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Victoria’s Secret: ¿Más Cuerpos en la Pasarela Significan Más Poder?

Cincuenta millones de dólares sobre el pecho de una mujer pueden comprar una imagen inolvidable. Explicar cuánto poder representa esa imagen resulta más difícil.

Por Colombia
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Modelos celebran el cierre del desfile de Victoria’s Secret 2026 en Los Ángeles bajo una lluvia de confeti rosa.
Fotografía: Foto: cortesía de Victoria’s Secret / VS Press Room. Material de prensa del Fashion Show 2026.

Cincuenta millones de dólares sobre el pecho de una mujer pueden comprar una imagen inolvidable. Explicar cuánto poder representa esa imagen resulta más difícil. El domingo 18 de octubre, Kylie Jenner debutó en el desfile de Victoria’s Secret en Los Ángeles con un Fantasy Bra creado por Jacob & Co. La pieza, que regresó a la pasarela por primera vez desde 2018, recuperó una fórmula conocida: convertir la extravagancia en atención y la atención en deseo de marca.

Alrededor de ese centro reconocible aparecieron señales de cambio. Ashley Graham y Alex Consani participaron en un espectáculo cuyo repertorio de feminidad es más amplio que en sus etapas anteriores. Consani, junto con Valentina Sampaio, había sido una de las primeras mujeres trans en desfilar para Victoria’s Secret en 2024. Su presencia tiene un significado que no desaparece porque también resulte comercialmente útil: mujeres antes excluidas de ese escenario pueden ahora ocuparlo. La galería oficial del desfile de 2026 identifica a las participantes y sus respectivos segmentos.

La dificultad comienza al interpretar esa apertura. Una pasarela más diversa puede ampliar el reconocimiento, ofrecer trabajo y modificar referencias culturales. Para demostrar empoderamiento hace falta establecer, además, qué capacidad adquieren las mujeres para decidir sobre las condiciones de su participación. La diferencia importa porque permite reconocer un avance sin atribuirle resultados que todavía no conocemos.

Qué Cambió en la Pasarela de Victoria’s Secret

La edición de 2026 reunió figuras consagradas y nuevas participantes. Entre ellas estuvo Solange Omon, elegida mediante Angels Among Us, el casting que la marca convirtió en una serie para YouTube. Según People, su premio incluye un contrato con IMG Models. Allí existe una oportunidad profesional concreta, más precisa que cualquier declaración general sobre confianza o autenticidad. Su alcance dependerá de los ingresos, las condiciones y la continuidad laboral que produzca.

El caso también muestra por qué conviene evitar explicaciones demasiado cómodas. Victoria’s Secret obtiene contenido y publicidad de la búsqueda de una nueva modelo. Omon puede obtener una carrera. Ambos beneficios pueden coexistir. La ganancia empresarial no demuestra que la oportunidad sea ficticia; el éxito de una participante tampoco permite concluir que todas compiten en condiciones equivalentes.

La ampliación del casting merece una lectura igual de cuidadosa. Incorporar cuerpos antes ausentes cambia quién puede aparecer asociado con belleza y prestigio. Pero conocer la profundidad de esa transformación requiere observar el conjunto: quién recibe protagonismo, qué atributos se celebran y qué exigencias siguen determinando la selección. Contar presencias es un comienzo, no una evaluación completa.

En nuestro archivo, la columna El Debate Interno por la Belleza, de María Isabel Salamanca, examina cómo interiorizamos los ideales estéticos y la presión para ajustarnos a ellos.

Representación y Empoderamiento Son Preguntas Distintas

En 1999, la economista Naila Kabeer propuso entender el empoderamiento como un proceso mediante el cual quienes tenían restringida la capacidad de tomar decisiones estratégicas sobre sus vidas adquieren esa posibilidad. Su marco relaciona recursos, agencia y logros: las condiciones disponibles, la capacidad de actuar y los resultados obtenidos. No fue diseñado para calificar desfiles, pero ofrece una distinción útil para examinar sus promesas. Su planteamiento está desarrollado en Resources, Agency, Achievements: Reflections on the Measurement of Women’s Empowerment.

Desde esa perspectiva, aparecer en una campaña constituye visibilidad. Cobrar por ella aporta un recurso. Poder negociar el uso de las imágenes, rechazar una exigencia o conservar oportunidades después del evento permite examinar la autonomía con mayor precisión. Esas dimensiones pueden reforzarse entre sí, aunque ninguna se deduce simplemente de una sonrisa ante la cámara.

Tampoco todas las participantes llegan con el mismo margen de negociación. Una celebridad consolidada y una aspirante que busca su primer contrato ocupan posiciones distintas, aun cuando compartan escenario. Sin conocer los acuerdos individuales, sería aventurado afirmar cuánto control tiene cada una. Precisamente por eso, la seguridad proyectada sobre la pasarela ofrece una medida insuficiente del poder que existe detrás de ella.

La Libertad También Puede Convertirse en Una Exigencia

La investigadora Rosalind Gill estudió cómo la publicidad pasó a presentar con mayor frecuencia a las mujeres como activas, independientes y sexualmente seguras. Su análisis advierte que esa transformación visual puede convivir con nuevas formas de regulación: junto con la obligación de resultar deseable aparece la expectativa de mostrarse siempre dispuesta, confiada y satisfecha con el esfuerzo que ello requiere. Así lo desarrolla en su investigación sobre empoderamiento, sexismo y agencia sexual en la publicidad.

Aplicar esa pregunta a Victoria’s Secret no exige desconfiar del placer de las modelos ni tratar a las consumidoras como personas incapaces de interpretar una publicidad. Exige examinar qué opciones reconoce el mensaje. La sensualidad puede ser una experiencia elegida y valiosa. Se vuelve un criterio limitado de libertad cuando la capacidad de atraer miradas ocupa el lugar de otras formas de autonomía.

El trabajo de Judith Butler permite profundizar en ese punto. Su explicación de la performatividad examina cómo la repetición de actos y convenciones produce las normas mediante las cuales reconocemos el género. Esta es una aplicación de su marco, no una opinión suya sobre el desfile: ampliar quién representa la feminidad puede alterar una norma y, al mismo tiempo, conservar otras exigencias sobre cómo debe encarnarse.

Por eso, la participación de mujeres trans o de modelos de distintas tallas puede tener un valor real sin resolver todas las exclusiones. Exigirle que lo resuelva todo haría imposible reconocer cambios parciales. Presentarla como una transformación suficiente impediría examinar sus límites.

Qué Puede Demostrar Un Desfile

En su crítica del 19 de octubre, Danielle Pergament sostuvo en Allure que Victoria’s Secret había vuelto a privilegiar la uniformidad corporal. La objeción forma parte de la recepción del espectáculo; no constituye por sí misma evidencia sobre sus efectos psicológicos o sociales. Una noche de televisión tampoco permite demostrar que las mujeres han retrocedido dos décadas, del mismo modo que un casting más amplio no acredita una emancipación colectiva.

Victoria’s Secret vende lencería y tiene razones comerciales para producir una fantasía. Las mujeres pueden disfrutarla, trabajar en ella y encontrar oportunidades sin tener que convertir cada decisión en una declaración política. El escrutinio corresponde a la distancia entre lo que esa fantasía muestra y el significado de libertad que se le atribuye.

Evaluar esa distancia requiere información menos espectacular que un sujetador de diamantes: remuneración, derechos de imagen, capacidad de negociación y mecanismos para rechazar condiciones sin sufrir represalias. La ausencia de esos datos no prueba un abuso. Establece el límite de lo que podemos afirmar.

En Los Ángeles vimos un escenario con puertas más abiertas y una empresa que conserva la facultad de decidir quién las atraviesa. El cambio merece atención. Su medida más exigente llegará cuando sepamos cuánto pueden decidir esas mujeres una vez que están dentro.

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