Que la Vida Sea un Carnaval

June 9, 2019
Columna
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Fotografía por María Carina Monroy

“Barranquilla, la ciudad donde la alegría se come, el paraíso es un barrio y las batallas son de flores”.

Son las fuertes brisas de libertad, la alegría de la navidad y las vibraciones de las tamboras y las gaitas, las que anuncian la llegada del Carnaval. El Carnaval de Barranquilla, declarado en 2003 patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la UNESCO es sinónimo de diversidad. Es el resultado de la mezcla de varias culturas y cosmovisiones que van desde la Europa medieval hasta África. Permite la confluencia en un mismo espacio personas de distintos ámbitos sociales, de distintas creencias y costumbres.

La música, el jolgorio, la excentricidad y los colores ofrecen el escenario perfecto para reinventar las normas socialmente institucionalizadas. Desde los distintos disfraces hasta la utilización del espacio público transgrede aquellas normas de discriminación, entre las que se encuentran la de género y las de orientación sexual.

En tan memorables fechas, es normal ver hombres disfrazados de mujeres, sin temor a ser estigmatizados. Un claro ejemplo es el tradicional disfraz de María Moñitos. Emil Castellanos fue el creador de este personaje que corresponde a una mujer coqueta, de ojos azules, en mini-falda, que tira besos por doquier y con una peculiar cabellera de colores. Este personaje aún sigue vivo, pese a la muerte de su creador hace casi 20 años. Según la página web del Carnaval de Barranquilla, María Moñitos representa la alegría y el desparpajo del costeño en su mamadera de gallo.   

María Moñitos

En los distintos desfiles y en la calle es común ver a miembros de la comunidad LGBTI en la más vívida expresión de sus movimientos y de su identidad bajo el vaivén de los ritmos tropicales. Además, se le ofrece un escenario particular a esta comunidad como lo es el Carnaval Gay, en el cual pueden integrar lo que son con lo que desean ser

Las mujeres también son reconocidas en el Carnaval. Son las danzas (y el arte en general) las que les dan la libertad de vestirse, moverse y hablar como deseen, sin ser objeto de señalamientos. Son incluidas sin distingo de edad, raza o estrato social. Cualquier espectador puede deleitarse observando desde las más elegantes y sofisticadas cumbiamberas, hasta las más dicharacheras Negritas Puloy.

Las cumbiamberas son las que marcan el ritmo de la comparsa. Con su coquetería, sus polleras usualmente rojas o blancas, y sus movimientos de cadera se encargan de seducir sutilmente al hombre. De acuerdo con la experta en música de la costa colombiana, María del Pilar Jiménez, el origen de la cumbia se remonta al siglo XVIII como respuesta a un largo proceso de fusión de entre los elementos etnoculturales de los indígenas, los blancos y los africanos, en donde resaltan las gaitas, las maracas y los tambores.  

Las negritas Puloy, con el sabor en la sangre, vestidas de rojo con bolitas blancas, moviendo sus hombros y caderas al vaivén de la música y con sus particulares paraguas con la misma tela de su vestido nunca pasan desapercibidas, siendo uno de los principales símbolos femeninos y de la afro-descendencia de la festividad. No obstante, si bien el disfraz es usualmente utilizado por mujeres, hay hombres que también lo lucen.  

Y así podría continuar exhibiendo los distintos disfraces honrados por mujeres, pero el rol de la mujer en los Carnavales va mucho más allá de ser bailarina, de un personaje o un disfraz. Cada vez son más las que forman parte de las agrupaciones musicales, cuando tradicionalmente estos roles eran ejercidos por hombres. Usualmente son mujeres las que se encargan de elaborar los tocados, aretes, collares, camisetas, bolsos y demás accesorios que invaden a la ciudad los primeros meses del año, teniendo así la posibilidad de generar ingresos para ellas y su hogar. Son mujeres las que encabezan estas fiestas: las reinas del Carnaval, quienes se encargan de contagiar con su carisma, pasión a todo el pueblo barranquillero y a foráneos de la identidad caribe.

Es por eso y por mucho más que la vida debe ser un carnaval… de inclusión, de tolerancia, de equidad. ¡Porque quien lo vive, es quien lo goza!  


Que la Vida Sea un Carnaval

March 14, 2019
Columna
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Fotografía por María Carina Monroy

“Barranquilla, la ciudad donde la alegría se come, el paraíso es un barrio y las batallas son de flores”.

Son las fuertes brisas de libertad, la alegría de la navidad y las vibraciones de las tamboras y las gaitas, las que anuncian la llegada del Carnaval. El Carnaval de Barranquilla, declarado en 2003 patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la UNESCO es sinónimo de diversidad. Es el resultado de la mezcla de varias culturas y cosmovisiones que van desde la Europa medieval hasta África. Permite la confluencia en un mismo espacio personas de distintos ámbitos sociales, de distintas creencias y costumbres.

La música, el jolgorio, la excentricidad y los colores ofrecen el escenario perfecto para reinventar las normas socialmente institucionalizadas. Desde los distintos disfraces hasta la utilización del espacio público transgrede aquellas normas de discriminación, entre las que se encuentran la de género y las de orientación sexual.

En tan memorables fechas, es normal ver hombres disfrazados de mujeres, sin temor a ser estigmatizados. Un claro ejemplo es el tradicional disfraz de María Moñitos. Emil Castellanos fue el creador de este personaje que corresponde a una mujer coqueta, de ojos azules, en mini-falda, que tira besos por doquier y con una peculiar cabellera de colores. Este personaje aún sigue vivo, pese a la muerte de su creador hace casi 20 años. Según la página web del Carnaval de Barranquilla, María Moñitos representa la alegría y el desparpajo del costeño en su mamadera de gallo.   

María Moñitos

En los distintos desfiles y en la calle es común ver a miembros de la comunidad LGBTI en la más vívida expresión de sus movimientos y de su identidad bajo el vaivén de los ritmos tropicales. Además, se le ofrece un escenario particular a esta comunidad como lo es el Carnaval Gay, en el cual pueden integrar lo que son con lo que desean ser

Las mujeres también son reconocidas en el Carnaval. Son las danzas (y el arte en general) las que les dan la libertad de vestirse, moverse y hablar como deseen, sin ser objeto de señalamientos. Son incluidas sin distingo de edad, raza o estrato social. Cualquier espectador puede deleitarse observando desde las más elegantes y sofisticadas cumbiamberas, hasta las más dicharacheras Negritas Puloy.

Las cumbiamberas son las que marcan el ritmo de la comparsa. Con su coquetería, sus polleras usualmente rojas o blancas, y sus movimientos de cadera se encargan de seducir sutilmente al hombre. De acuerdo con la experta en música de la costa colombiana, María del Pilar Jiménez, el origen de la cumbia se remonta al siglo XVIII como respuesta a un largo proceso de fusión de entre los elementos etnoculturales de los indígenas, los blancos y los africanos, en donde resaltan las gaitas, las maracas y los tambores.  

Las negritas Puloy, con el sabor en la sangre, vestidas de rojo con bolitas blancas, moviendo sus hombros y caderas al vaivén de la música y con sus particulares paraguas con la misma tela de su vestido nunca pasan desapercibidas, siendo uno de los principales símbolos femeninos y de la afro-descendencia de la festividad. No obstante, si bien el disfraz es usualmente utilizado por mujeres, hay hombres que también lo lucen.  

Y así podría continuar exhibiendo los distintos disfraces honrados por mujeres, pero el rol de la mujer en los Carnavales va mucho más allá de ser bailarina, de un personaje o un disfraz. Cada vez son más las que forman parte de las agrupaciones musicales, cuando tradicionalmente estos roles eran ejercidos por hombres. Usualmente son mujeres las que se encargan de elaborar los tocados, aretes, collares, camisetas, bolsos y demás accesorios que invaden a la ciudad los primeros meses del año, teniendo así la posibilidad de generar ingresos para ellas y su hogar. Son mujeres las que encabezan estas fiestas: las reinas del Carnaval, quienes se encargan de contagiar con su carisma, pasión a todo el pueblo barranquillero y a foráneos de la identidad caribe.

Es por eso y por mucho más que la vida debe ser un carnaval… de inclusión, de tolerancia, de equidad. ¡Porque quien lo vive, es quien lo goza!  


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