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Jeffrey Grospe

Las épocas de crisis son espejos que nos obligan a mirarnos a nosotros mismos y reflexionar sobre quiénes hemos sido, cómo nos vemos y hacia dónde vamos. Esta verdad no solo aplica en lo individual, sino que también puede extrapolarse a los procesos colectivos que, como sociedad, hemos llevado. No en vano, la crisis mundial producida por el COVID-19 ha revelado las profundas contradicciones generadas por las desigualdades sociales y la necesidad de replantear los sistemas de salud y de seguridad social. En este sentido, el sociólogo portugués, Boaventura de Sousa Santos, ha sido enfático en señalar que el virus ha sido un pedagogo cruel. Pensando en ello, decidí escribir esta columna sobre algunas enseñanzas que este periodo puede aportar a las democracias occidentales y a nosotras, sus ciudadanas.

  1. La libertad absoluta no existe, pero su restricción total tampoco es saludable

Estos tiempos nos han llevado a reconocer lo obvio, lo que siempre ha estado allí, pero escapa a la vista de todos. El hecho de sabernos sujetos sociales, vulnerables y dependientes cuestiona los fundamentos filosóficos de la modernidad occidental. El individualismo metodológico, del que parte el liberalismo y que ha guiado la toma de decisiones en materia política y económica, queda en entredicho. Ni somos mónadas aisladas, ni somos seres tan racionales.

Así pues, hemos sido capaces de comprender que nuestras acciones afectan, necesariamente, la vida de los otros y el devenir social. En otras palabras, tenemos agencia y debemos ser conscientes de ella, de la responsabilidad que implica y la manera en que eso afecta nuestra libertad que es, siempre, relacional. Por esto mismo, no podemos pensar las posibilidades de ser y hacer por fuera de la sociedad, pero establecer los límites claros para que dichas posibilidades existan es, también, un desafío. 

Aplicar políticas propias de sistemas autoritarios puede ser contraproducente. Factores como el miedo, la incertidumbre, la soledad, la depresión o la desesperación producida por el encierro y el aislamiento también son elementos para considerar. Estas emociones suelen tener mayores efectos en sociedades donde el discurso de la libertad individual y de la separación entre la esfera pública y privada tienen mayor arraigo. De modo que resignificar dichos conceptos constituye una tarea para los próximos años si lo que se busca es naturalizar la corresponsabilidad social y política de la ciudadanía.  

  1. Es imperativo reimaginar la organización económica, social y política de los países

Una sociedad preparada para enfrentar pandemias es aquella en la que los sistemas de seguridad social garantizan servicios de salud, alimentación y condiciones de vida mínimas para la salubridad e higiene, no solo para atender todos los casos que requieran atención médica, sino para fortalecer el sistema inmunológico de los ciudadanos. Por ello, aspectos que parecen secundarios como la seguridad alimentaria, el acceso a complementos vitamínicos, la cobertura universal de servicios públicos domiciliarios, entre otros, son esenciales para prevenir el colapso de los hospitales y unidades de cuidados intensivos. 

No obstante, pensar esta integralidad de la vida pone en jaque la manera en que los países han organizado sus sistemas, sobre todo, sus economías. Ha quedado comprobado que delegar al mercado las garantías de los derechos es insuficiente. Por ejemplo, en Colombia, según datos de la CEPAL (2020), 2,4 millones de personas están subalimentadas, el 24% de los habitantes no cuentan con cobertura del sistema de salud y el 22% no tiene acceso al servicio de agua potable gestionado y sin riesgo. Sin estas condiciones mínimas es más probable que las medidas para evitar el contagio no puedan cumplirse y que las personas queden expuesta a los peores efectos del virus, sobre todo las más vulnerables, las que habitan en la ruralidad o en los cordones de miseria, periferias y asentamientos informales de los centros urbanos – que en el caso colombiano asciende al 28,1% de la población urbana-. 

En este sentido, la pandemia no mata tan indiscriminadamente. Si bien es cierto que es capaz de afectar a todos los estratos económicos, en cuanto a prevención, manejo y mitigación de daños, existen diferencias sustanciales que se traducen en la posibilidad de vivir o morir. Aquellos que no disponen de un empleo formal y exponen sus vidas para acceder a un ingreso diario, las trabajadoras del cuidado que ocupan la primera línea en la atención sanitaria, los habitantes de calle, los migrantes, los refugiados y la población carcelaria -por solo citar algunos ejemplos- están especialmente expuestos a la letalidad del virus.  

La crisis humana producida por el neoliberalismo, desde su posicionamiento en la década de los ochenta, se ha exacerbado aún más con la pandemia y demuestra las pocas herramientas que tienen los Estados para enfrentar la emergencia. Inventar otras formas de organización social, económica, política y ambiental es urgente para evitar la muerte de una proporción importante de la población, y para llegar a una sostenibilidad preventiva capaz de evitar crisis futuras.

  1. Las decisiones públicas se deben tomar a partir de deliberación e información

Además de la precariedad económica e institucional con la que algunos países han tenido que enfrentar la pandemia, se ha sumado una crisis en la deliberación pública. Los gobiernos de derecha, como los de Estados Unidos, Reino Unido o Brasil, han demostrado los riesgos que representan los dirigentes ineficientes o aquellos que no aceptan el diálogo social – y la evidencia científica- para tomar decisiones pertinentes.

Disponer de información fiable, suficiente y pública es fundamental para establecer políticas basadas en evidencia. De aquí la importancia de contar con la cantidad de pruebas y recursos suficientes para establecer rumbos de acción claros. Los países con mayor éxito en la gestión de la crisis, como Nueva Zelanda o Islandia, han sido aquellos que han priorizado la aplicación masiva de pruebas, pues esto genera una visión mucho más completa sobre la situación.  

Frente a una pandemia sin precedentes en la historia contemporánea, se requiere ampliar la participación. Por una parte, esto permite reconocer las realidades diversas, las múltiples consecuencias del virus y de las medidas adoptadas por los gobiernos. La consideración de las circunstancias particulares lleva a reconocer aspectos que el pánico colectivo ha invisibilizado y afectan, sobre todo, a las personas más desprotegidas. Tener un espectro amplio de voces ofrece la posibilidad de pensar los escenarios existentes y futuros, y de reposicionar el papel de la comunidad en la organización de la vida. 

Reflexionar colectivamente sobre las libertades, los sistemas de organización de la vida y la manera en la que participamos de la toma de decisiones es también una forma de construir el nuevo tipo de realidad en la que esperamos vivir. Quizá esta sea la oportunidad para reconocer que somos sujetas sociales y que las decisiones y acciones personales y privadas también son asuntos públicos que plantean la necesidad de generar nuevos acuerdos democráticos y éticos.  

Referencias

De Sousa Santos, B. (2020). La cruel pedagogía del virus. Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales: Buenos Aires.

Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2020). Estadísticas e indicadoresundefined


¿Qué le Puede Enseñar el Coronavirus a las Democracias Modernas?

Columna
por:
June 30, 2020
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Jeffrey Grospe

Las épocas de crisis son espejos que nos obligan a mirarnos a nosotros mismos y reflexionar sobre quiénes hemos sido, cómo nos vemos y hacia dónde vamos. Esta verdad no solo aplica en lo individual, sino que también puede extrapolarse a los procesos colectivos que, como sociedad, hemos llevado. No en vano, la crisis mundial producida por el COVID-19 ha revelado las profundas contradicciones generadas por las desigualdades sociales y la necesidad de replantear los sistemas de salud y de seguridad social. En este sentido, el sociólogo portugués, Boaventura de Sousa Santos, ha sido enfático en señalar que el virus ha sido un pedagogo cruel. Pensando en ello, decidí escribir esta columna sobre algunas enseñanzas que este periodo puede aportar a las democracias occidentales y a nosotras, sus ciudadanas.

  1. La libertad absoluta no existe, pero su restricción total tampoco es saludable

Estos tiempos nos han llevado a reconocer lo obvio, lo que siempre ha estado allí, pero escapa a la vista de todos. El hecho de sabernos sujetos sociales, vulnerables y dependientes cuestiona los fundamentos filosóficos de la modernidad occidental. El individualismo metodológico, del que parte el liberalismo y que ha guiado la toma de decisiones en materia política y económica, queda en entredicho. Ni somos mónadas aisladas, ni somos seres tan racionales.

Así pues, hemos sido capaces de comprender que nuestras acciones afectan, necesariamente, la vida de los otros y el devenir social. En otras palabras, tenemos agencia y debemos ser conscientes de ella, de la responsabilidad que implica y la manera en que eso afecta nuestra libertad que es, siempre, relacional. Por esto mismo, no podemos pensar las posibilidades de ser y hacer por fuera de la sociedad, pero establecer los límites claros para que dichas posibilidades existan es, también, un desafío. 

Aplicar políticas propias de sistemas autoritarios puede ser contraproducente. Factores como el miedo, la incertidumbre, la soledad, la depresión o la desesperación producida por el encierro y el aislamiento también son elementos para considerar. Estas emociones suelen tener mayores efectos en sociedades donde el discurso de la libertad individual y de la separación entre la esfera pública y privada tienen mayor arraigo. De modo que resignificar dichos conceptos constituye una tarea para los próximos años si lo que se busca es naturalizar la corresponsabilidad social y política de la ciudadanía.  

  1. Es imperativo reimaginar la organización económica, social y política de los países

Una sociedad preparada para enfrentar pandemias es aquella en la que los sistemas de seguridad social garantizan servicios de salud, alimentación y condiciones de vida mínimas para la salubridad e higiene, no solo para atender todos los casos que requieran atención médica, sino para fortalecer el sistema inmunológico de los ciudadanos. Por ello, aspectos que parecen secundarios como la seguridad alimentaria, el acceso a complementos vitamínicos, la cobertura universal de servicios públicos domiciliarios, entre otros, son esenciales para prevenir el colapso de los hospitales y unidades de cuidados intensivos. 

No obstante, pensar esta integralidad de la vida pone en jaque la manera en que los países han organizado sus sistemas, sobre todo, sus economías. Ha quedado comprobado que delegar al mercado las garantías de los derechos es insuficiente. Por ejemplo, en Colombia, según datos de la CEPAL (2020), 2,4 millones de personas están subalimentadas, el 24% de los habitantes no cuentan con cobertura del sistema de salud y el 22% no tiene acceso al servicio de agua potable gestionado y sin riesgo. Sin estas condiciones mínimas es más probable que las medidas para evitar el contagio no puedan cumplirse y que las personas queden expuesta a los peores efectos del virus, sobre todo las más vulnerables, las que habitan en la ruralidad o en los cordones de miseria, periferias y asentamientos informales de los centros urbanos – que en el caso colombiano asciende al 28,1% de la población urbana-. 

En este sentido, la pandemia no mata tan indiscriminadamente. Si bien es cierto que es capaz de afectar a todos los estratos económicos, en cuanto a prevención, manejo y mitigación de daños, existen diferencias sustanciales que se traducen en la posibilidad de vivir o morir. Aquellos que no disponen de un empleo formal y exponen sus vidas para acceder a un ingreso diario, las trabajadoras del cuidado que ocupan la primera línea en la atención sanitaria, los habitantes de calle, los migrantes, los refugiados y la población carcelaria -por solo citar algunos ejemplos- están especialmente expuestos a la letalidad del virus.  

La crisis humana producida por el neoliberalismo, desde su posicionamiento en la década de los ochenta, se ha exacerbado aún más con la pandemia y demuestra las pocas herramientas que tienen los Estados para enfrentar la emergencia. Inventar otras formas de organización social, económica, política y ambiental es urgente para evitar la muerte de una proporción importante de la población, y para llegar a una sostenibilidad preventiva capaz de evitar crisis futuras.

  1. Las decisiones públicas se deben tomar a partir de deliberación e información

Además de la precariedad económica e institucional con la que algunos países han tenido que enfrentar la pandemia, se ha sumado una crisis en la deliberación pública. Los gobiernos de derecha, como los de Estados Unidos, Reino Unido o Brasil, han demostrado los riesgos que representan los dirigentes ineficientes o aquellos que no aceptan el diálogo social – y la evidencia científica- para tomar decisiones pertinentes.

Disponer de información fiable, suficiente y pública es fundamental para establecer políticas basadas en evidencia. De aquí la importancia de contar con la cantidad de pruebas y recursos suficientes para establecer rumbos de acción claros. Los países con mayor éxito en la gestión de la crisis, como Nueva Zelanda o Islandia, han sido aquellos que han priorizado la aplicación masiva de pruebas, pues esto genera una visión mucho más completa sobre la situación.  

Frente a una pandemia sin precedentes en la historia contemporánea, se requiere ampliar la participación. Por una parte, esto permite reconocer las realidades diversas, las múltiples consecuencias del virus y de las medidas adoptadas por los gobiernos. La consideración de las circunstancias particulares lleva a reconocer aspectos que el pánico colectivo ha invisibilizado y afectan, sobre todo, a las personas más desprotegidas. Tener un espectro amplio de voces ofrece la posibilidad de pensar los escenarios existentes y futuros, y de reposicionar el papel de la comunidad en la organización de la vida. 

Reflexionar colectivamente sobre las libertades, los sistemas de organización de la vida y la manera en la que participamos de la toma de decisiones es también una forma de construir el nuevo tipo de realidad en la que esperamos vivir. Quizá esta sea la oportunidad para reconocer que somos sujetas sociales y que las decisiones y acciones personales y privadas también son asuntos públicos que plantean la necesidad de generar nuevos acuerdos democráticos y éticos.  

Referencias

De Sousa Santos, B. (2020). La cruel pedagogía del virus. Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales: Buenos Aires.

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