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Todavía nos confundimos. Y digo que nos confundimos porque aunque Judith Butler, teórica posfeminista, sentó los precedentes del feminismo actual que busca diluir la idea preconcebida de que sólo existen hombre y mujer como únicos géneros –además de que estos tienen un determinado conjunto de roles y comportamientos definidos–. Yo, que leí “El género en disputa” (su texto más aclamado), sigo sin tener muy claros cuáles son los géneros con los que nos podemos reconocer, las categorías sexuales a las que nos podemos adherir y las muchísimas preferencias sexuales que se convierten, al parecer, en identidades para todos nosotros.

Por supuesto, nuestra querida autora no tenía la intención de catalogar las numerosas posibilidades de estos tres campos, sino que solamente quería abrir la mirada a estos aspectos fundamentales del ser social contemporáneo (cosa que logró de forma muy destacable). De cualquier manera, a partir de la publicación del libro se ha elaborado y reelaborado la pregunta más importante para la reivindicación de la mujer en cualquier espacio comunitario o colectivo: ¿qué es el género?

Muchos sabemos, o creemos saber, qué es una mujer o qué es un hombre –que son los géneros que la mayoría reconocemos a pesar de que hayan más–, pero en tiempos de posmodernismo sabemos que limitar estos conceptos con características, atributos, rasgos o con una aparente naturaleza, ya nos mete en camisa de once varas.

No puedo decir que Butler no nos haya ayudado de alguna manera. Visibilizar el imperante heterosexismo en la construcción de nuevas teorías y visiones sobre los estudios de género es un gran avance en las teorías feministas y para el feminismo en sí, sin mencionar, claro está, la erradicación de la idea del lesbianismo como una realización erótica de las teorías antes mencionadas. Cabe aquí resaltar una pequeña observación que hizo la misma Judith en su texto. Contrario a lo que piensan muchas feministas, ser lesbiana no regresa a la mujer al centro de su esencia o algo por el estilo, eso no tiene nada que ver con la lucha feminista. La identidad sexual, es decir, las inclinaciones de gusto que tenemos frente a ciertos géneros, no define por sí sola nuestra posición frente al género al que pertenecemos o al que queremos pertenecer, por lo tanto, esa idea para llamar la atención de la existencia de la mujer en la sociedad como un ser que puede amar a quien quiera (especialmente si es otra mujer), aunque no es del todo inválida, ya está mandada a recoger.

Vale la pena seguir explorando las diferentes transformaciones de las nociones planteadas en el título (especialmente de la primera y la última, ya que la segunda parece ser más un asunto biológico que de cualquier otra índole) porque de ello depende no solo que dejemos de estar confundidos sino también el desarrollo de estrategias inclusivas que permitan la comprensión y la aceptación de la diversidad en cuanto a identidad y a la elección de a quién o a quiénes queremos amar. 

Género, Sexo e Identidad Sexual

July 1, 2019
Columna
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Todavía nos confundimos. Y digo que nos confundimos porque aunque Judith Butler, teórica posfeminista, sentó los precedentes del feminismo actual que busca diluir la idea preconcebida de que sólo existen hombre y mujer como únicos géneros –además de que estos tienen un determinado conjunto de roles y comportamientos definidos–. Yo, que leí “El género en disputa” (su texto más aclamado), sigo sin tener muy claros cuáles son los géneros con los que nos podemos reconocer, las categorías sexuales a las que nos podemos adherir y las muchísimas preferencias sexuales que se convierten, al parecer, en identidades para todos nosotros.

Por supuesto, nuestra querida autora no tenía la intención de catalogar las numerosas posibilidades de estos tres campos, sino que solamente quería abrir la mirada a estos aspectos fundamentales del ser social contemporáneo (cosa que logró de forma muy destacable). De cualquier manera, a partir de la publicación del libro se ha elaborado y reelaborado la pregunta más importante para la reivindicación de la mujer en cualquier espacio comunitario o colectivo: ¿qué es el género?

Muchos sabemos, o creemos saber, qué es una mujer o qué es un hombre –que son los géneros que la mayoría reconocemos a pesar de que hayan más–, pero en tiempos de posmodernismo sabemos que limitar estos conceptos con características, atributos, rasgos o con una aparente naturaleza, ya nos mete en camisa de once varas.

No puedo decir que Butler no nos haya ayudado de alguna manera. Visibilizar el imperante heterosexismo en la construcción de nuevas teorías y visiones sobre los estudios de género es un gran avance en las teorías feministas y para el feminismo en sí, sin mencionar, claro está, la erradicación de la idea del lesbianismo como una realización erótica de las teorías antes mencionadas. Cabe aquí resaltar una pequeña observación que hizo la misma Judith en su texto. Contrario a lo que piensan muchas feministas, ser lesbiana no regresa a la mujer al centro de su esencia o algo por el estilo, eso no tiene nada que ver con la lucha feminista. La identidad sexual, es decir, las inclinaciones de gusto que tenemos frente a ciertos géneros, no define por sí sola nuestra posición frente al género al que pertenecemos o al que queremos pertenecer, por lo tanto, esa idea para llamar la atención de la existencia de la mujer en la sociedad como un ser que puede amar a quien quiera (especialmente si es otra mujer), aunque no es del todo inválida, ya está mandada a recoger.

Vale la pena seguir explorando las diferentes transformaciones de las nociones planteadas en el título (especialmente de la primera y la última, ya que la segunda parece ser más un asunto biológico que de cualquier otra índole) porque de ello depende no solo que dejemos de estar confundidos sino también el desarrollo de estrategias inclusivas que permitan la comprensión y la aceptación de la diversidad en cuanto a identidad y a la elección de a quién o a quiénes queremos amar. 

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