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Foto: United Nations COVID-19 Response

Por décadas, se ha sostenido la idea de que la paz equivale simplemente a la ausencia de guerra o violencia. Sin embargo, cada vez toma más relevancia en el mundo contemporáneo la noción de “paz positiva”, introducida por el teórico noruego, Johan Galtung. Tal y como lo plantea el académico, ésta es definida como el conjunto de instituciones, actitudes y estructuras con la capacidad de crear y reproducir sociedades pacíficas. En otras palabras, es el requisito indispensable para instaurar contextos óptimos para que el potencial humano pueda desarrollarse sin obstáculo alguno (IEP, 2020).     


El Instituto de Economía y Paz con sede en Australia, se ha apropiado del concepto y ha desarrollado una metodología propia con la que anualmente mide la paz positiva de más de 160 países de todo el mundo. Para ello, ha identificado los siguientes 8 pilares que considera son los elementos constitutivos de las sociedades verdaderamente pacíficas:

i. Aceptación de los derechos de otros;

ii. Distribución igualitaria de los recursos;

iii. Circulación libre de la información;

iv. Buenas relaciones con los países vecinos;

v. Niveles de capital humano;

vi. Bajos niveles de corrupción;

vii. Entorno empresarial sano y;

viii. Gobierno eficiente. (IEP, 2020). 


De acuerdo con los resultados arrojados en el índice del año 2020, publicado hace tan solo algunos días, Islandia es el país más pacifico del mundo (lugar que ocupa desde 2008), seguido por Nueva Zelanda, Portugal, Austria y Dinamarca. Por otra parte, los Estados menos pacíficos son Afganistán, Siria, Iraq, Sudán del Sur y Yemen. A pesar de que se muestra cierto progreso en algunos países como Colombia, que subió 3 puestos en el ranking (del 143 en 2019 al 140 en 2020), una de las grandes conclusiones es que los conflictos, las crisis y las tensiones generadas en la década pasada siguen aún sin resolverse. Asimismo, se identifica una tendencia general de deterioro de la paz positiva en todo el mundo, con respecto al año anterior. (IEP, 2020). 


Uno de los factores que incidieron en este resultado fue la aparición del virus denominado COVID-19 a finales de 2019. Más allá de las problemáticas relacionadas con la cantidad de contagiados, el número de muertes y la debida adecuación de los centros de salud, la emergencia sanitaria puso en evidencia una falencia estructural, incluso en las sociedades con mayores niveles de paz positiva. Las políticas de distanciamiento social implementadas por la gran mayoría de los gobiernos han afectado desproporcionalmente a las minorías étnicas, ya que son ellas las que se enfrentan a un grado más alto de vulnerabilidad. En Estados Unidos, por ejemplo, aproximadamente el 21% de los afroamericanos y el 18% de los hispanos viven bajo del umbral de la pobreza. Esto contrasta con el 8% de la población blanca que se estima se encuentra en esta misma situación (Human Rights Watch, 2020). 


En este contexto, miles de ciudadanos en varias ciudades de Estados Unidos han desafiado las medidas de confinamiento para salir a las calles a protestar. Entre sus principales descontentos, argumentan la existencia de una completa desconexión entre sus verdaderos intereses y necesidades, y los dirigentes que dicen representarlos. Por esta razón, demandan políticas sociales que permitan aliviar las dificultades económicas que se han acrecentado durante la cuarentena (New York Times, 2020).  A finales del mes de mayo, las manifestaciones llegaron a un punto de inflexión después de que George Floyd, una persona afro que acababa de perder su empleo a causa de la crisis sanitaria, fuera asfixiado por un policía en medio de un arresto en Minnesota. Desde entonces, cientos de protestas se han extendido por todos los continentes bajo el lema “black lives matter”, en las que se condena fehacientemente el racismo y la discriminación. El movimiento ha ganado tal ímpetu, que ha expuesto la necesidad de redefinir los hitos históricos de ciertas sociedades, al asociar a los héroes tradicionales con el colonialismo y el trafico de esclavos entre otras ignominias (The Guardian, 2020).   


Las circunstancias descritas permiten identificar una problemática común en las democracias contemporáneas, relacionada con el segundo pilar de la paz positiva. La crisis sanitaria actual ha puesto en evidencia una distribución desigual de los recursos entre los diversos grupos sociales. No se trata, por tanto, de diferencias verticales presentadas entre individuos, sino de disparidades horizontales. Siguiendo los planteamientos de Frances Stewart, estas inequidades se reflejan entre grupos claramente definidos en términos de identidad y pueden reflejarse en los ámbitos político, económico, social y cultural. Una vez alcanzan cierto nivel de prominencia, las asimetrías pueden convertirse en reivindicaciones grupales expresadas a través de movilizaciones, no necesariamente violentas. (Stewart, 2008).    


A pesar de contar con instituciones democráticas sólidas, los países más pacíficos del mundo albergan colectividades culturales claramente definidas con desventajas económicas y sociales. En varias ocasiones, por ejemplo, órganos internacionales de Derechos Humanos le han recomendado a Portugal concientizar a sus servidores públicos acerca de la importancia del respeto interétnico a raíz de los varios abusos policiales registrados en contra de individuos de origen árabe. Asimismo, diversas ONG´s han criticado las medidas adoptadas recientemente por el gobierno austriaco, por considerar que plantean un retroceso en la protección otorgada a los refugiados. En Dinamarca, por otro lado, los inmigrantes “no occidentales” tienen dificultades para integrarse a la sociedad, afrontando situaciones de bajos ingresos y menores oportunidades de empleo y educación. Finalmente, en Nueva Zelanda los maoríes se encuentran sobre representados en las prisiones del país, a causa de un sistema judicial catalogado por algunas organizaciones como deficiente y discriminatorio (Amnistía Internacional, 2020). 

Las respuestas gubernamentales frente al COVID-19 visibilizaron las desigualdades horizontales y exacerbaron la violencia indirecta a la cual están sometidas las minorías étnicas, incluso en las sociedades más prosperas y con mayores niveles de paz positiva. El éxito de las movilizaciones, sin embargo, dependerá de que logren ser canalizadas por mecanismos democráticos. Esto quiere decir que, las demandas deben conducir al establecimiento de procesos participativos que tengan por objetivo la inclusión de los grupos minoritarios que tradicionalmente se han visto marginados. Si, por el contrario, sufren un proceso de radicalización, los esfuerzos por un verdadero cambio se perderán en intentos inútiles por negar el reconocimiento de la otredad.   



Bibliografía: 

Stewart, F. (2008) "Horizontal Inequalities and Conflict: An Introduction and some Hypothesis." En Horizontal Inequalities and Conflict: Understanding Group Violence in Multiethnic Societies, edited by Kofi Annan and Frances Stewart. Basingstoke: Palgrave Macmillan. 

The Guardian. (2020, junio 9). George Floyd killing triggers wave of activism around the world 

New York Times. (2020, abril 24). Why These Protesters Aren’t Staying Home for Coronavirus Orders 

Amnistía Internacional. (2020). Austria 2019. 

 Amnistía Internacional. (2020). Denmark 2019  https://www.amnesty.org/en/countries/europe-and-central-asia/denmark/

Amnistía Internacional (2020). New  Zeeland 2019

Amnistía Internacional. (2020). Portugal 2019  

Instituto de Economía y Paz. (Junio, 2020). Global Peace Index 2020: Measuring Peace in a Complex World. 

Human Rights Watch. (2020). US: COVID-19 Disparities Reflect Structural Racism, Abuses. Human Rights Watch Testimony to US House of Representatives Ways and Means Committee.

Coronavirus: Verdades Reveladas

Columna
por:
June 30, 2020
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Por décadas, se ha sostenido la idea de que la paz equivale simplemente a la ausencia de guerra o violencia. Sin embargo, cada vez toma más relevancia en el mundo contemporáneo la noción de “paz positiva”, introducida por el teórico noruego, Johan Galtung. Tal y como lo plantea el académico, ésta es definida como el conjunto de instituciones, actitudes y estructuras con la capacidad de crear y reproducir sociedades pacíficas. En otras palabras, es el requisito indispensable para instaurar contextos óptimos para que el potencial humano pueda desarrollarse sin obstáculo alguno (IEP, 2020).     


El Instituto de Economía y Paz con sede en Australia, se ha apropiado del concepto y ha desarrollado una metodología propia con la que anualmente mide la paz positiva de más de 160 países de todo el mundo. Para ello, ha identificado los siguientes 8 pilares que considera son los elementos constitutivos de las sociedades verdaderamente pacíficas:

i. Aceptación de los derechos de otros;

ii. Distribución igualitaria de los recursos;

iii. Circulación libre de la información;

iv. Buenas relaciones con los países vecinos;

v. Niveles de capital humano;

vi. Bajos niveles de corrupción;

vii. Entorno empresarial sano y;

viii. Gobierno eficiente. (IEP, 2020). 


De acuerdo con los resultados arrojados en el índice del año 2020, publicado hace tan solo algunos días, Islandia es el país más pacifico del mundo (lugar que ocupa desde 2008), seguido por Nueva Zelanda, Portugal, Austria y Dinamarca. Por otra parte, los Estados menos pacíficos son Afganistán, Siria, Iraq, Sudán del Sur y Yemen. A pesar de que se muestra cierto progreso en algunos países como Colombia, que subió 3 puestos en el ranking (del 143 en 2019 al 140 en 2020), una de las grandes conclusiones es que los conflictos, las crisis y las tensiones generadas en la década pasada siguen aún sin resolverse. Asimismo, se identifica una tendencia general de deterioro de la paz positiva en todo el mundo, con respecto al año anterior. (IEP, 2020). 


Uno de los factores que incidieron en este resultado fue la aparición del virus denominado COVID-19 a finales de 2019. Más allá de las problemáticas relacionadas con la cantidad de contagiados, el número de muertes y la debida adecuación de los centros de salud, la emergencia sanitaria puso en evidencia una falencia estructural, incluso en las sociedades con mayores niveles de paz positiva. Las políticas de distanciamiento social implementadas por la gran mayoría de los gobiernos han afectado desproporcionalmente a las minorías étnicas, ya que son ellas las que se enfrentan a un grado más alto de vulnerabilidad. En Estados Unidos, por ejemplo, aproximadamente el 21% de los afroamericanos y el 18% de los hispanos viven bajo del umbral de la pobreza. Esto contrasta con el 8% de la población blanca que se estima se encuentra en esta misma situación (Human Rights Watch, 2020). 


En este contexto, miles de ciudadanos en varias ciudades de Estados Unidos han desafiado las medidas de confinamiento para salir a las calles a protestar. Entre sus principales descontentos, argumentan la existencia de una completa desconexión entre sus verdaderos intereses y necesidades, y los dirigentes que dicen representarlos. Por esta razón, demandan políticas sociales que permitan aliviar las dificultades económicas que se han acrecentado durante la cuarentena (New York Times, 2020).  A finales del mes de mayo, las manifestaciones llegaron a un punto de inflexión después de que George Floyd, una persona afro que acababa de perder su empleo a causa de la crisis sanitaria, fuera asfixiado por un policía en medio de un arresto en Minnesota. Desde entonces, cientos de protestas se han extendido por todos los continentes bajo el lema “black lives matter”, en las que se condena fehacientemente el racismo y la discriminación. El movimiento ha ganado tal ímpetu, que ha expuesto la necesidad de redefinir los hitos históricos de ciertas sociedades, al asociar a los héroes tradicionales con el colonialismo y el trafico de esclavos entre otras ignominias (The Guardian, 2020).   


Las circunstancias descritas permiten identificar una problemática común en las democracias contemporáneas, relacionada con el segundo pilar de la paz positiva. La crisis sanitaria actual ha puesto en evidencia una distribución desigual de los recursos entre los diversos grupos sociales. No se trata, por tanto, de diferencias verticales presentadas entre individuos, sino de disparidades horizontales. Siguiendo los planteamientos de Frances Stewart, estas inequidades se reflejan entre grupos claramente definidos en términos de identidad y pueden reflejarse en los ámbitos político, económico, social y cultural. Una vez alcanzan cierto nivel de prominencia, las asimetrías pueden convertirse en reivindicaciones grupales expresadas a través de movilizaciones, no necesariamente violentas. (Stewart, 2008).    


A pesar de contar con instituciones democráticas sólidas, los países más pacíficos del mundo albergan colectividades culturales claramente definidas con desventajas económicas y sociales. En varias ocasiones, por ejemplo, órganos internacionales de Derechos Humanos le han recomendado a Portugal concientizar a sus servidores públicos acerca de la importancia del respeto interétnico a raíz de los varios abusos policiales registrados en contra de individuos de origen árabe. Asimismo, diversas ONG´s han criticado las medidas adoptadas recientemente por el gobierno austriaco, por considerar que plantean un retroceso en la protección otorgada a los refugiados. En Dinamarca, por otro lado, los inmigrantes “no occidentales” tienen dificultades para integrarse a la sociedad, afrontando situaciones de bajos ingresos y menores oportunidades de empleo y educación. Finalmente, en Nueva Zelanda los maoríes se encuentran sobre representados en las prisiones del país, a causa de un sistema judicial catalogado por algunas organizaciones como deficiente y discriminatorio (Amnistía Internacional, 2020). 

Las respuestas gubernamentales frente al COVID-19 visibilizaron las desigualdades horizontales y exacerbaron la violencia indirecta a la cual están sometidas las minorías étnicas, incluso en las sociedades más prosperas y con mayores niveles de paz positiva. El éxito de las movilizaciones, sin embargo, dependerá de que logren ser canalizadas por mecanismos democráticos. Esto quiere decir que, las demandas deben conducir al establecimiento de procesos participativos que tengan por objetivo la inclusión de los grupos minoritarios que tradicionalmente se han visto marginados. Si, por el contrario, sufren un proceso de radicalización, los esfuerzos por un verdadero cambio se perderán en intentos inútiles por negar el reconocimiento de la otredad.   



Bibliografía: 

Stewart, F. (2008) "Horizontal Inequalities and Conflict: An Introduction and some Hypothesis." En Horizontal Inequalities and Conflict: Understanding Group Violence in Multiethnic Societies, edited by Kofi Annan and Frances Stewart. Basingstoke: Palgrave Macmillan. 

The Guardian. (2020, junio 9). George Floyd killing triggers wave of activism around the world 

New York Times. (2020, abril 24). Why These Protesters Aren’t Staying Home for Coronavirus Orders 

Amnistía Internacional. (2020). Austria 2019. 

 Amnistía Internacional. (2020). Denmark 2019  https://www.amnesty.org/en/countries/europe-and-central-asia/denmark/

Amnistía Internacional (2020). New  Zeeland 2019

Amnistía Internacional. (2020). Portugal 2019  

Instituto de Economía y Paz. (Junio, 2020). Global Peace Index 2020: Measuring Peace in a Complex World. 

Human Rights Watch. (2020). US: COVID-19 Disparities Reflect Structural Racism, Abuses. Human Rights Watch Testimony to US House of Representatives Ways and Means Committee.

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