Foto de enfoque selectivo del globo de escritorio
Foto de Sara Riaño en Unsplash.

Jair Bolsonaro, excapitán del ejército, promotor de la dictadura y ahora presidente de Brasil, luego de pasar la primera vuelta con la mayoría de votos, ganar las elecciones con un 55.1% y generar la mayor controversia por sus comentarios ¿A quién representa?

Brasil, el país más grande de latinoamérica, el pasado fin de semana disputó no solo el poder presidencial por cuatro años sino toda la representación de ideales que, en pleno siglo XXI, no debieron ser apoyados ya que son imagen directa de homofobia, sexismo, racismo y otras formas de discriminación. ¿Cómo es posible que la mayoría de la población haya apoyado a un candidato que ofende a las mujeres, a los indígenas, a la población afro de Brasil?, aquellas personas que las han denominado como minorías pero que en realidad conforman la mayoría de la población en el país.

Su principal propuesta, y por la cual empezó a conseguir popularidad, fue combatir la inseguridad y violencia, busca que la fuerza policial tenga poder sobre la vida humana, tenga fuerza letal frente al que le parezca delincuente, una “limpieza social” que se basa no en las acciones sino en las personas, por ser homosexuales, negros, indígenas o mujeres, y es que esto se piensa en relación al discurso de Bolsonaro en diferentes entrevistas.

Más allá de que la violencia haya aumentado en el último año en Brasil, llegando a romper récord en homicidios, según Shasta Darlington en el new york times, el discurso de Bolsonaro promueve la violencia por sí misma, ¿para acabar con la violencia se necesita más violencia?, ¿como argumentar que la violencia se combate con violencia? si se tomara de esta forma se generaría un círculo vicioso de venganzas y muertes, donde se puede respaldar el acabar con la población que cuenta con menos recursos, las personas que viven en barrios populares, simplemente porque se pueden relacionar con narcotráfico, extorsión y otras problemáticas que se desean acabar, porque el racismo lo relacionan directamente con la violencia y con la falta de educación.  


La población negra e indígena no es la que genera la violencia, Alba Santandreu (2017) afirma que “a pesar de ser mayoría en un país de más de 200 millones de habitantes, la población negra enfrenta otras barreras: está menos escolarizada, tiene más dificultades a la hora de conseguir un empleo y recibe salarios más bajos que los de los blancos, incluso cuando poseen el mismo grado de escolaridad”. Lo que genera violencia es un discurso como el de Bolsonaro que refuerza la desigualdad en el nivel político, laboral, social y económico, esto se confirma al observar los análisis realizados de las votaciones en Brasil, como lo afirma Kiko Llaneras en el periódico el país, Bolsonaro arrasó en las ciudades más ricas y de mayoría blanca, alcanzando hasta el 75% en estas zonas mientras que en localidades de menores recursos no alcanzó ni el 25%. No solo es Bolsonaro el que profundiza la violencia sino, más aún, son las personas que quieren mantener la división social en el país, que legitiman este tipo de discursos y que olvidan el bienestar de la mayoría por seguir sus intereses individuales.     

Además, en este territorio de grande sabiduría ancestral y formación cultural, aún sigue reinando la representación de poder que se ha impuesto como legítima, donde el hombre blanco representa inteligencia para tomar las decisiones de todos los seres humanos, el hombre blanco que mantiene el discurso del poder mundial pues se ha apropiado de la imagen de perfección, Bolsonaro no es la excepción, no solo representa a los hombres blancos sino también a la ideología que mantiene la diferencia y el punto de ignorancia de pensar que los hombres son superiores a las mujeres, que los blancos son más que los negros, que estos deben recibir menos salario, que la población LGBT es una vergüenza, deseando primero la muerte de los hijos antes que aceptarlos ser homosexuales.

Se debe pensar que estos intereses del hombre blanco, que se ha ido tomando el poder en América, nos está afectando a las bases del territorio, no es coincidencia que los intereses políticos e ideológicos se compartan entre los hombres que están llegando a las presidencias, por algo a Bolsonaro lo relacionan directamente con el discurso de Trump.

Que este tipo de discursos también gane por votación en Brasil, es una situación que nos muestra que, tristemente, Latinoamérica, territorio de luchas y reivindicaciones, aún tiene un gran camino por recorrer, una lucha que va más allá de un conflicto político por corrientes de izquierda o derecha, una lucha que debe romper las barreras del sexismo, la discriminación, pero sobre todo de la indiferencia, porque en estas elecciones se observa eso, no solo una polarización en el país por cuestiones de ideologías políticas sino por cuestiones de género, las mujeres, en su mayoría, decidieron no votar por un hombre así, por ese discurso, pues afecta el desarrollo libre de la población, mientras que los votantes por Bolsonaro en su mayoría son hombres.

Y si me preguntan a mi que se debe hacer, debemos reconocer la realidad de nuestros territorios, incluir en nuestra lucha el feminismo porque esto no debe ser una lucha solo de mujeres, el feminismo se debe convertir en un estilo de vida con el cual aprendemos todos y todas a diario por las experiencias cotidianas, y es que ese largo camino de lucha en latinoamérica, debe ser una lucha interseccional, una lucha que combata todo tipo de desigualdad social, una lucha donde el que represente a la población no sea el que ponga la minoría privilegiada del territorio, no sea el que deseen los grandes empresarios para seguir ampliando su economía, deben ser personas que ejerzan el poder para el bien del pueblo, para disminuir la violencia pero con herramientas que permitan ver otras alternativas, crecimiento de la población, mejora económica, mayor participación y es que, como lo afirma Nelson Mandela, “la educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”.



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Foto de Sara Riaño en Unsplash.

Jair Bolsonaro, excapitán del ejército, promotor de la dictadura y ahora presidente de Brasil, luego de pasar la primera vuelta con la mayoría de votos, ganar las elecciones con un 55.1% y generar la mayor controversia por sus comentarios ¿A quién representa?

Brasil, el país más grande de latinoamérica, el pasado fin de semana disputó no solo el poder presidencial por cuatro años sino toda la representación de ideales que, en pleno siglo XXI, no debieron ser apoyados ya que son imagen directa de homofobia, sexismo, racismo y otras formas de discriminación. ¿Cómo es posible que la mayoría de la población haya apoyado a un candidato que ofende a las mujeres, a los indígenas, a la población afro de Brasil?, aquellas personas que las han denominado como minorías pero que en realidad conforman la mayoría de la población en el país.

Su principal propuesta, y por la cual empezó a conseguir popularidad, fue combatir la inseguridad y violencia, busca que la fuerza policial tenga poder sobre la vida humana, tenga fuerza letal frente al que le parezca delincuente, una “limpieza social” que se basa no en las acciones sino en las personas, por ser homosexuales, negros, indígenas o mujeres, y es que esto se piensa en relación al discurso de Bolsonaro en diferentes entrevistas.

Más allá de que la violencia haya aumentado en el último año en Brasil, llegando a romper récord en homicidios, según Shasta Darlington en el new york times, el discurso de Bolsonaro promueve la violencia por sí misma, ¿para acabar con la violencia se necesita más violencia?, ¿como argumentar que la violencia se combate con violencia? si se tomara de esta forma se generaría un círculo vicioso de venganzas y muertes, donde se puede respaldar el acabar con la población que cuenta con menos recursos, las personas que viven en barrios populares, simplemente porque se pueden relacionar con narcotráfico, extorsión y otras problemáticas que se desean acabar, porque el racismo lo relacionan directamente con la violencia y con la falta de educación.  


La población negra e indígena no es la que genera la violencia, Alba Santandreu (2017) afirma que “a pesar de ser mayoría en un país de más de 200 millones de habitantes, la población negra enfrenta otras barreras: está menos escolarizada, tiene más dificultades a la hora de conseguir un empleo y recibe salarios más bajos que los de los blancos, incluso cuando poseen el mismo grado de escolaridad”. Lo que genera violencia es un discurso como el de Bolsonaro que refuerza la desigualdad en el nivel político, laboral, social y económico, esto se confirma al observar los análisis realizados de las votaciones en Brasil, como lo afirma Kiko Llaneras en el periódico el país, Bolsonaro arrasó en las ciudades más ricas y de mayoría blanca, alcanzando hasta el 75% en estas zonas mientras que en localidades de menores recursos no alcanzó ni el 25%. No solo es Bolsonaro el que profundiza la violencia sino, más aún, son las personas que quieren mantener la división social en el país, que legitiman este tipo de discursos y que olvidan el bienestar de la mayoría por seguir sus intereses individuales.     

Además, en este territorio de grande sabiduría ancestral y formación cultural, aún sigue reinando la representación de poder que se ha impuesto como legítima, donde el hombre blanco representa inteligencia para tomar las decisiones de todos los seres humanos, el hombre blanco que mantiene el discurso del poder mundial pues se ha apropiado de la imagen de perfección, Bolsonaro no es la excepción, no solo representa a los hombres blancos sino también a la ideología que mantiene la diferencia y el punto de ignorancia de pensar que los hombres son superiores a las mujeres, que los blancos son más que los negros, que estos deben recibir menos salario, que la población LGBT es una vergüenza, deseando primero la muerte de los hijos antes que aceptarlos ser homosexuales.

Se debe pensar que estos intereses del hombre blanco, que se ha ido tomando el poder en América, nos está afectando a las bases del territorio, no es coincidencia que los intereses políticos e ideológicos se compartan entre los hombres que están llegando a las presidencias, por algo a Bolsonaro lo relacionan directamente con el discurso de Trump.

Que este tipo de discursos también gane por votación en Brasil, es una situación que nos muestra que, tristemente, Latinoamérica, territorio de luchas y reivindicaciones, aún tiene un gran camino por recorrer, una lucha que va más allá de un conflicto político por corrientes de izquierda o derecha, una lucha que debe romper las barreras del sexismo, la discriminación, pero sobre todo de la indiferencia, porque en estas elecciones se observa eso, no solo una polarización en el país por cuestiones de ideologías políticas sino por cuestiones de género, las mujeres, en su mayoría, decidieron no votar por un hombre así, por ese discurso, pues afecta el desarrollo libre de la población, mientras que los votantes por Bolsonaro en su mayoría son hombres.

Y si me preguntan a mi que se debe hacer, debemos reconocer la realidad de nuestros territorios, incluir en nuestra lucha el feminismo porque esto no debe ser una lucha solo de mujeres, el feminismo se debe convertir en un estilo de vida con el cual aprendemos todos y todas a diario por las experiencias cotidianas, y es que ese largo camino de lucha en latinoamérica, debe ser una lucha interseccional, una lucha que combata todo tipo de desigualdad social, una lucha donde el que represente a la población no sea el que ponga la minoría privilegiada del territorio, no sea el que deseen los grandes empresarios para seguir ampliando su economía, deben ser personas que ejerzan el poder para el bien del pueblo, para disminuir la violencia pero con herramientas que permitan ver otras alternativas, crecimiento de la población, mejora económica, mayor participación y es que, como lo afirma Nelson Mandela, “la educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”.



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