Breve Relato Sobre Derechos Humanos y Desigualdad Sexual

June 17, 2019
Artículo
por:
Foto Matias Hernan Becerrica on Unsplash

Desde la suscripción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948, hemos sido testigos de una fuerte presencia del discurso de los derechos humanos en los ámbitos políticos y jurídico-institucionales, tanto nacionales como internacionales. Los derechos humanos se han usado para “referirse a la dignidad de los seres humanos”. A propósito, conviene saber que cuando los derechos humanos se juridifican o positivizan –en los principales ordenamientos–, pasan a constituirse como derechos fundamentales; aunque, si bien es cierto, no todos los derechos humanos han sido reconocidos como derechos fundamentales.

Luego entonces, se considera que el fundamento de todos los derechos fundamentales es la igual dignidad de las personas. Así, “tanto las declaraciones y tratados internacionales en materia de derechos humanos, como el texto de las constituciones contemporáneas posteriores a la segunda guerra mundial, recogen la igual dignidad de toda persona como fundamento de todos los derechos fundamentales, del orden constitucional…”. Sin embargo, cosa muy distinta es garantizar una igualdad material, real y efectiva.

Dicho de otro modo, el hecho de que en nuestras leyes se reconozca el principio de igualdad, desafortunadamente, no significa que vivamos en sociedades justas e igualitarias, como bien sabemos. Claro, es un avance muy importante fijar como horizonte normativo la igualdad manifestada en todas sus formas para así tener un rumbo fijo hacia donde caminar.

Por ahora, como acertadamente menciona Boaventura de Sousa, “la gran mayoría de los seres humanos no son sujetos de derechos humanos, sino objetos de los discursos estatales y no estatales de derechos humanos”. En este sentido, aunque los llamados Estados de Derecho han ido incorporando dentro de su acervo jurídico los principios de libertad e igualdad como derechos fundamentales, no podemos negar que la desigualdad en la vida de muchas mujeres y de aquellas personas que, por ejemplo, no cumplen con los mandatos heteronormativos, persiste en muchas formas. Así, la desigualdad se hace latente inclusive en esas sociedades en las que se ha proclamado una igualdad formal, es decir, aquella recogida en las leyes.

En el caso de las mujeres, la persistencia y reproducción de la desigualdad sexual se debe a muchas razones; algunas de las cuales tienen que ver con el hecho de que en sociedades de tipo patriarcal encontramos una serie de comportamientos e ideas –precisamente cargadas de sesgos patriarcales– que han contribuido a alimentar la desigualdad sexual. Así, determinados roles, tradiciones, prejuicios, normas y estereotipos –cuyo grado de legitimidad e intensidad varía dependiendo del tipo de patriarcado–, condicionan (en mayor o menor medida) la vida de muchas mujeres.

Para la socióloga Janet Saltzman las “clases de definiciones sociales que contribuyen al mantenimiento de la desigualdad sexual” son principalmente tres: las ideologías sexuales, las normas sexuales y los estereotipos. En palabras de Ana de Miguel: “las ideologías sexuales son sistemas de creencias que explican cómo y por qué se diferencian los hombres de las mujeres. Y, sobre esta base, no solo especifican diferentes derechos y deberes sino diferentes formas de realización humana”. Por su parte, “las normas sexuales hacen referencia a la conducta que se espera de los géneros”. Y por último, “los estereotipos atribuyen rasgos de carácter a los individuos por pertenecer a un grupo social”. La cuestión es que estas definiciones sociales no solo persisten en el espacio privado sino en la mayoría de los ámbitos de la vida humana.

Asimismo, hay que tener en cuenta que durante siglos y siglos de invisibilización y exclusión del colectivo femenino y otros colectivos, se dio forma y se dotó de contenido a una monocultura que no incorporó las miradas, experiencias y aportaciones de las mujeres… de la llamada otredad. Sin duda, los efectos de estas omisiones irradian hasta nuestros días.

A modo de conclusión, es importante saber que –inclusive en aquellos lugares en los que se ha proclamado una igualdad formal–, la desigualdad sexual se manifiesta y reproduce de manera casi imperceptible, pero con paso firme, dentro de estructuras sociales históricamente injustas y desiguales. Como ya vimos, la desigualdad sexual se instala en los imaginarios colectivos e individuales a través de las ideologías y normas sexuales, así como mediante los estereotipos de género y otras formas que la legitiman; y es que, todas ellas, son propagadas –en los espacios de entretenimiento y consumo– masivamente por los medios de comunicación. Lo anterior ha de ser asumido como un reto para los derechos humanos y para cada persona, en lo individual, que desee una sociedad más libre, justa e igualitaria.

Daniela Hinojos

Breve Relato Sobre Derechos Humanos y Desigualdad Sexual

May 14, 2019
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Foto Matias Hernan Becerrica on Unsplash

Desde la suscripción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948, hemos sido testigos de una fuerte presencia del discurso de los derechos humanos en los ámbitos políticos y jurídico-institucionales, tanto nacionales como internacionales. Los derechos humanos se han usado para “referirse a la dignidad de los seres humanos”. A propósito, conviene saber que cuando los derechos humanos se juridifican o positivizan –en los principales ordenamientos–, pasan a constituirse como derechos fundamentales; aunque, si bien es cierto, no todos los derechos humanos han sido reconocidos como derechos fundamentales.

Luego entonces, se considera que el fundamento de todos los derechos fundamentales es la igual dignidad de las personas. Así, “tanto las declaraciones y tratados internacionales en materia de derechos humanos, como el texto de las constituciones contemporáneas posteriores a la segunda guerra mundial, recogen la igual dignidad de toda persona como fundamento de todos los derechos fundamentales, del orden constitucional…”. Sin embargo, cosa muy distinta es garantizar una igualdad material, real y efectiva.

Dicho de otro modo, el hecho de que en nuestras leyes se reconozca el principio de igualdad, desafortunadamente, no significa que vivamos en sociedades justas e igualitarias, como bien sabemos. Claro, es un avance muy importante fijar como horizonte normativo la igualdad manifestada en todas sus formas para así tener un rumbo fijo hacia donde caminar.

Por ahora, como acertadamente menciona Boaventura de Sousa, “la gran mayoría de los seres humanos no son sujetos de derechos humanos, sino objetos de los discursos estatales y no estatales de derechos humanos”. En este sentido, aunque los llamados Estados de Derecho han ido incorporando dentro de su acervo jurídico los principios de libertad e igualdad como derechos fundamentales, no podemos negar que la desigualdad en la vida de muchas mujeres y de aquellas personas que, por ejemplo, no cumplen con los mandatos heteronormativos, persiste en muchas formas. Así, la desigualdad se hace latente inclusive en esas sociedades en las que se ha proclamado una igualdad formal, es decir, aquella recogida en las leyes.

En el caso de las mujeres, la persistencia y reproducción de la desigualdad sexual se debe a muchas razones; algunas de las cuales tienen que ver con el hecho de que en sociedades de tipo patriarcal encontramos una serie de comportamientos e ideas –precisamente cargadas de sesgos patriarcales– que han contribuido a alimentar la desigualdad sexual. Así, determinados roles, tradiciones, prejuicios, normas y estereotipos –cuyo grado de legitimidad e intensidad varía dependiendo del tipo de patriarcado–, condicionan (en mayor o menor medida) la vida de muchas mujeres.

Para la socióloga Janet Saltzman las “clases de definiciones sociales que contribuyen al mantenimiento de la desigualdad sexual” son principalmente tres: las ideologías sexuales, las normas sexuales y los estereotipos. En palabras de Ana de Miguel: “las ideologías sexuales son sistemas de creencias que explican cómo y por qué se diferencian los hombres de las mujeres. Y, sobre esta base, no solo especifican diferentes derechos y deberes sino diferentes formas de realización humana”. Por su parte, “las normas sexuales hacen referencia a la conducta que se espera de los géneros”. Y por último, “los estereotipos atribuyen rasgos de carácter a los individuos por pertenecer a un grupo social”. La cuestión es que estas definiciones sociales no solo persisten en el espacio privado sino en la mayoría de los ámbitos de la vida humana.

Asimismo, hay que tener en cuenta que durante siglos y siglos de invisibilización y exclusión del colectivo femenino y otros colectivos, se dio forma y se dotó de contenido a una monocultura que no incorporó las miradas, experiencias y aportaciones de las mujeres… de la llamada otredad. Sin duda, los efectos de estas omisiones irradian hasta nuestros días.

A modo de conclusión, es importante saber que –inclusive en aquellos lugares en los que se ha proclamado una igualdad formal–, la desigualdad sexual se manifiesta y reproduce de manera casi imperceptible, pero con paso firme, dentro de estructuras sociales históricamente injustas y desiguales. Como ya vimos, la desigualdad sexual se instala en los imaginarios colectivos e individuales a través de las ideologías y normas sexuales, así como mediante los estereotipos de género y otras formas que la legitiman; y es que, todas ellas, son propagadas –en los espacios de entretenimiento y consumo– masivamente por los medios de comunicación. Lo anterior ha de ser asumido como un reto para los derechos humanos y para cada persona, en lo individual, que desee una sociedad más libre, justa e igualitaria.

Daniela Hinojos

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