El Arte de Carmen Mondragón y el Poder de la Autorepresentación

November 29, 2021
Columna
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Propuesta de imagen destacada: Estudio Fotográfico de Leguizame. Retrato de la pintora y poetisa Nahui Olin (Carmen Mondragón), ca. 1922. Colección y Archivo de Fundación Televisa Cortesía: Museo Nacional de Arte, INBA

“Desgraciada de mí

no tengo más que un destino: morir

porque siento mi espíritu

demasiado amplio y grande

para ser comprendido

y el mundo, el hombre y el universo

son demasiado pequeños para llenarlos.”

Nahui Ollin



Ante la pregunta sobre quién fue Carmen Mondragón Valseca (1893-1978), es común encontrarnos con un universo impresionante de respuestas, cuyo contenido hace evidente que Nahui Olin representa un desafío no solo para las miradas de la sociedad que la vio nacer y constituirse como artista, como una mujer independiente y libre sino también para las lecturas y relecturas que sobre ella y su quehacer artístico se han plasmado.

Mucho se ha hablado de su avasalladora belleza, de la deslumbrante profundidad de sus ojos constreñidos en una idea de feminidad que busca enmudecerla pero nunca lo logra. Mondragón ha sido blanco de innumerables disertaciones, acorde a los códigos morales imperantes en el México de la segunda década del siglo pasado, la han descrito como una mujer cuyo incontrolable ímpetu por darle rienda suelta a su “naturaleza sexual”, la convirtió en responsable de su propio abandono e invisibilización, obligada a terminar sus días sola, deambulando por las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Es precisamente, en esta figura mítica que se ha construido sobre Nahui Olin, donde parece haber reminiscencias del arte decadentista del XIX, cuya principal motivación, hace explícito el miedo, pero sobre todo la aversión hacia cualquier indicio de que las mujeres cuestionen los roles de género que les han sido asignados.

Antonio Garduño. Nahui Olin s/f. Galería López Quiroga
Ismael Rodríguez Avalos. Nahui Olin, ca.1927. Colección particularCortesía: Museo Nacional de Arte, INBA

En en estas versiones y miradas masculinas y su oportuno rescate de personajes mitológicos como Medea, por ejemplo, -quien en un ataque de celos y locura provocados por la infidelidad de Jasón, asesinó a su hijo e hija-, donde podemos encontrar una analogía y es que, ¿qué puede haber peor que una madre llevando a cabo un parricidio? Está por demás decir que Carmen Mondragón, ha sido acusada también de este delito, claro, hasta el momento sin ninguna prueba.

Estos universos discursivos requieren mirarse con otros ojos, incluso en algunos casos, prenderles fuego para que nunca más vean la luz. Aunque la actividad creativa de Mondragón comenzó hace casi 100 años, resulta imprescindible nombrarla, renombrarla, hacer resonar su voz que busca más incomodar que obtener aprobación.


¿Pero cuál es el reto al que nos enfrentamos cuando volvemos la mirada a Carmen Mondragón? Requerimos realizar un esfuerzo por desmitificar su figura y acceder a ella por medio de su auto representación. Mondragón, debe dejar de ser pensada como un satélite que gira en torno a figuras masculinas, para moverse alrededor de sus propios deseos y búsquedas, enmarcadas en un vaivén entre la literatura poética y científica, la caricatura, la pintura y sus actos performativos que procuran parte importante de su autoafirmación.


Durante su estancia en París y en la Ciudad de México, Nahui, mostró una incansable inquietud por formar parte de grupos culturales de la época y el medio es importante, sin embargo, lo que asombra de Olin, es la forma en la que usó su cuerpo como medio de expresión, -es principalmente en las sesiones fotográficas donde adquirió conciencia de su participación en la imagen y lo considera un ejercicio creativo personal-. Este hecho es por demás relevante, ya que es la primera vez que la propuesta es romper con la figura de la musa, la que inspira el “arte más sublime”, para convertirse en la generadora de sus propias representaciones. Es así como Mondragón, se sube a la tribuna de la historia, de su propia historia.

Antonio Garduño. Nahui Olin c.a. 1927. Colección Thomás Zurián. Cortesía Museo Nacional de Arte, INBA


Diversos medios ocupó Nahui Olin para hacer una poesía original a partir de su propia corporalidad, un cuerpo que no aceptaba objeciones, siempre cambiante y que resistió con ejemplar fuerza a las restricciones que significa posicionarse dentro de un género binario. Las fotografías tomadas por Weston y Garduño, retratan a una mujer que lleva crea un juego contestatario entre una hiper feminización por un lado, y un rostro andrógino, enmarcado por cortes de cabello poco habituales para su época, por el otro. Nahui Olin, es una mujer que deja de lado el corsé y los vestigios victorianos.

Nada ha sido más rebatido en la historia que cuando una mujer ejerce su sexualidad sin ataduras y es más peligroso aún cuando el goce y el erotismo es reivindicado e incluso representado con serenidad, con presunción. Nahui, se divierte pintando el idilio de sus amores, su desenfado y la admiración de su propio cuerpo desnudo. Sus obras y autorretratos transgreden la moral hipócrita de la época.

Nahui Olin. Autorretrato, ca. 1927. Colección particularCortesía: Museo Nacional deArte, INBA

Una  mujer que habla de sí misma, que se autodefine y se representa sin temor a la censura podría representar el mayor acto de rebeldía. A veces acompañada de sus amantes, otras veces sin ellos; Mondragón, hizo patente su pasión por pintar autorretratos en formatos que superan los habituales, con colores intensos y rostros gozosos, lo que nos lleva a suponer que nada necesitaba esconder de sí misma. Carmen Mondragón, representa ante todo la subversión, la creatividad y una lucha que ha logrado minar las barreras ideológicas de la época en la que vivió.

El Arte de Carmen Mondragón y el Poder de la Autorepresentación

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March 19, 2019

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Propuesta de imagen destacada: Estudio Fotográfico de Leguizame. Retrato de la pintora y poetisa Nahui Olin (Carmen Mondragón), ca. 1922. Colección y Archivo de Fundación Televisa Cortesía: Museo Nacional de Arte, INBA

“Desgraciada de mí

no tengo más que un destino: morir

porque siento mi espíritu

demasiado amplio y grande

para ser comprendido

y el mundo, el hombre y el universo

son demasiado pequeños para llenarlos.”

Nahui Ollin



Ante la pregunta sobre quién fue Carmen Mondragón Valseca (1893-1978), es común encontrarnos con un universo impresionante de respuestas, cuyo contenido hace evidente que Nahui Olin representa un desafío no solo para las miradas de la sociedad que la vio nacer y constituirse como artista, como una mujer independiente y libre sino también para las lecturas y relecturas que sobre ella y su quehacer artístico se han plasmado.

Mucho se ha hablado de su avasalladora belleza, de la deslumbrante profundidad de sus ojos constreñidos en una idea de feminidad que busca enmudecerla pero nunca lo logra. Mondragón ha sido blanco de innumerables disertaciones, acorde a los códigos morales imperantes en el México de la segunda década del siglo pasado, la han descrito como una mujer cuyo incontrolable ímpetu por darle rienda suelta a su “naturaleza sexual”, la convirtió en responsable de su propio abandono e invisibilización, obligada a terminar sus días sola, deambulando por las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Es precisamente, en esta figura mítica que se ha construido sobre Nahui Olin, donde parece haber reminiscencias del arte decadentista del XIX, cuya principal motivación, hace explícito el miedo, pero sobre todo la aversión hacia cualquier indicio de que las mujeres cuestionen los roles de género que les han sido asignados.

Antonio Garduño. Nahui Olin s/f. Galería López Quiroga
Ismael Rodríguez Avalos. Nahui Olin, ca.1927. Colección particularCortesía: Museo Nacional de Arte, INBA

En en estas versiones y miradas masculinas y su oportuno rescate de personajes mitológicos como Medea, por ejemplo, -quien en un ataque de celos y locura provocados por la infidelidad de Jasón, asesinó a su hijo e hija-, donde podemos encontrar una analogía y es que, ¿qué puede haber peor que una madre llevando a cabo un parricidio? Está por demás decir que Carmen Mondragón, ha sido acusada también de este delito, claro, hasta el momento sin ninguna prueba.

Estos universos discursivos requieren mirarse con otros ojos, incluso en algunos casos, prenderles fuego para que nunca más vean la luz. Aunque la actividad creativa de Mondragón comenzó hace casi 100 años, resulta imprescindible nombrarla, renombrarla, hacer resonar su voz que busca más incomodar que obtener aprobación.


¿Pero cuál es el reto al que nos enfrentamos cuando volvemos la mirada a Carmen Mondragón? Requerimos realizar un esfuerzo por desmitificar su figura y acceder a ella por medio de su auto representación. Mondragón, debe dejar de ser pensada como un satélite que gira en torno a figuras masculinas, para moverse alrededor de sus propios deseos y búsquedas, enmarcadas en un vaivén entre la literatura poética y científica, la caricatura, la pintura y sus actos performativos que procuran parte importante de su autoafirmación.


Durante su estancia en París y en la Ciudad de México, Nahui, mostró una incansable inquietud por formar parte de grupos culturales de la época y el medio es importante, sin embargo, lo que asombra de Olin, es la forma en la que usó su cuerpo como medio de expresión, -es principalmente en las sesiones fotográficas donde adquirió conciencia de su participación en la imagen y lo considera un ejercicio creativo personal-. Este hecho es por demás relevante, ya que es la primera vez que la propuesta es romper con la figura de la musa, la que inspira el “arte más sublime”, para convertirse en la generadora de sus propias representaciones. Es así como Mondragón, se sube a la tribuna de la historia, de su propia historia.

Antonio Garduño. Nahui Olin c.a. 1927. Colección Thomás Zurián. Cortesía Museo Nacional de Arte, INBA


Diversos medios ocupó Nahui Olin para hacer una poesía original a partir de su propia corporalidad, un cuerpo que no aceptaba objeciones, siempre cambiante y que resistió con ejemplar fuerza a las restricciones que significa posicionarse dentro de un género binario. Las fotografías tomadas por Weston y Garduño, retratan a una mujer que lleva crea un juego contestatario entre una hiper feminización por un lado, y un rostro andrógino, enmarcado por cortes de cabello poco habituales para su época, por el otro. Nahui Olin, es una mujer que deja de lado el corsé y los vestigios victorianos.

Nada ha sido más rebatido en la historia que cuando una mujer ejerce su sexualidad sin ataduras y es más peligroso aún cuando el goce y el erotismo es reivindicado e incluso representado con serenidad, con presunción. Nahui, se divierte pintando el idilio de sus amores, su desenfado y la admiración de su propio cuerpo desnudo. Sus obras y autorretratos transgreden la moral hipócrita de la época.

Nahui Olin. Autorretrato, ca. 1927. Colección particularCortesía: Museo Nacional deArte, INBA

Una  mujer que habla de sí misma, que se autodefine y se representa sin temor a la censura podría representar el mayor acto de rebeldía. A veces acompañada de sus amantes, otras veces sin ellos; Mondragón, hizo patente su pasión por pintar autorretratos en formatos que superan los habituales, con colores intensos y rostros gozosos, lo que nos lleva a suponer que nada necesitaba esconder de sí misma. Carmen Mondragón, representa ante todo la subversión, la creatividad y una lucha que ha logrado minar las barreras ideológicas de la época en la que vivió.

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