, los paramilitares y la fuerza pública. Como es el caso de las comunidades indígenas que han sido marginadas y cuando exigen sus derechos son tratados como “indios”.


Estamos en un país donde las problemáticas sociales son muy fuertes porque las heridas del pasado no se han sanado, somos una mezcla de razas y no debería haber discriminación, el dinero puede ser efímero y no está garantizado por la eternidad, se habla mucho de empatía por estos tiempos porque en colombia no existe la empatía. 


En Colombia se piensa en individual y no en colectivo, y es por eso que normalizaron la desigualdad aludiendo que “el pobre es pobre porque quiere” pero no tienen en cuenta nunca las oportunidades que “los ricos” tuvieron y tampoco entienden que en realidad el porcentaje de personas ricas en este país es mínimo, los demás que se dan lujos pagados a cuotas siguen siendo pobres. 


Colombia necesita renacer, partir de unos cimientos de sanación, desde el amor y la confianza. Somos un país que ha vivido en violencia desde sus inicios, cargamos todo el dolor de nuestros ancestros y es justo que a las nuevas generaciones les entreguemos un país sano y en paz. 


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