¿Cómo Matar a un Dragón?

June 9, 2019
Columna
por:
No items found.
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.” Augusto Monterroso


Foto de: Public Domain Pictures

Primer acto: ¿Qué es un dragón?

Los dragones tienen una existencia paradójica: son, al mismo tiempo, reales e imaginarios. Es algo que debemos recordar si queremos aprender a matar a un dragón.

Todos tenemos nuestros dragones. Tal vez siempre hayan estado ahí, pero lo más probable es que se hayan aparecido un día sobre nuestras cabezas y, desde entonces, nos sigan sobrevolando. Cualquiera puede ser un dragón, pues no hay nada inherentemente dragonesco en nadie, y, por lo mismo, nadie se libra de ser el dragón de otra persona. A veces nacemos en una cueva de dragones. Nos sentamos en sus mesas y almorzamos con ellos. A veces son los dragones quienes nos educan, quienes presiden la misa del domingo, quienes se encargan de mantener el orden público. Tal vez respetamos a esos dragones. Muchas veces también los despreciamos. A veces nos enamoramos de los dragones. No eran dragones al principio. Nos lastiman: eso hizo que se convirtieran en dragones. Pero no todos los dragones están hechos de dolor. Los dragones más fuertes están hechos de miedo. Nos derriban sin moverse sólo porque están ahí. O porque creemos que están ahí. De pronto ni conocemos a esos dragones: los creamos a partir de sus sombras, de rumores de dragón que circulan por nuestra aldea. Hay mujeres que cuando salen solas por la noche, ven calles plagadas de dragones. Es el mundo en el que viven. Es el mundo en el que vivimos. También adoptamos a los dragones de otras personas. Hay  dragones contagiosos: se multiplican como una plaga porque nos parece tan real el daño que podrían hacer que se vuelven omnipresentes. Esa cualidad contagiosa de los dragones también hace que quienes ignoran a los dragones, o los respaldan, o no se preocupan por protegernos de ellos, también terminen cubriéndose de escamas y escupiendo fuego. Estamos convencidos de que existen, de que son gigantes, de que no tienen ni un ápice de bondad, pues finalmente son quienes roban tesoros y destruyen hogares. Quedamos atrapados en sus mundos de dragones. Pasamos horas y horas pensando en ellos porque no sabemos muy bien qué lugar darles en nuestras vidas, cómo combatirlos, cómo huir de ellos, cómo evitar que sigan destruyéndonos. Nadie se ríe de los dragones. Aunque deberíamos. Sería una buena forma de enfrentarlos.


Segundo acto: ¿Cómo crece un dragón?

Vivimos en una sociedad llena de prejuicios y rechazo. Y también de violencia, es innegable… Eso es lo que alimenta a los dragones. Volcamos nuestros miedos sobre los demás y hacemos que sus figuras crezcan, que se vuelvan más y más dragonescas, hasta que quiebran nuestro espíritu. Como dije, a veces ni siquiera conocemos a nuestros dragones, pero estamos seguros de que existen, de que son una amenaza para nuestra estabilidad y seguridad. Y luego conocemos a esa persona que encarna todo eso que despreciamos. Y la vamos llenando de atributos: a este dragón le gusta hacerme sentir mal. Este dragón encierra todo lo malo del patriarcado. Ese dragón es la corrupción en sí misma. Este dragón sólo quiere burlarse de mí. Ese dragón quiere quitarnos todos los derechos que hemos luchado tanto por ganar. Este dragón es un castrochavista. Ese dragón anda en una caravana de decadencia. La rabia e indignación que sentimos nos van volviendo más y más frágiles. A veces los dragones logran lo que quieren. Nos humillan. Nos someten. Pero otras veces, esos dragones ni siquiera existen. Crecen dentro de nosotros porque alguien quiere que crezcan. Alguien quiere aprovecharse de nuestros prejuicios y de nuestra indignación y terminamos tomando decisiones guiadas por ellos, por esos dragones que se inscriben en nuestras mentes y afectan nuestra percepción de la realidad. Cuando un ser se vuelve dragón, no podemos verlo, no podemos escucharlo. Pierde toda su dimensión real y se vuelve todo lo que odiamos, todo lo que tememos, lo rechazamos porque refleja el sufrimiento que llevamos dentro. ¿Es posible analizar lo que dice o hace un dragón? Creo que no, porque representa demasiadas cosas terribles para nosotros. No puede debatirse la maldad absoluta, ¿no? Cuando nos enfrentamos a los dragones, no existen las argumentos. Si aceptáramos sus argumentos, sería como reconocer que tienen una razón para vivir y eso nos parece impensable. Pero esto es peligroso, porque perpetúa la ignorancia que les da vida. Y nos hunde más en un desprecio por otros seres vivos que nos enceguece. ¿Cómo podemos construir una sociedad mejor si no entendemos sus problemas, a los seres que la han creado en su forma presente?


Acto final: ¿Cómo matar a un dragón?

(en este punto quiebro mi alegoría brevemente porque quiero hablar de un par de cosas delicadas):

El jueves 29 de noviembre comenzó el trabajo de la Comisión de la Verdad, cuyo propósito es esclarecer lo ocurrido en el marco del conflicto armado. Escuchar, escuchar, escuchar historias… develar la violencia, unas dinámicas que tenemos tan interiorizadas en nuestra cultura que nos llevaron a normalizarlas, mucho más allá del mismo conflicto armado. Creo que la verdad es liberadora… Es una forma de combatir a los dragones. Hablar de lo que nos pasó como sociedad, de todas las heridas que se abrieron, puede ser una forma de cerrarlas. Por el reconocimiento de las distintas versiones que hay sobre los hechos violentos, por permitir que las víctimas sepan lo que ocurrió, por qué, quiénes sacaron provecho de su sufrimiento, quiénes debieron protegerlas y no lo hicieron. Lo que es increíble de conocer las historias sobre la violencia −como las que consagra Alfredo Molano Bravo en Los años del tropel− es su marcada dimensión humana. Los actores del conflicto armado crecen en medio de la incertidumbre, por su presencia inminente y por la presión que ejercen sobre los más débiles. Por eso los vemos como monstruos −dragones, prefiero hablar de dragones. Pero son personas, justo como nosotros. La verdad les quita esa cualidad dragonesca que el terror les ha infundido. Eso también los hace vulnerables a ellos porque ya no hay nada que ocultar. El mundo de la verdad y el posconflicto podría ser un mundo con menos dragones… Eso lo vi, por ejemplo, en un artículo en el que Lieselotte Viaene habla sobre la restauración de la armonía en el mundo maya de Guatemala cuando los excombatientes regresaron a sus comunidades, y víctimas y victimarios volvieron a vivir juntos… De ese artículo tengo una imagen grabada en la cabeza de un excomisionado militar que quedó ciego y cojo y está tan débil y pasando por tantas necesidades, que esas personas que tanto sufrieron por causa suya son quienes terminan ayudándolo, más por lástima que cualquier otra cosa. Es una imagen fascinante… Ese anciano ya no tiene nada de dragón. Y sus víctimas no sienten odio por él.

Escribir tanto sobre dragones también me hizo pensar en la depresión. Sufrir de depresión es saber que nosotros creamos nuestros propios dragones. Cualquier cosa los puede desatar: la frustración de levantarnos demasiado tarde, de no entendernos con las personas que queremos, de no rendir con nuestro trabajo, de sentir que no encajamos bien en este mundo… Somos nuestros propios dragones… Pero, ¿no es ésa la clave, precisamente, para entender cómo deberíamos combatirlos? Pienso que la forma cómo podemos sanar nuestro dolor y enfrentar nuestros miedos no es mirando a los dragones y pensando en cómo podríamos matarlos, porque ellos existen dentro de nosotros, podemos eliminarlos una y otra vez, pero renacerán en figuras nuevas si no entendemos realmente por qué nos afectan tanto. ¿De dónde viene su poder? Se lo damos nosotros. No podemos cambiar el mundo exterior y la violencia que lo recorre, pero podemos convertir nuestros cuerpos, nuestras mentes en territorios de paz. Dejar de tener miedo, de alimentar nuestro dolor, es la mejor forma de resistir. La gente más valiente, más resiliente que conozco no odia a quienes les han hecho daño, no vive aferrada a su dolor para redescubrirlo en sus nuevas circunstancias. Es gente abierta a los demás, que vive con muchísimo amor y fortaleza y por eso pueden ver a los otros por lo que son, con sus defectos, debilidades y contradicciones. Esa claridad mental que admiro tanto permite lograr algo incluso mejor que matar a un dragón: domarlo, quitarle toda su fuerza porque ha dejado de ser un monstruo.


Los siguientes textos inspiraron esta columna:

Jean-François Revel & Matthieu Ricard. El monje y el filósofo. 1997.

Alfredo Molano Bravo. Los años del tropel. 1985.

Lieselotte Viaene. “La relevancia local de procesos de justicia transicional. Voces de sobrevivientes indígenas sobre justicia y reconciliación en Guatemala posconflicto”. Antípoda: Revista de Antropología y Arqueología (15). 2013.

¿Cómo Matar a un Dragón?

Columna
por:
No items found.
December 14, 2018

Galería

No items found.
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.” Augusto Monterroso


Foto de: Public Domain Pictures

Primer acto: ¿Qué es un dragón?

Los dragones tienen una existencia paradójica: son, al mismo tiempo, reales e imaginarios. Es algo que debemos recordar si queremos aprender a matar a un dragón.

Todos tenemos nuestros dragones. Tal vez siempre hayan estado ahí, pero lo más probable es que se hayan aparecido un día sobre nuestras cabezas y, desde entonces, nos sigan sobrevolando. Cualquiera puede ser un dragón, pues no hay nada inherentemente dragonesco en nadie, y, por lo mismo, nadie se libra de ser el dragón de otra persona. A veces nacemos en una cueva de dragones. Nos sentamos en sus mesas y almorzamos con ellos. A veces son los dragones quienes nos educan, quienes presiden la misa del domingo, quienes se encargan de mantener el orden público. Tal vez respetamos a esos dragones. Muchas veces también los despreciamos. A veces nos enamoramos de los dragones. No eran dragones al principio. Nos lastiman: eso hizo que se convirtieran en dragones. Pero no todos los dragones están hechos de dolor. Los dragones más fuertes están hechos de miedo. Nos derriban sin moverse sólo porque están ahí. O porque creemos que están ahí. De pronto ni conocemos a esos dragones: los creamos a partir de sus sombras, de rumores de dragón que circulan por nuestra aldea. Hay mujeres que cuando salen solas por la noche, ven calles plagadas de dragones. Es el mundo en el que viven. Es el mundo en el que vivimos. También adoptamos a los dragones de otras personas. Hay  dragones contagiosos: se multiplican como una plaga porque nos parece tan real el daño que podrían hacer que se vuelven omnipresentes. Esa cualidad contagiosa de los dragones también hace que quienes ignoran a los dragones, o los respaldan, o no se preocupan por protegernos de ellos, también terminen cubriéndose de escamas y escupiendo fuego. Estamos convencidos de que existen, de que son gigantes, de que no tienen ni un ápice de bondad, pues finalmente son quienes roban tesoros y destruyen hogares. Quedamos atrapados en sus mundos de dragones. Pasamos horas y horas pensando en ellos porque no sabemos muy bien qué lugar darles en nuestras vidas, cómo combatirlos, cómo huir de ellos, cómo evitar que sigan destruyéndonos. Nadie se ríe de los dragones. Aunque deberíamos. Sería una buena forma de enfrentarlos.


Segundo acto: ¿Cómo crece un dragón?

Vivimos en una sociedad llena de prejuicios y rechazo. Y también de violencia, es innegable… Eso es lo que alimenta a los dragones. Volcamos nuestros miedos sobre los demás y hacemos que sus figuras crezcan, que se vuelvan más y más dragonescas, hasta que quiebran nuestro espíritu. Como dije, a veces ni siquiera conocemos a nuestros dragones, pero estamos seguros de que existen, de que son una amenaza para nuestra estabilidad y seguridad. Y luego conocemos a esa persona que encarna todo eso que despreciamos. Y la vamos llenando de atributos: a este dragón le gusta hacerme sentir mal. Este dragón encierra todo lo malo del patriarcado. Ese dragón es la corrupción en sí misma. Este dragón sólo quiere burlarse de mí. Ese dragón quiere quitarnos todos los derechos que hemos luchado tanto por ganar. Este dragón es un castrochavista. Ese dragón anda en una caravana de decadencia. La rabia e indignación que sentimos nos van volviendo más y más frágiles. A veces los dragones logran lo que quieren. Nos humillan. Nos someten. Pero otras veces, esos dragones ni siquiera existen. Crecen dentro de nosotros porque alguien quiere que crezcan. Alguien quiere aprovecharse de nuestros prejuicios y de nuestra indignación y terminamos tomando decisiones guiadas por ellos, por esos dragones que se inscriben en nuestras mentes y afectan nuestra percepción de la realidad. Cuando un ser se vuelve dragón, no podemos verlo, no podemos escucharlo. Pierde toda su dimensión real y se vuelve todo lo que odiamos, todo lo que tememos, lo rechazamos porque refleja el sufrimiento que llevamos dentro. ¿Es posible analizar lo que dice o hace un dragón? Creo que no, porque representa demasiadas cosas terribles para nosotros. No puede debatirse la maldad absoluta, ¿no? Cuando nos enfrentamos a los dragones, no existen las argumentos. Si aceptáramos sus argumentos, sería como reconocer que tienen una razón para vivir y eso nos parece impensable. Pero esto es peligroso, porque perpetúa la ignorancia que les da vida. Y nos hunde más en un desprecio por otros seres vivos que nos enceguece. ¿Cómo podemos construir una sociedad mejor si no entendemos sus problemas, a los seres que la han creado en su forma presente?


Acto final: ¿Cómo matar a un dragón?

(en este punto quiebro mi alegoría brevemente porque quiero hablar de un par de cosas delicadas):

El jueves 29 de noviembre comenzó el trabajo de la Comisión de la Verdad, cuyo propósito es esclarecer lo ocurrido en el marco del conflicto armado. Escuchar, escuchar, escuchar historias… develar la violencia, unas dinámicas que tenemos tan interiorizadas en nuestra cultura que nos llevaron a normalizarlas, mucho más allá del mismo conflicto armado. Creo que la verdad es liberadora… Es una forma de combatir a los dragones. Hablar de lo que nos pasó como sociedad, de todas las heridas que se abrieron, puede ser una forma de cerrarlas. Por el reconocimiento de las distintas versiones que hay sobre los hechos violentos, por permitir que las víctimas sepan lo que ocurrió, por qué, quiénes sacaron provecho de su sufrimiento, quiénes debieron protegerlas y no lo hicieron. Lo que es increíble de conocer las historias sobre la violencia −como las que consagra Alfredo Molano Bravo en Los años del tropel− es su marcada dimensión humana. Los actores del conflicto armado crecen en medio de la incertidumbre, por su presencia inminente y por la presión que ejercen sobre los más débiles. Por eso los vemos como monstruos −dragones, prefiero hablar de dragones. Pero son personas, justo como nosotros. La verdad les quita esa cualidad dragonesca que el terror les ha infundido. Eso también los hace vulnerables a ellos porque ya no hay nada que ocultar. El mundo de la verdad y el posconflicto podría ser un mundo con menos dragones… Eso lo vi, por ejemplo, en un artículo en el que Lieselotte Viaene habla sobre la restauración de la armonía en el mundo maya de Guatemala cuando los excombatientes regresaron a sus comunidades, y víctimas y victimarios volvieron a vivir juntos… De ese artículo tengo una imagen grabada en la cabeza de un excomisionado militar que quedó ciego y cojo y está tan débil y pasando por tantas necesidades, que esas personas que tanto sufrieron por causa suya son quienes terminan ayudándolo, más por lástima que cualquier otra cosa. Es una imagen fascinante… Ese anciano ya no tiene nada de dragón. Y sus víctimas no sienten odio por él.

Escribir tanto sobre dragones también me hizo pensar en la depresión. Sufrir de depresión es saber que nosotros creamos nuestros propios dragones. Cualquier cosa los puede desatar: la frustración de levantarnos demasiado tarde, de no entendernos con las personas que queremos, de no rendir con nuestro trabajo, de sentir que no encajamos bien en este mundo… Somos nuestros propios dragones… Pero, ¿no es ésa la clave, precisamente, para entender cómo deberíamos combatirlos? Pienso que la forma cómo podemos sanar nuestro dolor y enfrentar nuestros miedos no es mirando a los dragones y pensando en cómo podríamos matarlos, porque ellos existen dentro de nosotros, podemos eliminarlos una y otra vez, pero renacerán en figuras nuevas si no entendemos realmente por qué nos afectan tanto. ¿De dónde viene su poder? Se lo damos nosotros. No podemos cambiar el mundo exterior y la violencia que lo recorre, pero podemos convertir nuestros cuerpos, nuestras mentes en territorios de paz. Dejar de tener miedo, de alimentar nuestro dolor, es la mejor forma de resistir. La gente más valiente, más resiliente que conozco no odia a quienes les han hecho daño, no vive aferrada a su dolor para redescubrirlo en sus nuevas circunstancias. Es gente abierta a los demás, que vive con muchísimo amor y fortaleza y por eso pueden ver a los otros por lo que son, con sus defectos, debilidades y contradicciones. Esa claridad mental que admiro tanto permite lograr algo incluso mejor que matar a un dragón: domarlo, quitarle toda su fuerza porque ha dejado de ser un monstruo.


Los siguientes textos inspiraron esta columna:

Jean-François Revel & Matthieu Ricard. El monje y el filósofo. 1997.

Alfredo Molano Bravo. Los años del tropel. 1985.

Lieselotte Viaene. “La relevancia local de procesos de justicia transicional. Voces de sobrevivientes indígenas sobre justicia y reconciliación en Guatemala posconflicto”. Antípoda: Revista de Antropología y Arqueología (15). 2013.

Prohibida su reproducción parcial o total, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su autor y Revista Level.

COPYRIGHT © RevistaLevel.com.co

Arriba