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Crédito: Chicle Mascado, Facebook

Esta es la historia de una madre, y un homenaje a su vida de guerrera.

Siempre me han dicho que soy rebelde, porque cuestiono y peleo por las cosas que no me parecen justas. Y siempre me intrigó entender por qué soy así, de dónde viene ese sentido por la justicia y esa conciencia social. Y después de muchos años lo entendí: Mi mamá.

Ella nació en un pueblo cerca de Bogotá; la cuarta entre 12 hijos. Siempre fue la mejor de su clase, le gustaba jugar baloncesto y odiaba la costura. Cuando cumple su mayoría de edad, decide venirse a Bogotá a estudiar la carrera que para la época era la de las “niñas bien”: Pedagogía. Trabajando y estudiando al mismo tiempo sacó adelante su carrera, y después se regresó a su pueblo a trabajar en colegios y jardines por algunos años hasta que se va del país por un año.

Su padre era alcohólico y toda la vida ella y sus hermanos cargaron con las consecuencias de esto. No tengo mucha información de las cosas que pasaban cuando él estaba borracho, porque ella se ha ocupado de cuidar la imagen de sus padres sin importar lo que hayan hecho, pero de lo que he escuchado en la familia, sé que no era lindo; que vivieron varias experiencias traumáticas a causa de esto. Finalmente, cansada de la situación, mi madre decide irse fuera del país.

De lo que hizo durante ese año nunca supe mucho hasta ya grande, cuando durante una pelea con mi papá, él le gritó “guerrillera” y ella se enojó mucho. Descubrí, que ese año de su vida la avergonzaba, aún hoy la avergüenza y no le gusta que nadie hable del tema. Pero yo no me avergüenzo, al contrario, me siento orgullosa.

Por allá para la década de los años 70, mientras ocurría la revolución Sandinista en Nicaragua, en Colombia nacía un nuevo grupo guerrillero, el ELN. Probablemente, de todos los grupos que nacieron para esas épocas en Colombia, el ELN era el que tenía el fundamento más altruista pues nace de un sector de la iglesia, con lo que se llamó la “Teología de la liberación”, que sostenía que la liberación de los pobres debería ocurrir en el presente. Fue liderado por el famoso sacerdote Camilo Torres; sin embargo, como todos estos grupos armados ilegales, con el tiempo perdieron sus ideales y se dedicaron a delinquir. La justicia y la sociedad quedaron atrás.

En este contexto, la teología de la liberación era una idea aceptada por un amplio sector de la sociedad, sobre todo en los sectores estudiantiles y de los comités estudiantiles de las universidades públicas comenzaron a surgir grupos de voluntarios que simpatizaban con la causa Sandinista y empezaron a partir hacia Nicaragua para trabajar por la reconstrucción del país y el apoyo a las víctimas del régimen de Somoza. Entre estos voluntarios, muchas mujeres. Y esto fue así, porque dentro de los grupos marginados y oprimidos por los que luchaba esta ideología, tenían cabida las mujeres.

Fue así como, muchos años antes de conocer a mi papá, mi mamá formó parte de una brigada internacional, de las muchas que iban a Nicaragua formadas en su mayoría por estudiantes, quienes terminaban siendo voluntarios allí, o vinculados con entidades del gobierno para trabajar en diferentes proyectos dirigidos a la reparación del tejido social y de las víctimas del régimen. Aunque muchos de los que fueron formaban parte de algún grupo armado en Colombia, muchos otros no, simplemente eran simpatizantes de izquierda. Simpatizaban no con las ideas de las armas, sino con la de la liberación de los pobres, la ayuda a los más vulnerables.

De todo esto me vine a enterar hace poco, cuando leyendo la historia de uno de los fundadores del ELN, mi mamá me dijo “yo me acuerdo de él, yo lo conocí en Nicaragua”, y en ese momento tomé la valentía, para por fin preguntarle por ese tema que tanto le avergonzaba y conocer qué era lo que había hecho durante ese año. Y me contó.

Me contó que todo el año que estuvo allá, se dedicó a trabajar con el Ministerio de Bienestar Social, en diferentes actividades; alfabetizando niños pues los índices de analfabetismo en el país eran muy altos; se involucró con los CDI, que eran los Centros de Desarrollo Infantil; colaboró también con una variedad de proyectos dirigidos a reparar el tejido social y poner en marcha proyectos económicos para las familias del campo. Y, apoyó en proyectos que trabajaban con familias víctimas de la dictadura y con mujeres que perdieron a sus hijos y esposos durante la revolución.

Como la lucha de mi mamá no era armada, el día que le ofrecieron “nos vamos para el monte” regresó a su casa, siguió trabajando con los niños del país, y se dedicó a estudiar derecho.

Después de conocer esta historia entendí por fin por qué soy cómo soy; por qué esas ganas de luchar por una sociedad más justa; por qué esa rebeldía con lo establecido injustamente. La saqué de ella. Y lo más impresionante de todo es que se avergonzara de eso; nadie tiene por qué avergonzarse de ayudar a los otros.

Pero esa vergüenza de ella venía de los señalamientos de la sociedad en la que vivía en la que estaba mal visto que ella en su papel de mujer hubiera decidido por una lucha de este tipo; de la noción errónea de quien fuera su marido, de que era motivo de vergüenza que su esposa hubiera sido parte de esta historia; que hubiera dejado su casa por un tiempo para irse a otro país a luchar por una causa reconocida como de izquierda. Y no es que sea un mal hombre, es que también tiene implantado el machismo en su interior desde que nació, y este machismo se implantó en la dinámica familiar de tal manera que mi mamá construyó su casa creyendo que su historia era una historia de la cual avergonzarse.

Y no lo era, ser una mujer independiente no es para vergüenza, luchar por otros, tampoco. Cuando el hombre sale de su casa a viajar el mundo, nadie dice nada; pero cuando es una mujer la que lo hace, aún hoy en día, para muchos es mal visto; imaginémonos ese panorama cuatro décadas atrás y peor, en un país con una revolución de izquierda.

Nada de lo que hemos hecho como mujeres en roles en los que históricamente han predominado los hombres es para vergüenza, precisamente de eso se trata la lucha feminista: de poder elegir qué se quiere ser. Y esa elección no tiene por qué avergonzar a ninguna. Al contrario, debemos sentirnos orgullosas de las mujeres de las que venimos y su lucha, en mi caso: la de mi abuela que, con doce hijos, los cuidaba a todos, hacía todas las tareas de la casa y, además, atendía todas las noches a mi abuelo que llegaba borracho; la misma que formó a mi mamá como una mujer fuerte e independiente en medio de situaciones adversas. Y mi mamá, de quien saqué ese sentido social y ese corazón por la lucha, por los desamparados. Quién después de crecer en un hogar difícil, también levantó su propia familia casi que sola, y me levantó a mí.

En estas fechas de día de la madre, sintámonos orgullosas de las mujeres que nos precedieron y que han labrado el camino para que estemos donde estemos.

Que todas podamos decir como hoy lo digo, Yo con mi mamá, YO QUIERO SER COMO ELLA.

Como Ella

May 14, 2019
Columna
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Crédito: Chicle Mascado, Facebook

Esta es la historia de una madre, y un homenaje a su vida de guerrera.

Siempre me han dicho que soy rebelde, porque cuestiono y peleo por las cosas que no me parecen justas. Y siempre me intrigó entender por qué soy así, de dónde viene ese sentido por la justicia y esa conciencia social. Y después de muchos años lo entendí: Mi mamá.

Ella nació en un pueblo cerca de Bogotá; la cuarta entre 12 hijos. Siempre fue la mejor de su clase, le gustaba jugar baloncesto y odiaba la costura. Cuando cumple su mayoría de edad, decide venirse a Bogotá a estudiar la carrera que para la época era la de las “niñas bien”: Pedagogía. Trabajando y estudiando al mismo tiempo sacó adelante su carrera, y después se regresó a su pueblo a trabajar en colegios y jardines por algunos años hasta que se va del país por un año.

Su padre era alcohólico y toda la vida ella y sus hermanos cargaron con las consecuencias de esto. No tengo mucha información de las cosas que pasaban cuando él estaba borracho, porque ella se ha ocupado de cuidar la imagen de sus padres sin importar lo que hayan hecho, pero de lo que he escuchado en la familia, sé que no era lindo; que vivieron varias experiencias traumáticas a causa de esto. Finalmente, cansada de la situación, mi madre decide irse fuera del país.

De lo que hizo durante ese año nunca supe mucho hasta ya grande, cuando durante una pelea con mi papá, él le gritó “guerrillera” y ella se enojó mucho. Descubrí, que ese año de su vida la avergonzaba, aún hoy la avergüenza y no le gusta que nadie hable del tema. Pero yo no me avergüenzo, al contrario, me siento orgullosa.

Por allá para la década de los años 70, mientras ocurría la revolución Sandinista en Nicaragua, en Colombia nacía un nuevo grupo guerrillero, el ELN. Probablemente, de todos los grupos que nacieron para esas épocas en Colombia, el ELN era el que tenía el fundamento más altruista pues nace de un sector de la iglesia, con lo que se llamó la “Teología de la liberación”, que sostenía que la liberación de los pobres debería ocurrir en el presente. Fue liderado por el famoso sacerdote Camilo Torres; sin embargo, como todos estos grupos armados ilegales, con el tiempo perdieron sus ideales y se dedicaron a delinquir. La justicia y la sociedad quedaron atrás.

En este contexto, la teología de la liberación era una idea aceptada por un amplio sector de la sociedad, sobre todo en los sectores estudiantiles y de los comités estudiantiles de las universidades públicas comenzaron a surgir grupos de voluntarios que simpatizaban con la causa Sandinista y empezaron a partir hacia Nicaragua para trabajar por la reconstrucción del país y el apoyo a las víctimas del régimen de Somoza. Entre estos voluntarios, muchas mujeres. Y esto fue así, porque dentro de los grupos marginados y oprimidos por los que luchaba esta ideología, tenían cabida las mujeres.

Fue así como, muchos años antes de conocer a mi papá, mi mamá formó parte de una brigada internacional, de las muchas que iban a Nicaragua formadas en su mayoría por estudiantes, quienes terminaban siendo voluntarios allí, o vinculados con entidades del gobierno para trabajar en diferentes proyectos dirigidos a la reparación del tejido social y de las víctimas del régimen. Aunque muchos de los que fueron formaban parte de algún grupo armado en Colombia, muchos otros no, simplemente eran simpatizantes de izquierda. Simpatizaban no con las ideas de las armas, sino con la de la liberación de los pobres, la ayuda a los más vulnerables.

De todo esto me vine a enterar hace poco, cuando leyendo la historia de uno de los fundadores del ELN, mi mamá me dijo “yo me acuerdo de él, yo lo conocí en Nicaragua”, y en ese momento tomé la valentía, para por fin preguntarle por ese tema que tanto le avergonzaba y conocer qué era lo que había hecho durante ese año. Y me contó.

Me contó que todo el año que estuvo allá, se dedicó a trabajar con el Ministerio de Bienestar Social, en diferentes actividades; alfabetizando niños pues los índices de analfabetismo en el país eran muy altos; se involucró con los CDI, que eran los Centros de Desarrollo Infantil; colaboró también con una variedad de proyectos dirigidos a reparar el tejido social y poner en marcha proyectos económicos para las familias del campo. Y, apoyó en proyectos que trabajaban con familias víctimas de la dictadura y con mujeres que perdieron a sus hijos y esposos durante la revolución.

Como la lucha de mi mamá no era armada, el día que le ofrecieron “nos vamos para el monte” regresó a su casa, siguió trabajando con los niños del país, y se dedicó a estudiar derecho.

Después de conocer esta historia entendí por fin por qué soy cómo soy; por qué esas ganas de luchar por una sociedad más justa; por qué esa rebeldía con lo establecido injustamente. La saqué de ella. Y lo más impresionante de todo es que se avergonzara de eso; nadie tiene por qué avergonzarse de ayudar a los otros.

Pero esa vergüenza de ella venía de los señalamientos de la sociedad en la que vivía en la que estaba mal visto que ella en su papel de mujer hubiera decidido por una lucha de este tipo; de la noción errónea de quien fuera su marido, de que era motivo de vergüenza que su esposa hubiera sido parte de esta historia; que hubiera dejado su casa por un tiempo para irse a otro país a luchar por una causa reconocida como de izquierda. Y no es que sea un mal hombre, es que también tiene implantado el machismo en su interior desde que nació, y este machismo se implantó en la dinámica familiar de tal manera que mi mamá construyó su casa creyendo que su historia era una historia de la cual avergonzarse.

Y no lo era, ser una mujer independiente no es para vergüenza, luchar por otros, tampoco. Cuando el hombre sale de su casa a viajar el mundo, nadie dice nada; pero cuando es una mujer la que lo hace, aún hoy en día, para muchos es mal visto; imaginémonos ese panorama cuatro décadas atrás y peor, en un país con una revolución de izquierda.

Nada de lo que hemos hecho como mujeres en roles en los que históricamente han predominado los hombres es para vergüenza, precisamente de eso se trata la lucha feminista: de poder elegir qué se quiere ser. Y esa elección no tiene por qué avergonzar a ninguna. Al contrario, debemos sentirnos orgullosas de las mujeres de las que venimos y su lucha, en mi caso: la de mi abuela que, con doce hijos, los cuidaba a todos, hacía todas las tareas de la casa y, además, atendía todas las noches a mi abuelo que llegaba borracho; la misma que formó a mi mamá como una mujer fuerte e independiente en medio de situaciones adversas. Y mi mamá, de quien saqué ese sentido social y ese corazón por la lucha, por los desamparados. Quién después de crecer en un hogar difícil, también levantó su propia familia casi que sola, y me levantó a mí.

En estas fechas de día de la madre, sintámonos orgullosas de las mujeres que nos precedieron y que han labrado el camino para que estemos donde estemos.

Que todas podamos decir como hoy lo digo, Yo con mi mamá, YO QUIERO SER COMO ELLA.

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