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Photo by Fernando @cferdo on Unsplash

La virilidad, esa cualidad tan subjetiva de los hombres, tiene muchas formas de ser exigida socialmente: en el aspecto físico, las actitudes, la forma de vestir, los intereses, pero es en la sexualidad donde el hombre pone a prueba esta característica del género, que puede tener muchas maneras de expresarse y no solo la del desempeño sexual.


Todos hemos escuchado las historias de cómo se celebraba en las familias el nacimiento de un hijo varón. El mayor orgullo particularmente paterno, mucho más si era el primer hijo, consistía en constatar que su descendencia estuviera asegurada en un niño: el heredero, quien llevaría el apellido, el encargado de continuar la descendencia familiar en la línea paterna.


Sin embargo, no era suficiente con tener los atributos sexuales del género visibles exteriormente para ser considerado varón: también había que aprender una conducta y asumir unas prácticas que fueran coherentes con la identidad sexual masculina heterosexual para justificar esa “dignidad” de ser hombre: la virilidad.


Esta formación de la masculinidad muchas veces se daba mediante estereotipos que establecían patrones para los niños: el uso del color azul, a diferencia del rosa de las niñas, ciertos juguetes que le permitieran proyectarse en roles masculinos a futuro (carros, armas, juegos de armar, pelotas) y un condicionamiento emocional que reforzara las cualidades de fortaleza, astucia y agilidad, entre otras, atribuidas a la masculinidad: no llorar, no pedir ayuda, utilizar la fuerza física.


La virilidad sexual quedaba limitaba a una relación de identificación con los genitales que exigía como único signo evidente de poseerla el hecho de orinar de pie, no sentado como las niñas.


Una única condición  se le imponía al hombre en formación: por ningún motivo debía tocarse, explorarse, a pesar de lo placentero que resultara aquel apéndice retráctil tan sensible a los estímulos del tacto, tan expuesto a la curiosidad y al asombro de todo niño. Hasta allí llegaba la orientación de lo que debía ser una conducta sexual viril.


Esa prohibición  garantizaba que sus genitales  fueran un asunto íntimo, claro,  pero de allí en adelante lo que hiciera con ellos no tendría la orientación o el acompañamiento de los padres, mucho menos de la escuela, salvo para hablar de su función reproductiva cuando llegara el momento (generalmente la explicación llegaba cuando ya había mucha información distorsionada y malas experiencias acumuladas).


Por eso, buena parte del aprendizaje y las experiencias sobre la sexualidad masculina se daba por imitación de otros hombres y por diferentes fuentes de información, no siempre confiables,  sobre cómo ser sexualmente viril; ser hombre quedaba a consideración de los valores del entorno: haber tenido una determinada experiencia o práctica con los genitales, iniciarse a cierta edad, pero también los ritmos, la frecuencia y la forma en la que se experimentaba la sexualidad quedaban completamente sujetos a condicionamientos externos, generalmente grupales. Hoy en día esa función “educativa” la cumple Internet.


En los contextos machistas, aprendimos por imitación a tener gestos para remarcar nuestra capacidad como hombres: observar y relacionarnos siempre sexualmente con el cuerpo de las mujeres, presumir y exagerar sobre las características y las capacidades de desempeño sexual propias, convertir en objeto de burla o matoneo cualquier comportamiento diferente al estereotipo del “macho”, pero sobre todo se aprendía a anular cualquier vínculo emocional o afectivo con la actividad sexual, convirtiendo la sexualidad masculina  en simple mecánica genital.


Aprendimos de otros hombres a llevar la contabilidad de nuestras conquistas y a reducir a cifras, medidas y tamaños la virilidad, a justificar como natural y admirable la actividad sexual desmedida o incontrolada, incluso terminamos por normalizar conductas abusivas o violentas por considerar que la condición de ser hombre las permitía, a ocultar cualquier experiencia o situación que nos hiciera parecer menos hombres que los otros.


Dentro de ese modelo solo nos permitimos disfrutar la virilidad sexual si recibimos una aprobación externa: si los amigos lo validan, si  una mujer lo grita en medio del orgasmo, aunque a veces sea fingido, si una o varias relaciones  clandestinas lo demuestran, pero pocas veces nos reconocemos y nos damos la aprobación a nosotros mismos como seres sexuales plenos.


Nos conformamos como género con una sexualidad genital, poco erógena y ojalá nunca afectiva o emocional,  porque asumimos que eso nos haría más hombres. Tampoco conocemos nuestras propia capacidad de sentir, física o emocionalmente, por no haberla explorado, y escasamente sabemos del valor que tiene la energía sexual masculina por el hecho de quedar muy cansados cada vez que la perdemos.

Photo by Elizabeth Tsung on Unsplash


Los hombres también nos convertimos en receptores fáciles para la pornografía porque no aprendimos a controlar impulsos primarios, solamente a reprimirlos,  y terminamos por creer que así, como nos muestra esa “maestra”, debe ser el buen sexo para nosotros, y que si eso lo ponemos en práctica vamos a ser considerados y aprobados como viriles, desconociendo que todo obedece a unas lógicas del consumo y de la dominación: hombres insaciables que siempre quieren más (consumo), mujeres sumisas entregadas a la humillación y el maltrato de los hombres (dominación).


Por esas influencias nocivas terminamos viviendo una sexualidad errática que se mide por cantidades de coitos y de orgasmos, en  tiempos de duración y tamaños (la obsesión masculina por el tamaño es otra de las inseguridades creadas por falta de autoestima), lo que termina convirtiendo en tóxicas nuestras relaciones sentimentales  y en frustrantes e insatisfactorias buena parte de nuestras experiencias sexuales.


El sexo desordenado, desprovisto de afectividad, sin conexión posible entre los genitales y el resto de nuestro ser se nos impuso como la única forma de expresión de la virilidad sexual, y sometidos a ese mandato renunciamos a una sexualidad erótica, sentida, variada, consciente, que nos haría mucho más seguros de nuestra propia virilidad y menos controladores, invasivos y violentos al relacionarnos sexualmente.


Aunque cada historia de vida sea única, el encontrarnos inmersos en un contexto común que define los valores de nuestra identidad sexual masculina y las características propias del  género, nos pone de presente una sexualidad viril problemática, cargada de presiones  innecesarias, que convierten el encuentro  sexual en una prueba de validación personal, cuando debería ser la más placentera de las experiencias.


Los hombres llegamos al punto en el que nos es más fácil hablar de sexo como si fuera una proeza individual y una hazaña frente a otros hombres, porque está socialmente permitido, pero hablar con nuestras parejas sobre cómo es la realidad de nuestra vida sexual todavía es un tabú, porque está de por medio nuestra capacidad de satisfacerla y nuestra propia valía como hombres.


El resultado lo vemos y lo vivimos en cómo se deteriora y se convierte en rutina, y hasta en obligación programada, el encuentro sexual, y cómo permanecemos incomunicados emocionalmente, evadiendo la insatisfacción con fantasías de nuevas experiencias, essas sí satisfactorias.


Somos seres sexuados  y sexuales (hombres y mujeres) que vivimos en un cuerpo y tenemos una relación con nuestra sexualidad las 24 horas del día, por eso cada vez tiene más importancia reconocer que también para nosotros es necesario recibir, que no solo estamos dispuestos al coito para satisfacer a otro, sino que también podemos disfrutar de una sexualidad erótica y amorosa, que alcanzar un orgasmo no necesariamente significa eyacular, que recibir una caricia no nos quita la hombría.


No solo con la erección y la penetración logramos ser viriles: exploremos y reconozcamos las posibilidades de disfrute que tiene el cuerpo humano, utilicemos los sentidos y la capacidad creativa, que también son atributos nuestros, para lograr una sexualidad mucho más equilibrada y amorosa.


En la medida que ampliemos nuestra capacidad de sentir, de comunicar, de expresar deseo, de proponer, de dar y recibir, también se está ampliando nuestra virilidad sexual, estamos siendo masculinos. La confianza en nosotros mismos es la mejor señal de virilidad sexual. Probemos!





Virilidad Sexual

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November 13, 2018

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La virilidad, esa cualidad tan subjetiva de los hombres, tiene muchas formas de ser exigida socialmente: en el aspecto físico, las actitudes, la forma de vestir, los intereses, pero es en la sexualidad donde el hombre pone a prueba esta característica del género, que puede tener muchas maneras de expresarse y no solo la del desempeño sexual.


Todos hemos escuchado las historias de cómo se celebraba en las familias el nacimiento de un hijo varón. El mayor orgullo particularmente paterno, mucho más si era el primer hijo, consistía en constatar que su descendencia estuviera asegurada en un niño: el heredero, quien llevaría el apellido, el encargado de continuar la descendencia familiar en la línea paterna.


Sin embargo, no era suficiente con tener los atributos sexuales del género visibles exteriormente para ser considerado varón: también había que aprender una conducta y asumir unas prácticas que fueran coherentes con la identidad sexual masculina heterosexual para justificar esa “dignidad” de ser hombre: la virilidad.


Esta formación de la masculinidad muchas veces se daba mediante estereotipos que establecían patrones para los niños: el uso del color azul, a diferencia del rosa de las niñas, ciertos juguetes que le permitieran proyectarse en roles masculinos a futuro (carros, armas, juegos de armar, pelotas) y un condicionamiento emocional que reforzara las cualidades de fortaleza, astucia y agilidad, entre otras, atribuidas a la masculinidad: no llorar, no pedir ayuda, utilizar la fuerza física.


La virilidad sexual quedaba limitaba a una relación de identificación con los genitales que exigía como único signo evidente de poseerla el hecho de orinar de pie, no sentado como las niñas.


Una única condición  se le imponía al hombre en formación: por ningún motivo debía tocarse, explorarse, a pesar de lo placentero que resultara aquel apéndice retráctil tan sensible a los estímulos del tacto, tan expuesto a la curiosidad y al asombro de todo niño. Hasta allí llegaba la orientación de lo que debía ser una conducta sexual viril.


Esa prohibición  garantizaba que sus genitales  fueran un asunto íntimo, claro,  pero de allí en adelante lo que hiciera con ellos no tendría la orientación o el acompañamiento de los padres, mucho menos de la escuela, salvo para hablar de su función reproductiva cuando llegara el momento (generalmente la explicación llegaba cuando ya había mucha información distorsionada y malas experiencias acumuladas).


Por eso, buena parte del aprendizaje y las experiencias sobre la sexualidad masculina se daba por imitación de otros hombres y por diferentes fuentes de información, no siempre confiables,  sobre cómo ser sexualmente viril; ser hombre quedaba a consideración de los valores del entorno: haber tenido una determinada experiencia o práctica con los genitales, iniciarse a cierta edad, pero también los ritmos, la frecuencia y la forma en la que se experimentaba la sexualidad quedaban completamente sujetos a condicionamientos externos, generalmente grupales. Hoy en día esa función “educativa” la cumple Internet.


En los contextos machistas, aprendimos por imitación a tener gestos para remarcar nuestra capacidad como hombres: observar y relacionarnos siempre sexualmente con el cuerpo de las mujeres, presumir y exagerar sobre las características y las capacidades de desempeño sexual propias, convertir en objeto de burla o matoneo cualquier comportamiento diferente al estereotipo del “macho”, pero sobre todo se aprendía a anular cualquier vínculo emocional o afectivo con la actividad sexual, convirtiendo la sexualidad masculina  en simple mecánica genital.


Aprendimos de otros hombres a llevar la contabilidad de nuestras conquistas y a reducir a cifras, medidas y tamaños la virilidad, a justificar como natural y admirable la actividad sexual desmedida o incontrolada, incluso terminamos por normalizar conductas abusivas o violentas por considerar que la condición de ser hombre las permitía, a ocultar cualquier experiencia o situación que nos hiciera parecer menos hombres que los otros.


Dentro de ese modelo solo nos permitimos disfrutar la virilidad sexual si recibimos una aprobación externa: si los amigos lo validan, si  una mujer lo grita en medio del orgasmo, aunque a veces sea fingido, si una o varias relaciones  clandestinas lo demuestran, pero pocas veces nos reconocemos y nos damos la aprobación a nosotros mismos como seres sexuales plenos.


Nos conformamos como género con una sexualidad genital, poco erógena y ojalá nunca afectiva o emocional,  porque asumimos que eso nos haría más hombres. Tampoco conocemos nuestras propia capacidad de sentir, física o emocionalmente, por no haberla explorado, y escasamente sabemos del valor que tiene la energía sexual masculina por el hecho de quedar muy cansados cada vez que la perdemos.

Photo by Elizabeth Tsung on Unsplash


Los hombres también nos convertimos en receptores fáciles para la pornografía porque no aprendimos a controlar impulsos primarios, solamente a reprimirlos,  y terminamos por creer que así, como nos muestra esa “maestra”, debe ser el buen sexo para nosotros, y que si eso lo ponemos en práctica vamos a ser considerados y aprobados como viriles, desconociendo que todo obedece a unas lógicas del consumo y de la dominación: hombres insaciables que siempre quieren más (consumo), mujeres sumisas entregadas a la humillación y el maltrato de los hombres (dominación).


Por esas influencias nocivas terminamos viviendo una sexualidad errática que se mide por cantidades de coitos y de orgasmos, en  tiempos de duración y tamaños (la obsesión masculina por el tamaño es otra de las inseguridades creadas por falta de autoestima), lo que termina convirtiendo en tóxicas nuestras relaciones sentimentales  y en frustrantes e insatisfactorias buena parte de nuestras experiencias sexuales.


El sexo desordenado, desprovisto de afectividad, sin conexión posible entre los genitales y el resto de nuestro ser se nos impuso como la única forma de expresión de la virilidad sexual, y sometidos a ese mandato renunciamos a una sexualidad erótica, sentida, variada, consciente, que nos haría mucho más seguros de nuestra propia virilidad y menos controladores, invasivos y violentos al relacionarnos sexualmente.


Aunque cada historia de vida sea única, el encontrarnos inmersos en un contexto común que define los valores de nuestra identidad sexual masculina y las características propias del  género, nos pone de presente una sexualidad viril problemática, cargada de presiones  innecesarias, que convierten el encuentro  sexual en una prueba de validación personal, cuando debería ser la más placentera de las experiencias.


Los hombres llegamos al punto en el que nos es más fácil hablar de sexo como si fuera una proeza individual y una hazaña frente a otros hombres, porque está socialmente permitido, pero hablar con nuestras parejas sobre cómo es la realidad de nuestra vida sexual todavía es un tabú, porque está de por medio nuestra capacidad de satisfacerla y nuestra propia valía como hombres.


El resultado lo vemos y lo vivimos en cómo se deteriora y se convierte en rutina, y hasta en obligación programada, el encuentro sexual, y cómo permanecemos incomunicados emocionalmente, evadiendo la insatisfacción con fantasías de nuevas experiencias, essas sí satisfactorias.


Somos seres sexuados  y sexuales (hombres y mujeres) que vivimos en un cuerpo y tenemos una relación con nuestra sexualidad las 24 horas del día, por eso cada vez tiene más importancia reconocer que también para nosotros es necesario recibir, que no solo estamos dispuestos al coito para satisfacer a otro, sino que también podemos disfrutar de una sexualidad erótica y amorosa, que alcanzar un orgasmo no necesariamente significa eyacular, que recibir una caricia no nos quita la hombría.


No solo con la erección y la penetración logramos ser viriles: exploremos y reconozcamos las posibilidades de disfrute que tiene el cuerpo humano, utilicemos los sentidos y la capacidad creativa, que también son atributos nuestros, para lograr una sexualidad mucho más equilibrada y amorosa.


En la medida que ampliemos nuestra capacidad de sentir, de comunicar, de expresar deseo, de proponer, de dar y recibir, también se está ampliando nuestra virilidad sexual, estamos siendo masculinos. La confianza en nosotros mismos es la mejor señal de virilidad sexual. Probemos!





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