
En un encuentro cercano con periodistas durante Dreamforce 2026, el CEO defendió el futuro de la compañía frente al vibe coding, habló de una nueva manera de trabajar con inteligencia artificial y dejó una advertencia incómoda: las redes sociales podrían haber sido apenas el ensayo de lo que viene.
Por Karol Franco | Cobertura especial de LEVEL desde Dreamforce, San Francisco
Marc Benioff no entró a la sala con prisa ni con esa distancia ensayada que suelen imponer algunos ejecutivos cuando tienen periodistas enfrente.
Escuchó las preguntas. Hizo bromas. Reconoció a varias personas. Invitó a los reporteros a recorrer Dreamforce y hablar directamente con los clientes de Salesforce. Al final, incluso compartió una dirección de correo para quienes necesitaran ayuda durante el evento.
Fue cercano, carismático y, por momentos, sorprendentemente informal para el CEO de una compañía que espera facturar más de US$46.000 millones este año.
Pero detrás de ese ambiente relajado había una conversación bastante seria. Salesforce necesita demostrar que todavía será necesaria en una época en la que cualquiera puede pedirle a una inteligencia artificial que escriba código, diseñe una aplicación o automatice una tarea.
La respuesta de Marc fue clara: la IA cambiará el software empresarial, sí, pero no eliminará la necesidad de las plataformas que organizan los datos, conectan los procesos y mantienen funcionando a una compañía.
Esa fue, en el fondo, la gran defensa de Salesforce durante el encuentro.
La fantasía de construirlo todo con unas instrucciones
Una de las preguntas más relevantes apuntó directamente a una preocupación que ya recorre la industria del software: si la inteligencia artificial permite crear aplicaciones usando lenguaje natural, ¿por qué una empresa debería continuar pagando por plataformas complejas y costosas?
La idea resulta seductora. Un trabajador escribe lo que necesita, la IA genera el código y, en cuestión de minutos, aparece una aplicación. Casi como pedir un mueble a la medida y verlo construido frente a los ojos.
Marc cuestionó esa promesa.
El vibe coding, dijo, puede funcionar en una demostración o en un proyecto pequeño. Pero construir una aplicación de la que dependan cientos o miles de trabajadores es otra historia. Hace falta organizar los datos, definir permisos, conectar sistemas, mantener la seguridad y asegurarse de que todo siga funcionando cuando el negocio crezca.
Crear una aplicación sencilla puede ser cada vez más fácil. Construir el sistema nervioso de una empresa todavía no lo es.
Claro que esta también es una defensa interesada. Salesforce necesita convencer al mercado de que la inteligencia artificial no destruirá su negocio, sino que hará más valiosa la infraestructura que ha construido durante casi tres décadas.
Por ahora, las cifras respaldan parte de ese argumento. La compañía elevó su proyección de ingresos para el año fiscal 2027 a entre US$46.100 millones y US$46.400 millones, mientras crecieron las contrataciones de algunos de sus productos relacionados con agentes de IA. Son resultados reportados por la propia empresa y todavía dejan una pregunta abierta: cuánto valor real están obteniendo los clientes después de invertir en estas herramientas. Resultados financieros de Salesforce.
Y es que la disputa no se limita al software. Lo que está en juego es quién controlará la puerta de entrada al trabajo en la era de los agentes de inteligencia artificial.
Una interfaz más sencilla no siempre significa más poder
Marc describió un futuro en el que los trabajadores ya no tendrán que perderse entre menús, botones y configuraciones difíciles de entender. Podrán pedirle a una herramienta dentro de Slack que encuentre información, prepare una tarea o construya una aplicación sencilla.
Para muchas personas, eso podría ser un alivio.
No todos saben programar. Tampoco todos dominan Salesforce ni tienen tiempo para aprender una plataforma mientras responden correos, atienden clientes y cumplen con una lista interminable de pendientes. Una interfaz que entienda preguntas comunes podría hacer que la tecnología empresarial se sienta menos intimidante.
Sin embargo, facilitar el uso no significa necesariamente repartir mejor el poder.
La misma inteligencia artificial que ayuda a una trabajadora a encontrar un dato también puede permitirle a una empresa automatizar parte de su empleo, controlar su productividad con mayor detalle o decidir que necesita menos personas para realizar una función.
Durante el encuentro se habló de adopción y de fluidez: quiénes usan la IA con naturalidad, quiénes apenas están experimentando y quiénes todavía no saben por dónde empezar. Pero quedó pendiente una pregunta mucho más humana: ¿quién recibirá tiempo y capacitación para aprender y quién será considerado reemplazable antes de tener esa oportunidad?
La pregunta importa especialmente para las mujeres y las trabajadoras latinas. Muchas están concentradas en áreas administrativas, servicio al cliente, comunicaciones y operaciones, precisamente algunos de los espacios donde las compañías quieren introducir agentes de IA con mayor rapidez.
Dreamforce está lleno de demostraciones sobre lo que la tecnología puede hacer. La prueba más difícil llegará después, cuando las empresas decidan qué harán con las personas cuyo trabajo esa tecnología está cambiando.
San Francisco también estuvo dentro de la conversación
La charla no se quedó únicamente en Salesforce. Marc habló de San Francisco, la ciudad donde nació la compañía y donde la riqueza tecnológica convive, a pocas calles de distancia, con escuelas que necesitan recursos, hospitales bajo presión y una crisis de vivienda que parece no terminar.
“Estamos a punto de crear mucha riqueza en San Francisco”, dijo.
Después lanzó un llamado a otras compañías tecnológicas: si esa riqueza efectivamente llega, una parte debería regresar a la ciudad.
Salesforce anunció esta semana US$27 millones en nuevas subvenciones educativas. La compañía y Marc y Lynne Benioff aseguran haber destinado, en conjunto, más de US$1.000 millones al Área de la Bahía durante 27 años. Anuncio de subvenciones educativas.
El compromiso es significativo. Pero también deja ver una característica incómoda de Silicon Valley: primero, la riqueza se concentra en unas cuantas compañías y personas; después, una parte regresa a la comunidad mediante decisiones filantrópicas tomadas por quienes lograron acumularla.
Marc utiliza esa posición para pedirles responsabilidad a otros líderes tecnológicos. Y fue justamente ahí donde hizo una de las observaciones más contundentes de la conversación.
Las redes sociales, dijo, probablemente fueron apenas “el calentamiento” para la inteligencia artificial.
Recordó que durante años la sociedad reaccionó tarde frente a los daños provocados por algunas plataformas, especialmente entre niños y adolescentes. No hizo falta ser experto en tecnología para notar que algo estaba saliendo mal. Aun así, las respuestas llegaron cuando millones de personas ya habían vivido las consecuencias.
Su mensaje fue que la industria de la IA no debería repetir esa historia.
Sin embargo, apareció una contradicción. Marc sostuvo que las compañías que desarrollan los modelos conocen mejor que nadie lo que ocurre dentro de ellos y deberían decidir cuándo avanzar más rápido o cuándo detenerse, aunque después deban responder por sus decisiones.
La dificultad está precisamente ahí: pedir responsabilidad mientras se permite que las propias empresas determinen cuánto riesgo están dispuestas a aceptar.
El vendedor en jefe también sabe escuchar
Marc domina algo que la inteligencia artificial todavía no puede reproducir del todo: hacer que una defensa comercial se sienta como una conversación personal.
Su cercanía con los periodistas no fue un detalle menor. En una industria donde muchos ejecutivos se comunican mediante videos cuidadosamente producidos y declaraciones revisadas por varios equipos, verlo responder preguntas, bromear y permanecer en la sala ayudó a construir una sensación de apertura.
Fue agradable. La verdad es que también fue efectivo.
Porque Marc no dejó de ser el vendedor en jefe de Salesforce. Su tarea era transmitir confianza en un momento en que la inteligencia artificial está obligando a toda la industria del software a justificar por qué seguirá existiendo.
LEVEL estuvo en esa sala para observar las dos dimensiones: al líder accesible y al empresario que defendía su compañía; al filántropo que pedía compromiso con San Francisco y al CEO que necesita convertir la inteligencia artificial en el próximo gran negocio de Salesforce.
La pregunta central de Dreamforce no es si la empresa incorporará IA. Ya lo está haciendo. La pregunta es si logrará convertirse en el lugar desde donde las compañías administrarán una nueva fuerza laboral formada por personas y agentes digitales.
Si Marc tiene razón, la inteligencia artificial no acabará con Salesforce. Podría darle una posición todavía más profunda dentro de las empresas.
Pero cuanto más poder consiga esa plataforma, menos bastará con prometer que la tecnología será segura y responsable. Habrá que mirar algo más concreto: quién se beneficia, quién recibe la oportunidad de aprender y quién termina pagando el precio de tanta eficiencia.


