Le Dijeron que Podía Morir a los 22. Hoy Ayuda a Otras Mujeres a Salvar su Salud.

February 19, 2026
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De 130 kilos a un modelo de autocuidado que hoy empodera a otras mujeres. Sin químicos, sin extremos, solo disciplina y decisión.

A los 22 años, Araceli Nchama recibió un diagnóstico que cambió su historia: diabetes, desórdenes hormonales y una advertencia médica clara. Si no bajaba de peso, su salud se deterioraría aún más. Además, quería ser madre y no lograba quedar embarazada. Su cuerpo estaba enviando señales urgentes.

Pesaba 130 kilos. Le costaba caminar. Respirar. Agacharse.

Ese fue el punto de quiebre.

El momento en que eligió la vida

“La decisión fue firme”, recuerda. No fue estética. Fue supervivencia.

No tenía apoyo emocional. Tampoco recursos económicos abundantes. Y, sin embargo, decidió cambiar su alimentación de forma radical pero saludable. Nada de químicos. Nada de dietas extremas. Nada que comprometiera su salud a largo plazo.

Los primeros meses fueron duros. “Había días que me encerraba a llorar sola por la ansiedad de comida”, cuenta. El hábito de consumir alimentos poco saludables estaba profundamente arraigado. Cambiarlo implicó disciplina, pero sobre todo conciencia.

Ella lo resume en una frase cruda: tuvo que elegir entre la vida que implicaba alimentarse bien o la enfermedad que implicaba seguir igual.

Eligió la vida.

Con el tiempo, pasó de 130 kilos a 68. Y algo más cambió: su energía, su movilidad, su fertilidad, su percepción de sí misma.

De transformación personal a modelo replicable

La transformación no pasó desapercibida en su comunidad en Guinea Ecuatorial. Mujeres que la conocieron en su etapa anterior comenzaron a buscarla.

Primero fue una. Luego otra. Después muchas.

No llegaban por curiosidad. Llegaban con esperanza.

“Cuando ayudaba a una, las demás veían su resultado y venían”, explica. El boca a boca hizo el resto. Lo que comenzó como acompañamiento informal se convirtió en un método estructurado de autocuidado.

Su modelo es simple: de lunes a sábado alimentación saludable, suficiente y sin pasar hambre; el domingo, flexibilidad controlada. No hay prohibiciones extremas. Hay estructura. No hay castigos. Hay disciplina.

Y sobre todo, hay acompañamiento emocional.

El cuerpo como territorio de poder

Para Araceli, el impacto va más allá del peso. Ella vincula directamente el bienestar físico con la autoestima y la capacidad de decisión.

“Cuando una mujer está en su mejor cuerpo se siente empoderada, saludable, segura”, afirma. En su visión, el cuerpo no es solo apariencia: es disciplina visible. Es orden. Es coherencia entre intención y acción.

Su perspectiva puede generar debate. Pero lo interesante no es el juicio estético, sino el trasfondo: en su comunidad, el autocuidado femenino no siempre es prioridad. Existen barreras económicas, desconocimiento sobre nutrición y el peso constante del “qué dirán”.

Araceli insiste en algo clave: el autocuidado no es lujo. Es decisión. Y puede ser económico si se planifica.

Ahí radica la dimensión estructural de su trabajo. No vende suplementos ni fórmulas mágicas. Enseña hábitos. Educa en conciencia alimentaria. Trabaja la disciplina como músculo mental.

Más que pérdida de peso, restauración de agencia

Lo que empezó como una urgencia médica terminó convirtiéndose en un modelo de acompañamiento femenino en Guinea Ecuatorial. Y eso importa.

Porque cuando una mujer recupera el control sobre su salud, también recupera agencia sobre otras áreas de su vida: relaciones, maternidad, trabajo, autoestima.

Araceli lo expresa desde su fe: cree que su proceso tuvo propósito. Que superarse no fue solo para ella, sino para enseñar a otras a superarse.

La verdad es que su historia no trata de kilos. Trata de decisiones sostenidas en el tiempo. Trata de enfrentar la ansiedad sin anestesiarla con comida. Trata de disciplina en un entorno que no siempre facilita el cambio.

Y deja una pregunta abierta:

¿Y si el verdadero poder no estuviera en transformar el cuerpo, sino en demostrar que sí podemos transformarnos?

Le Dijeron que Podía Morir a los 22. Hoy Ayuda a Otras Mujeres a Salvar su Salud.

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De 130 kilos a un modelo de autocuidado que hoy empodera a otras mujeres. Sin químicos, sin extremos, solo disciplina y decisión.

A los 22 años, Araceli Nchama recibió un diagnóstico que cambió su historia: diabetes, desórdenes hormonales y una advertencia médica clara. Si no bajaba de peso, su salud se deterioraría aún más. Además, quería ser madre y no lograba quedar embarazada. Su cuerpo estaba enviando señales urgentes.

Pesaba 130 kilos. Le costaba caminar. Respirar. Agacharse.

Ese fue el punto de quiebre.

El momento en que eligió la vida

“La decisión fue firme”, recuerda. No fue estética. Fue supervivencia.

No tenía apoyo emocional. Tampoco recursos económicos abundantes. Y, sin embargo, decidió cambiar su alimentación de forma radical pero saludable. Nada de químicos. Nada de dietas extremas. Nada que comprometiera su salud a largo plazo.

Los primeros meses fueron duros. “Había días que me encerraba a llorar sola por la ansiedad de comida”, cuenta. El hábito de consumir alimentos poco saludables estaba profundamente arraigado. Cambiarlo implicó disciplina, pero sobre todo conciencia.

Ella lo resume en una frase cruda: tuvo que elegir entre la vida que implicaba alimentarse bien o la enfermedad que implicaba seguir igual.

Eligió la vida.

Con el tiempo, pasó de 130 kilos a 68. Y algo más cambió: su energía, su movilidad, su fertilidad, su percepción de sí misma.

De transformación personal a modelo replicable

La transformación no pasó desapercibida en su comunidad en Guinea Ecuatorial. Mujeres que la conocieron en su etapa anterior comenzaron a buscarla.

Primero fue una. Luego otra. Después muchas.

No llegaban por curiosidad. Llegaban con esperanza.

“Cuando ayudaba a una, las demás veían su resultado y venían”, explica. El boca a boca hizo el resto. Lo que comenzó como acompañamiento informal se convirtió en un método estructurado de autocuidado.

Su modelo es simple: de lunes a sábado alimentación saludable, suficiente y sin pasar hambre; el domingo, flexibilidad controlada. No hay prohibiciones extremas. Hay estructura. No hay castigos. Hay disciplina.

Y sobre todo, hay acompañamiento emocional.

El cuerpo como territorio de poder

Para Araceli, el impacto va más allá del peso. Ella vincula directamente el bienestar físico con la autoestima y la capacidad de decisión.

“Cuando una mujer está en su mejor cuerpo se siente empoderada, saludable, segura”, afirma. En su visión, el cuerpo no es solo apariencia: es disciplina visible. Es orden. Es coherencia entre intención y acción.

Su perspectiva puede generar debate. Pero lo interesante no es el juicio estético, sino el trasfondo: en su comunidad, el autocuidado femenino no siempre es prioridad. Existen barreras económicas, desconocimiento sobre nutrición y el peso constante del “qué dirán”.

Araceli insiste en algo clave: el autocuidado no es lujo. Es decisión. Y puede ser económico si se planifica.

Ahí radica la dimensión estructural de su trabajo. No vende suplementos ni fórmulas mágicas. Enseña hábitos. Educa en conciencia alimentaria. Trabaja la disciplina como músculo mental.

Más que pérdida de peso, restauración de agencia

Lo que empezó como una urgencia médica terminó convirtiéndose en un modelo de acompañamiento femenino en Guinea Ecuatorial. Y eso importa.

Porque cuando una mujer recupera el control sobre su salud, también recupera agencia sobre otras áreas de su vida: relaciones, maternidad, trabajo, autoestima.

Araceli lo expresa desde su fe: cree que su proceso tuvo propósito. Que superarse no fue solo para ella, sino para enseñar a otras a superarse.

La verdad es que su historia no trata de kilos. Trata de decisiones sostenidas en el tiempo. Trata de enfrentar la ansiedad sin anestesiarla con comida. Trata de disciplina en un entorno que no siempre facilita el cambio.

Y deja una pregunta abierta:

¿Y si el verdadero poder no estuviera en transformar el cuerpo, sino en demostrar que sí podemos transformarnos?

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