El Manual de la Señorita Decente y la Amistad con los Hombres

September 30, 2020
Columna
por:
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Engin akyurt

Un tipo de formación  impartida a varias generaciones fue la de estudiar en colegios de solo mujeres y de solo hombres, colegios que nos separaban entre géneros, éstos  en su mayoría dirigidos por una comunidad religiosa. El sistema nos iba separando desde muy temprana edad y nuestros padres elegían esa educación porque “inculcan los valores de la religión”. Estudié en un colegio por tradición familiar, mi tía y mis primas también estudiaron allí; en la época en que yo estudié, recuerdo que tenía clase de costura porque era importante que una mujer aprendiera a poner botones y coger dobladillos para cuando esté casada, afortunadamente con el tiempo eliminaron esas clases y ya podíamos escoger clases artísticas  o deportivas. Esto en pleno siglo XXI en una ciudad capital, nos debería sorprender,¿no? Las monjas de la comunidad dirigían el colegio, algunas daban clases y todo era bajo las estrictas reglas que tenían en el pasado, el uso del uniforme y el largo de la falda, un clásico tema de controversia que terminaba con el corte agresivo de nuestros  dobladillos, que luego debíamos coserlos nosotras mismas. 


Las arbitrariedades de estas comunidades religiosas son severas, hay  exclusión y  discriminación hacia las niñas que no cumplen con sus estándares de “niñas decentes”. Por obvias razones en estos colegios la educación sexual era un tabú y cuando una adolescente quedaba en embarazo no podía compartir clases con las demás, entraba en la modalidad de “desescolarización”, debía ver clases después que el resto de estudiantes salieran de la institución porque era un mal ejemplo para las demás, es decir, una adolescente embarazada era  excluida del modelo de educación religiosa automáticamente. 


Pues bien, aunque no pareciera a simple vista, esto  tiene  repercusión en el futuro y en la manera en que nosotras mismas nos expresamos de las otras mujeres. Son un reflejo de ello. Las críticas hacia la vestimenta de otra mujer, porque tenga un escote o una falda corta, porque muestra “de más” o porque su estilo es muy vulgar; gran parte de esto se debe a  esa “educación”  basada en el manual de la señorita decente. 


Este tipo de educación nos separaba entre hombres y mujeres, fomentando esa rivalidad como géneros y asignando unos roles que tanto a ellos como a nosotras nos obligaron a ejecutar. Entre estos el rol de hombres y mujeres que se unen en matrimonio y para esto nos exigen llenar ciertos requisitos. A  los hombres les enseñaron a ser proveedores para cumplir con los estándares de buen hombre y a nosotras a ser las organizadoras del hogar. Si bien con los años las mujeres ya nos hemos abierto un camino en el ámbito laboral y podemos ejercer las profesiones que se decían eran solo para hombres, aún existe la segregación. En mi generación, si bien no existen restricciones formales para el desarrollo profesional, otros factores influyen como restricciones, por ejemplo, esas clases de costura, que no recibieron los niños de mi edad. 


Siguiendo con los estragos que causa a futuro esta educación segregada, está el famoso dicho que suelen decir para generar desconfianza e inseguridad: “Los hombres y las mujeres no pueden ser amigos”. Hoy en día, incluso las mujeres más jóvenes que no han sido tan permeadas por el sistema patriarcal con el que fuimos criadas otras generaciones y son más abiertas a los cambios y a la evolución que ha traído el tiempo; aún así, persiste entre ellas el  acusar a otra mujer con peyorativos por ser amiga de algún hombre, de manera que solo podemos ser distantes entre hombres y mujeres o ser pareja y  que solo es posible una relación amorosa desde el poseer. Es decir, no se nos enseña a ser amigos entre hombres y mujeres, crecimos haciendo amigos de nuestro mismo género y cuando salimos al  mundo real es difícil no reproducir este  modelo, donde el relacionamiento entre hombres y mujeres se plantea desde la  propiedad. 


Así las cosas, la rivalidad entre las mujeres se exacerba cuando hay un hombre de por medio. Parece de manera instintiva, sin embargo, no lo es. Las mujeres también debemos desaprender para construir nuevos cimientos; debemos enseñarles a las nuevas generaciones el respeto hacia nosotras mismas, no permitir las agresiones verbales hacia una mujer. En muchas ocasiones nos agreden más nuestras propias amigas, porque precisamente venimos de creer que las mujeres somos rivales entre nosotras y que nuestra pareja es de nuestra propiedad.  Esto también se refleja en los celos y las inseguridades que afloran cuando vemos que nuestra pareja compagina con alguien más o que probablemente tiene una amistad con una mujer diferente. 


Suele ser bastante incoherente promover la igualdad de género e  insultar a otra mujer por estar en desacuerdo con su comportamiento o porque esta vaya en contra de las  ideologías o valores personales. Es decir, en redes sociales vemos muchas mujeres compartir publicaciones a favor del feminismo pero actuar contradictoriamente. 


El feminismo es una postura política, no una moda. No es para ser mercantilizado, sino para promover leyes, acciones, principios, comportamientos en favor de la igualdad y los derechos de las mujeres. Ser feminisita no significa que debamos odiar a los hombres, ni tampoco que queramos comportarnos como tal, sino una invitación a que deconstruyamos el sistema del que venimos y comencemos a partir de una transformación que nos genere un mundo con igualdad de derechos y oportunidades, donde tanto mujeres como hombres puedan ser quien quieran ser, sin estigmatizaciones ni estereotipos, sin rivalidades y sin segregaciones. 

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Un tipo de formación  impartida a varias generaciones fue la de estudiar en colegios de solo mujeres y de solo hombres, colegios que nos separaban entre géneros, éstos  en su mayoría dirigidos por una comunidad religiosa. El sistema nos iba separando desde muy temprana edad y nuestros padres elegían esa educación porque “inculcan los valores de la religión”. Estudié en un colegio por tradición familiar, mi tía y mis primas también estudiaron allí; en la época en que yo estudié, recuerdo que tenía clase de costura porque era importante que una mujer aprendiera a poner botones y coger dobladillos para cuando esté casada, afortunadamente con el tiempo eliminaron esas clases y ya podíamos escoger clases artísticas  o deportivas. Esto en pleno siglo XXI en una ciudad capital, nos debería sorprender,¿no? Las monjas de la comunidad dirigían el colegio, algunas daban clases y todo era bajo las estrictas reglas que tenían en el pasado, el uso del uniforme y el largo de la falda, un clásico tema de controversia que terminaba con el corte agresivo de nuestros  dobladillos, que luego debíamos coserlos nosotras mismas. 


Las arbitrariedades de estas comunidades religiosas son severas, hay  exclusión y  discriminación hacia las niñas que no cumplen con sus estándares de “niñas decentes”. Por obvias razones en estos colegios la educación sexual era un tabú y cuando una adolescente quedaba en embarazo no podía compartir clases con las demás, entraba en la modalidad de “desescolarización”, debía ver clases después que el resto de estudiantes salieran de la institución porque era un mal ejemplo para las demás, es decir, una adolescente embarazada era  excluida del modelo de educación religiosa automáticamente. 


Pues bien, aunque no pareciera a simple vista, esto  tiene  repercusión en el futuro y en la manera en que nosotras mismas nos expresamos de las otras mujeres. Son un reflejo de ello. Las críticas hacia la vestimenta de otra mujer, porque tenga un escote o una falda corta, porque muestra “de más” o porque su estilo es muy vulgar; gran parte de esto se debe a  esa “educación”  basada en el manual de la señorita decente. 


Este tipo de educación nos separaba entre hombres y mujeres, fomentando esa rivalidad como géneros y asignando unos roles que tanto a ellos como a nosotras nos obligaron a ejecutar. Entre estos el rol de hombres y mujeres que se unen en matrimonio y para esto nos exigen llenar ciertos requisitos. A  los hombres les enseñaron a ser proveedores para cumplir con los estándares de buen hombre y a nosotras a ser las organizadoras del hogar. Si bien con los años las mujeres ya nos hemos abierto un camino en el ámbito laboral y podemos ejercer las profesiones que se decían eran solo para hombres, aún existe la segregación. En mi generación, si bien no existen restricciones formales para el desarrollo profesional, otros factores influyen como restricciones, por ejemplo, esas clases de costura, que no recibieron los niños de mi edad. 


Siguiendo con los estragos que causa a futuro esta educación segregada, está el famoso dicho que suelen decir para generar desconfianza e inseguridad: “Los hombres y las mujeres no pueden ser amigos”. Hoy en día, incluso las mujeres más jóvenes que no han sido tan permeadas por el sistema patriarcal con el que fuimos criadas otras generaciones y son más abiertas a los cambios y a la evolución que ha traído el tiempo; aún así, persiste entre ellas el  acusar a otra mujer con peyorativos por ser amiga de algún hombre, de manera que solo podemos ser distantes entre hombres y mujeres o ser pareja y  que solo es posible una relación amorosa desde el poseer. Es decir, no se nos enseña a ser amigos entre hombres y mujeres, crecimos haciendo amigos de nuestro mismo género y cuando salimos al  mundo real es difícil no reproducir este  modelo, donde el relacionamiento entre hombres y mujeres se plantea desde la  propiedad. 


Así las cosas, la rivalidad entre las mujeres se exacerba cuando hay un hombre de por medio. Parece de manera instintiva, sin embargo, no lo es. Las mujeres también debemos desaprender para construir nuevos cimientos; debemos enseñarles a las nuevas generaciones el respeto hacia nosotras mismas, no permitir las agresiones verbales hacia una mujer. En muchas ocasiones nos agreden más nuestras propias amigas, porque precisamente venimos de creer que las mujeres somos rivales entre nosotras y que nuestra pareja es de nuestra propiedad.  Esto también se refleja en los celos y las inseguridades que afloran cuando vemos que nuestra pareja compagina con alguien más o que probablemente tiene una amistad con una mujer diferente. 


Suele ser bastante incoherente promover la igualdad de género e  insultar a otra mujer por estar en desacuerdo con su comportamiento o porque esta vaya en contra de las  ideologías o valores personales. Es decir, en redes sociales vemos muchas mujeres compartir publicaciones a favor del feminismo pero actuar contradictoriamente. 


El feminismo es una postura política, no una moda. No es para ser mercantilizado, sino para promover leyes, acciones, principios, comportamientos en favor de la igualdad y los derechos de las mujeres. Ser feminisita no significa que debamos odiar a los hombres, ni tampoco que queramos comportarnos como tal, sino una invitación a que deconstruyamos el sistema del que venimos y comencemos a partir de una transformación que nos genere un mundo con igualdad de derechos y oportunidades, donde tanto mujeres como hombres puedan ser quien quieran ser, sin estigmatizaciones ni estereotipos, sin rivalidades y sin segregaciones. 

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