Treinta Centímetros Entre la Vida y la Muerte
Cuando el tiempo se detuvo y la vida volvió a hablarme. Viola Edward relata el accidente del que salió sin lesiones y reflexiona sobre el miedo, los vínculos y la oportunidad de seguir viviendo.

Vi un enorme camión que venía directamente hacia mi coche. No había tiempo para calcular, reaccionar ni escapar. Entonces apareció un pensamiento con una claridad extraordinaria: «Hasta aquí llegué».
No fue una afirmación dramática. Ni siquiera una pregunta. Fue el reconocimiento de que mi vida podía estar a punto de terminar.
Tuve un grave accidente de tráfico y, afortunadamente, salí sin lesiones. Sin embargo, algo ocurrió durante aquellos segundos que todavía intento comprender. Todo parecía transcurrir en cámara lenta. Me quedé en silencio y sentí una extraña mezcla de paz y miedo: miedo porque comprendía lo que podía suceder; paz porque, en algún lugar de mi interior, existía una quietud que no podía explicar ni controlar.
No sé si fue una reacción de shock, instinto, aceptación o un instante de extraordinaria presencia. Solo sé que estaba allí, observando, respirando.
Y entonces el camión se detuvo. A treinta centímetros de mi lado del coche.
Una distancia tan pequeña podía separar dos futuros completamente diferentes: uno en el que mi vida terminaba y otro en el que tenía la oportunidad de seguir viviéndola.
Cuando el Tiempo Cambia de Ritmo
Después de más de tres décadas trabajando como psicoterapeuta, he tenido el privilegio de acompañar a muchas personas a través del miedo, la pérdida, la enfermedad y profundas transiciones vitales. He explorado la relación entre la respiración, las emociones y nuestra capacidad para afrontar la incertidumbre. Pero una cosa es acercarse a esas experiencias desde el trabajo terapéutico y otra vivirlas en el propio cuerpo.
Lo que más me sorprendió fue el silencio interior. No hubo un diálogo mental elaborado, una lista de asuntos pendientes ni un repaso repentino de todo lo que había conseguido. Solo aquel pensamiento, «hasta aquí llegué», y la coexistencia del miedo y la paz.
Todavía no estoy preparada para darle un significado definitivo a lo que sentí. Quizás nunca lo esté. Por ahora, deseo honrar esa experiencia sin apresurarme a explicarla.
La Imagen Que Más Me Dolió
Mi hermana Layla conducía su coche un poco más adelante que yo. Cuando ocurrió el accidente, vino corriendo hacia mí, aterrorizada. De todo lo que recuerdo de aquel día, esa es la imagen que más me duele: mi querida hermana corriendo hacia mi coche, llena de miedo.
Más que el camión o la posibilidad de lo que pudo haber sucedido, permanece conmigo el terror de alguien a quien amo profundamente, enfrentada a la posibilidad de perderme.
Su rostro me recordó que nuestras vidas no existen de manera aislada. Nuestra presencia forma parte de la vida emocional de otras personas, muchas veces de maneras que no llegamos a reconocer plenamente. En ocasiones, es a través de los ojos de alguien que nos ama como comprendemos el valor de nuestra propia existencia.
Salí sin lesiones físicas, pero el miedo de Layla me hizo sentir que lo ocurrido no terminaba con saber que mi cuerpo estaba ileso. También me devolvió a algo esencial en mi trabajo: la vida es lo que sucede dentro de nosotros y lo que sucede entre nosotros.
Lo Que Ocurre Entre Nosotros
Como psicoterapeuta, mentora y estudiante de la experiencia humana, comprendo la vida a través de nuestras relaciones: con el cuerpo, con las personas que amamos, con los desconocidos, con la naturaleza y con las circunstancias que encontramos.
Utilizo la expresión «energía relacional» para nombrar ese intercambio emocional que surge de nuestras conexiones. Es mi manera de describir cómo una palabra, un gesto o una presencia pueden cambiar el clima de un encuentro.
A veces transmitimos calma; otras, miedo. Podemos ofrecer seguridad, ánimo o esperanza. Y hay momentos en los que la presencia de otra persona nos ayuda a reencontrarnos con nosotros mismos.
El accidente me devolvió también preguntas que han acompañado mi trabajo: ¿cómo me estoy relacionando con lo que sucede? ¿Qué despierta esta experiencia dentro de mí? ¿Qué puedo aportar a este momento?
Hoy me hago esas preguntas sin exigirme una respuesta inmediata. Estoy intentando escuchar lo que siento, incluso aquello que todavía no sé nombrar.
La Vida Que Damos por Garantizada
Llenamos nuestras agendas, organizamos viajes, reuniones y proyectos. Hablamos de mañana, del próximo mes o del año que viene como si el futuro estuviera garantizado. Planificar forma parte de participar activamente en la vida. Yo también lo hago.
Pero, de vez en cuando, algo interrumpe esa sensación de certeza. Para mí, fue un camión que se acercaba a mi coche.
Desde entonces, algunas experiencias cotidianas tienen otro peso: escuchar una voz familiar, compartir una conversación que nos hace reír, caminar al aire libre y sentir la brisa, despertar junto a alguien a quien amamos. Nada de eso era desconocido para mí. Lo que ha cambiado es la manera en que lo siento.
Muchas personas me han dicho lo afortunada que soy. Siento una profunda gratitud, aunque todavía me cuesta encontrar palabras para todo lo demás. He dedicado gran parte de mi trayectoria a explorar qué significa vivir conscientemente, sanar, amar y permanecer presente. Aun así, sentir la fragilidad de mi propia vida tan de cerca ha abierto preguntas nuevas.
No siento la necesidad de hacer grandes promesas ni de cambiarlo todo. La invitación que percibo es más sencilla: expresar el amor sin postergarlo constantemente, dar espacio a la alegría y reconocer qué merece mi tiempo y mi atención.
Quiero continuar creando, contribuyendo y acompañando a otros, sin olvidar habitar mi propia vida.
La Respiración Que Continúa
La respiración ha ocupado un lugar central en mi trabajo y en mi recorrido personal durante más de tres décadas. A menudo he hablado de ella como un puente entre nuestra experiencia física, emocional y consciente. Después del accidente, he vuelto a sentirla de una manera mucho más sencilla: sigo aquí.
Todavía hay algo por experimentar, algo por aprender, alguien a quien amar. Quizás también algo que perdonar, soltar o comenzar de nuevo.
No necesito que cada instante sea extraordinario. A veces basta con reconocer que ese instante existe, que estoy aquí para vivirlo y que tengo con quién compartirlo.
Sigo pensando en aquellos treinta centímetros. Se han convertido para mí en un símbolo de lo delicada que puede ser la frontera entre la certeza y la incertidumbre. No sé cómo seguirá desarrollándose esta experiencia dentro de mí, pero sé que me ha tocado profundamente.
Hace años comencé a reflexionar sobre la idea de morir llena de vida: no esperar hasta el final para preguntarme si verdaderamente había vivido. Hoy regreso a esa reflexión desde otro lugar, con una apreciación más profunda por las personas que comparten mi camino.
No sé cuántos años me quedan. Sé que hoy estoy aquí y que quiero seguir viviendo desde el amor a la vida.
Treinta centímetros me separaron de lo que pudo haber sido el final de mi historia. Hoy sigo aquí para escribir el próximo capítulo.
¿Te quedaste con ganas de más?
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