Foto:Angie Peñaranda

Para mí, escribir es sanador; siempre que alguien me pide un consejo sobre algo, lo primero que les digo es: ¡escríbelo! Escribiendo uno pone claramente sobre el papel lo que está pensando y sintiendo. Y cuando no se llega a entender del todo, al menos se produce un desahogo, se dice lo que nunca se dijo. Esto mismo es lo que han hecho muchas personas víctimas de la guerra en Colombia. Como tantos otros procesos, la escritura se ha convertido en uno de los mecanismos al cual acuden psicólogos y trabajadores sociales que trabajan para las entidades estatales encargadas de ofrecer apoyo psicosocial a las víctimas de esta guerra, para ayudar, de alguna forma, en su reparación.

Sin embargo, en el proceso de la construcción de esta columna me di cuenta de que, en realidad, escribir, más que sanar, ayuda a procesar. Eso es, un proceso; a esta conclusión llegué luego de encontrarme con el libro “Almas que escriben”, el cual fue lanzado la semana pasada por la Alcaldía de Bogotá, en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, y que recoge trece historias de personas que han vivido la guerra desde todas las orillas en este país, la mayoría, eso sí, como siempre, mujeres.

Es obvio que en este país la guerra también la han vivido padres, hijos y hermanos, sin embargo, de acuerdo con las estadísticas de la Unidad de Víctimas, al menos la mitad de las más de ocho millones de víctimas que deja el conflicto armado en Colombia son mujeres; en números, según el Registro Único de Víctimas (RUV) de la entidad, para el año 2017, las mujeres representaban el 49.73 % de las 8.347.566 víctimas, es decir 4.151.416 mujeres víctimas incluidas en el RUV (Unidad para la atención y reparación integral a las víctimas, 2017).

Estas cifras se reflejan, de alguna manera, en este libro; de las trece historias, diez son de mujeres. No las voy a contar porque uno de los propósitos de esta columna es que se queden con las ganas de leer este libro. Pero después de asistir a su lanzamiento, escuchar a los autores y posteriormente leerlos, uno llega a entender un poco del poder que tiene la escritura y del impacto que toda esta experiencia ha tenido en sus vidas. Mariana Schmidt, conductora de Almas que escriben, lo expresa en el prólogo: “se trataba de acudir a la escritura para nombrar la pesadumbre que cada uno y cada una lleva en su interior”.

Y es que, desde hace varios años, se ha estudiado acerca de los atributos terapéuticos de la escritura. En 1986 el profesor de psicología, James Pennebaker, después de dividir a sus estudiantes, le pidió a un grupo que escribiera sobre sus traumas en la vida o momentos difíciles, al otro le pidió que escribiera sobre temas neutros en sesiones de 15 minutos aproximadamente, pasados seis meses encontró que los estudiantes que habían escrito sobre sus secretos y traumas habían visitado con menos frecuencia el médico en comparación con los otros. (Sin Autor, 2017)

Otro estudio de la Universidad de Auckland, Nueva Zelanda, encontró que la escritura funciona como cicatrizante de heridas físicas. Impresionante, pero al parecer es cierto. Probaron el estudio en adultos de 64 a 97 años: “a los 49 participantes se les hizo una biopsia que dejó una herida en sus brazos, se les pidió que escribieran durante 20 minutos al día y cada cuatro o cinco días, los investigadores fotografiaron sus lesiones hasta que curaron. Una mitad relataba en un papel sus pensamientos, experiencias traumáticas y emociones, y la otra escribía sobre sus planes del día evitando mencionar aspectos sentimentales. A los once días, un 76,2% de integrantes del primer grupo ya había curado la herida, frente al 42,1% del segundo.” (Agudo, 2013).

Y puede que sea cierto, porque la escritura se convierte en un medio para ponerle nombre al dolor, para re-conocerse, conocer a otros y verse en ellos, para construir y re-construirse. Alexander Mesa Ramírez, uno de los autores del texto y quien perdió a su padre en el avión de Avianca que explotó Pablo Escobar, y que iba rumbo a Cali, habló de esto durante el conversatorio, de una manera con la que me sentí identificada. Él dijo que todos reflejamos nuestras vidas a través de historias, en sus palabras: “nos gusta leer, escuchar música, dedicar canciones, que esas palabras hablen por nosotros”.

Es verdad, nos vemos en las palabras de otros, como les pasó a los autores; comentaban en el conversatorio que el proceso de escribir, de leer y escuchar las historias de los demás, los ayudó a entender que sin importar en qué orilla del conflicto se hubiesen encontrado, compartían un dolor similar, lo que los acercó como familia. Me parecía curioso que cada vez que alguno hablaba, siempre mencionaba cómo el hecho de pasar por este proceso durante un año los había hecho una familia y había quitado los prejuicios con los que habían llegado.

Blanca Nubia Díaz Vázquez, madre de una joven de quince años que pertenecía a las Juventudes Comunistas que fue torturada y asesinada, expresó que para ella contar su historia la ha ayudado a sanar su cuerpo y a aportar a la construcción de paz. Así mismo, para Claudia Baracaldo: “empezar a escribir me sirvió para recuperar mi vida. A mi se me había olvidado todo, dejé de hablar. Escribir fue reparador, me ayudó a salir del hueco en el que estaba. Sigo en proceso de recuperación”. Después de leer su historia, entendí por qué; por qué había olvidado todo y por qué escribir fue reparador; porque, en definitiva, la escritura alcanza profundidades que la palabra no; al menos las mías las alcanzó.

También, Rosa Lilia Yaya, hija de un Concejal de la Unión Patriótica que fue asesinado como casi todos los miembros de ese partido político durante finales de la década de esos oscuros años 80, mencionó que la importancia de este ejercicio radica en que, aún cuando la historia del conflicto colombiano se ha contado e investigado desde la academia, contar las historias de manera personal, como protagonistas, es lo que generará que estos hechos no se repitan. Porque si, no tiene el mismo efecto un texto de historia académico que un texto escrito desde lo profundo del dolor, de la visión íntima de cuánto dolió ver partir a alguien.

Después de conocer todos estos relatos, uno se da cuenta de que, a diferencia de otros países, los factores que han fortalecido a la mujer y su lucha aquí, en su mayoría se los debemos a la guerra. Lamentable, pero real; por ejemplo, Mary Mar. Desplazada por la violencia, tuvo que salir corriendo con su familia desde el Tolima hacia Bogotá. Para poder conseguir el alimento de su hogar se dedicó a ir a la plaza de Abastos todos los fines de semana a recoger lo que quedaba de toda la comida, allí se encontró con otras madres que hacían lo mismo y así surgió un grupo de 104 mujeres que hoy lidera y al que le quiere poner por nombre “Fundación Humana La Mujer de Hoy”, porque en sus palabras: “ya no somos las de antes, esas mujeres sumisas, dedicadas al hogar y al campo, hoy la vida nos ha transformado y nos convirtió en mujeres guerreras”. (Amorocho Micán, Baracaldo Bejarano, Díaz Vázquez y otros,  2019, p. 189).

Y es así como, obligadamente, la guerra ha formado mujeres más fuertes e independientes.

Todas estas historias me tocaron de diferentes maneras; y justamente, cuando en el conversatorio tuve algún prejuicio con una de las autoras, después, mientras leía su historia y lloraba, entendí que la escritura, efectivamente, nos quita las vendas de la tiranía del pensamiento, como lo dijo Mariana Schmidt en el prólogo. Leer estas trece historias confirma el poder que la palabra escrita tiene para conmover como no lo tiene la palabra dicha; para entender, aunque sea solo un poco al otro; para darle valor a los recuerdos y su dolor. Y es así, como escribir se convirtió para estas personas víctimas del conflicto armado en una manera de trascender, de tener un espacio en este mundo. Como todos ellos y ellas, muchos escriben actualmente para sobrevivir todo eso que este país les obligó vivir.

Así que, escriban. Y lean y compartan estas historias para que ojalá, no las repitamos nunca más. Para que como ciudadanos contribuyamos a que la memoria de estas personas sea respetada y sus vidas reparadas. Para que cuando el gobierno tirano les ignore y quiera dejar en impunidad su sufrimiento, seamos nosotros quienes nos levantemos y digamos NUNCA MÁS, PARA LA GUERRA NADA.

Este es el momento oportuno para construir la memoria colectiva como país, porque como lo dijo Miguel Antonio Vargas: “si tenemos mi historia, tenemos mi memoria. Pero si narramos todas las historias escondidas y selladas con el silencio para expresar esas historias verdaderas, entonces tendremos una memoria de país”.

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Bibliografía


Unidad para la atención y reparación integral a las víctimas. (07 de marzo de 2017). En Colombia, 4.2 millones de víctimas del conflicto armado son mujeres: Alan Jara.


Sin Autor. (07 de julio de 2017). Psiconeuroinmunologia, sanar a través de la escritura Nexofin


Alejandra Agudo. (31 de julio de 2013). Lápiz y papel, mercromina para las heridas. España.


Amorocho Micán, Baracaldo Bejarano, Díaz Vázquez y otros. (2019). Almas que escriben. Bogotá: Alcaldía de Bogotá.

Foto:Angie Peñaranda

Para mí, escribir es sanador; siempre que alguien me pide un consejo sobre algo, lo primero que les digo es: ¡escríbelo! Escribiendo uno pone claramente sobre el papel lo que está pensando y sintiendo. Y cuando no se llega a entender del todo, al menos se produce un desahogo, se dice lo que nunca se dijo. Esto mismo es lo que han hecho muchas personas víctimas de la guerra en Colombia. Como tantos otros procesos, la escritura se ha convertido en uno de los mecanismos al cual acuden psicólogos y trabajadores sociales que trabajan para las entidades estatales encargadas de ofrecer apoyo psicosocial a las víctimas de esta guerra, para ayudar, de alguna forma, en su reparación.

Sin embargo, en el proceso de la construcción de esta columna me di cuenta de que, en realidad, escribir, más que sanar, ayuda a procesar. Eso es, un proceso; a esta conclusión llegué luego de encontrarme con el libro “Almas que escriben”, el cual fue lanzado la semana pasada por la Alcaldía de Bogotá, en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, y que recoge trece historias de personas que han vivido la guerra desde todas las orillas en este país, la mayoría, eso sí, como siempre, mujeres.

Es obvio que en este país la guerra también la han vivido padres, hijos y hermanos, sin embargo, de acuerdo con las estadísticas de la Unidad de Víctimas, al menos la mitad de las más de ocho millones de víctimas que deja el conflicto armado en Colombia son mujeres; en números, según el Registro Único de Víctimas (RUV) de la entidad, para el año 2017, las mujeres representaban el 49.73 % de las 8.347.566 víctimas, es decir 4.151.416 mujeres víctimas incluidas en el RUV (Unidad para la atención y reparación integral a las víctimas, 2017).

Estas cifras se reflejan, de alguna manera, en este libro; de las trece historias, diez son de mujeres. No las voy a contar porque uno de los propósitos de esta columna es que se queden con las ganas de leer este libro. Pero después de asistir a su lanzamiento, escuchar a los autores y posteriormente leerlos, uno llega a entender un poco del poder que tiene la escritura y del impacto que toda esta experiencia ha tenido en sus vidas. Mariana Schmidt, conductora de Almas que escriben, lo expresa en el prólogo: “se trataba de acudir a la escritura para nombrar la pesadumbre que cada uno y cada una lleva en su interior”.

Y es que, desde hace varios años, se ha estudiado acerca de los atributos terapéuticos de la escritura. En 1986 el profesor de psicología, James Pennebaker, después de dividir a sus estudiantes, le pidió a un grupo que escribiera sobre sus traumas en la vida o momentos difíciles, al otro le pidió que escribiera sobre temas neutros en sesiones de 15 minutos aproximadamente, pasados seis meses encontró que los estudiantes que habían escrito sobre sus secretos y traumas habían visitado con menos frecuencia el médico en comparación con los otros. (Sin Autor, 2017)

Otro estudio de la Universidad de Auckland, Nueva Zelanda, encontró que la escritura funciona como cicatrizante de heridas físicas. Impresionante, pero al parecer es cierto. Probaron el estudio en adultos de 64 a 97 años: “a los 49 participantes se les hizo una biopsia que dejó una herida en sus brazos, se les pidió que escribieran durante 20 minutos al día y cada cuatro o cinco días, los investigadores fotografiaron sus lesiones hasta que curaron. Una mitad relataba en un papel sus pensamientos, experiencias traumáticas y emociones, y la otra escribía sobre sus planes del día evitando mencionar aspectos sentimentales. A los once días, un 76,2% de integrantes del primer grupo ya había curado la herida, frente al 42,1% del segundo.” (Agudo, 2013).

Y puede que sea cierto, porque la escritura se convierte en un medio para ponerle nombre al dolor, para re-conocerse, conocer a otros y verse en ellos, para construir y re-construirse. Alexander Mesa Ramírez, uno de los autores del texto y quien perdió a su padre en el avión de Avianca que explotó Pablo Escobar, y que iba rumbo a Cali, habló de esto durante el conversatorio, de una manera con la que me sentí identificada. Él dijo que todos reflejamos nuestras vidas a través de historias, en sus palabras: “nos gusta leer, escuchar música, dedicar canciones, que esas palabras hablen por nosotros”.

Es verdad, nos vemos en las palabras de otros, como les pasó a los autores; comentaban en el conversatorio que el proceso de escribir, de leer y escuchar las historias de los demás, los ayudó a entender que sin importar en qué orilla del conflicto se hubiesen encontrado, compartían un dolor similar, lo que los acercó como familia. Me parecía curioso que cada vez que alguno hablaba, siempre mencionaba cómo el hecho de pasar por este proceso durante un año los había hecho una familia y había quitado los prejuicios con los que habían llegado.

Blanca Nubia Díaz Vázquez, madre de una joven de quince años que pertenecía a las Juventudes Comunistas que fue torturada y asesinada, expresó que para ella contar su historia la ha ayudado a sanar su cuerpo y a aportar a la construcción de paz. Así mismo, para Claudia Baracaldo: “empezar a escribir me sirvió para recuperar mi vida. A mi se me había olvidado todo, dejé de hablar. Escribir fue reparador, me ayudó a salir del hueco en el que estaba. Sigo en proceso de recuperación”. Después de leer su historia, entendí por qué; por qué había olvidado todo y por qué escribir fue reparador; porque, en definitiva, la escritura alcanza profundidades que la palabra no; al menos las mías las alcanzó.

También, Rosa Lilia Yaya, hija de un Concejal de la Unión Patriótica que fue asesinado como casi todos los miembros de ese partido político durante finales de la década de esos oscuros años 80, mencionó que la importancia de este ejercicio radica en que, aún cuando la historia del conflicto colombiano se ha contado e investigado desde la academia, contar las historias de manera personal, como protagonistas, es lo que generará que estos hechos no se repitan. Porque si, no tiene el mismo efecto un texto de historia académico que un texto escrito desde lo profundo del dolor, de la visión íntima de cuánto dolió ver partir a alguien.

Después de conocer todos estos relatos, uno se da cuenta de que, a diferencia de otros países, los factores que han fortalecido a la mujer y su lucha aquí, en su mayoría se los debemos a la guerra. Lamentable, pero real; por ejemplo, Mary Mar. Desplazada por la violencia, tuvo que salir corriendo con su familia desde el Tolima hacia Bogotá. Para poder conseguir el alimento de su hogar se dedicó a ir a la plaza de Abastos todos los fines de semana a recoger lo que quedaba de toda la comida, allí se encontró con otras madres que hacían lo mismo y así surgió un grupo de 104 mujeres que hoy lidera y al que le quiere poner por nombre “Fundación Humana La Mujer de Hoy”, porque en sus palabras: “ya no somos las de antes, esas mujeres sumisas, dedicadas al hogar y al campo, hoy la vida nos ha transformado y nos convirtió en mujeres guerreras”. (Amorocho Micán, Baracaldo Bejarano, Díaz Vázquez y otros,  2019, p. 189).

Y es así como, obligadamente, la guerra ha formado mujeres más fuertes e independientes.

Todas estas historias me tocaron de diferentes maneras; y justamente, cuando en el conversatorio tuve algún prejuicio con una de las autoras, después, mientras leía su historia y lloraba, entendí que la escritura, efectivamente, nos quita las vendas de la tiranía del pensamiento, como lo dijo Mariana Schmidt en el prólogo. Leer estas trece historias confirma el poder que la palabra escrita tiene para conmover como no lo tiene la palabra dicha; para entender, aunque sea solo un poco al otro; para darle valor a los recuerdos y su dolor. Y es así, como escribir se convirtió para estas personas víctimas del conflicto armado en una manera de trascender, de tener un espacio en este mundo. Como todos ellos y ellas, muchos escriben actualmente para sobrevivir todo eso que este país les obligó vivir.

Así que, escriban. Y lean y compartan estas historias para que ojalá, no las repitamos nunca más. Para que como ciudadanos contribuyamos a que la memoria de estas personas sea respetada y sus vidas reparadas. Para que cuando el gobierno tirano les ignore y quiera dejar en impunidad su sufrimiento, seamos nosotros quienes nos levantemos y digamos NUNCA MÁS, PARA LA GUERRA NADA.

Este es el momento oportuno para construir la memoria colectiva como país, porque como lo dijo Miguel Antonio Vargas: “si tenemos mi historia, tenemos mi memoria. Pero si narramos todas las historias escondidas y selladas con el silencio para expresar esas historias verdaderas, entonces tendremos una memoria de país”.

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Bibliografía


Unidad para la atención y reparación integral a las víctimas. (07 de marzo de 2017). En Colombia, 4.2 millones de víctimas del conflicto armado son mujeres: Alan Jara.


Sin Autor. (07 de julio de 2017). Psiconeuroinmunologia, sanar a través de la escritura Nexofin


Alejandra Agudo. (31 de julio de 2013). Lápiz y papel, mercromina para las heridas. España.


Amorocho Micán, Baracaldo Bejarano, Díaz Vázquez y otros. (2019). Almas que escriben. Bogotá: Alcaldía de Bogotá.

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