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Toda mi vida he pensado que ser mujer es difícil, bastante difícil, de hecho; y la sociedad y la historia lo han confirmado por los siglos de los siglos. Ser mujer es tan difícil, que tuvieron que inventarse una palabra para nombrar el delito de matar mujeres por ser mujeres. Porque así es. No, no es que lo maten a uno simplemente porque odian que sea mujer, se trata de que el hombre en uso de su poder y de su posición de presunta superioridad infundida como normal en la sociedad patriarcal, hace uso de ella y la mata. Nos matan.


“Feminicidio” le pusieron, porque se dieron cuenta que a las mujeres nos matan en razón de nuestro género. En su definición más básica, el feminicidio es el asesinato de una mujer por el hecho de ser mujer. Por allá en 1976, ya Diana Russell y Jane Caputi habían adoptado la expresión “Femicide” para evidenciar que la mayoría de asesinatos de mujeres tienen su origen en la misoginia y que representan “La forma más extrema de terrorismo sexista, motivado por el odio, desprecio, placer o sentimiento de propiedad sobre las mujeres”. (Cruz, 2017).


Esa definición es la más acertada aún después de más de 3 décadas, porque la violencia contra la mujer se da en un contexto en el que un gran porcentaje de hombres - siempre es necesario no generalizar - sienten algún tipo de derecho de propiedad sobre las mujeres con las que se relacionan y conviven. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha señalado que la violencia contra la mujer abarca una amplia gama de actos: desde el acoso verbal y otras formas de abuso emocional, al abuso físico o sexual cotidiano. En el extremo del espectro está el feminicidio. (García-Moreno y otros, 2013).


A medida que hemos ido conociendo esto, es que nos hemos ido dando cuenta de cómo hemos normalizado una cantidad de actos misóginos y violentos contra las mujeres sin darnos cuenta. Y por violento me refiero no sólo al abuso físico directo, sino a todo acto que es ejercido en contra de la mujer sin su consentimiento, o con consentimiento viciado de alguna forma, como en el hoy sonado caso de Thelma Fardin en Argentina.


El martes 11 de diciembre, el Colectivo de Actrices Argentinas convocaron una conferencia de prensa para realizar la denuncia por el abuso sexual que una de ellas había sufrido siendo parte de una tira juvenil por parte de uno de sus protagonistas. En la conferencia se publicó un video de la actriz contando cómo, siendo una niña de 16 años, durante una de las giras de la serie “Patito Feo”, fue abusada sexualmente por el protagonista adulto de la novela, Juan Darthés, quien para la época tendría 45 años. (INFOBAE, 2018).


A pesar de todo el apoyo que ha recibido la actriz, es increíble ver así mismo los comentarios en su contra, por parte de hombres y mujeres. Su Instagram, en el que tiene fotos publicadas suyas en vestido de baño o en ropa interior se han llenado de comentarios tales cómo “querías que te violara, no te hagas la víctima”, o “claro, mostrándote así como no te iba a violar”, otros cientos de comentarios semejantes. Si bien es cierto que no se ha pasado por un debido proceso para la condena de este hombre, ¿por qué siempre se le sitúa la culpa a la víctima? En este tipo de denuncias, muchas veces se duda de la mujer y no del hombre. “¿Quién sabe cómo estaría vestida”, “ella se lo buscó”, “¿quién la mandó a meterse allá?”, “no sabemos si ella se le insinuó”, “¿por qué se vistió así?”, “¿por qué habló así?”, “¿por qué fue allá?”, por qué ella, por qué, por qué.


Se cuestiona siempre a la mujer y no al hombre, porque no se ha enseñado que una mujer puede vestirse como quiera y esto no es señal alguna ni le da derecho a que el hombre la toque o, en este caso, la viole. Se cuestiona su forma de vestir, su forma de actuar, de hablar, pero no la de quien abusa de ella, y lo más grave: se cuestiona su denuncia, siempre. Pero las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) indican que alrededor del 35% de las mujeres en el mundo han sufrido al menos una vez violencia física o sexual. (OMS, 2017).


Así mismo, dentro de la definición de violencia sexual la OMS incluye, todo acto sexual, la tentativa de consumar un acto sexual, o los comentarios o insinuaciones sexuales no deseados; el último, para mí importantísimo, pues le comienza a quitar relevancia a esa perspectiva hoy establecida en la sociedad de “ahora a todo le llaman acoso, “no se les puede decir nada” o, mi favorita, “coquetear no es acoso”. Y sí, en muchos casos es acoso; el compañero de trabajo que todos los días te roza y te dice cosas que no quieres o te hace sentir incómoda; el grupo de muchachos borrachos por la calle que hacen comentarios cuando pasas; el taxista que comienza a lanzar opiniones sobre tu aspecto físico; el familiar que siempre te hace comentarios inapropiados. Todo esto es acoso en su versión más sutil, pero acoso, al fin y al cabo, y que hemos normalizado en casi todos los ambientes.


Así que no, no importa cómo estaba vestida la víctima, importa su denuncia y su nombre. Debe recordarse su nombre, más que el de su agresor. Por eso, que no se nos olvide su nombre, THELMA FARDIN, y el nombre de todas las valientes mujeres que han salido a denunciar todos los episodios de acoso que han sufrido. Ojalá esto marque un precedente para qué, como ocurrió en Estados Unidos con el movimiento del #MeToo, se pueda extender en toda América Latina y en Colombia la valentía de sacar a la luz todos los abusos que se han cometido en este medio, que podemos estar seguras, son muchos.


Que no se nos olvide que no debemos aceptar todo lo que nos digan por la calle. Que hoy en día, aún cuando persiste la noción de poner la culpa sobre la mujer, hemos podido crear redes de apoyo, denuncia y protesta, para salir adelante y enfrentar estas situaciones. Por lo tanto, cuando digan la próxima vez “ahora todas son víctimas”, podemos decir con certeza: SÍ. Casi todas las mujeres, unas más que otras, hemos sido víctimas de alguna forma de acoso en la vida; que no nos digan que “eso no es nada” porque “eso”, muchas veces, escala al punto de matarnos.

No es que de repente ahora todas somos víctimas, es que ya no nos callamos.

Bibliografía

Cruz, Madeleine. (2017). UN ABORDAJE DE LA NOCIÓN DE FEMINICIDIO DESDE UNA PERSPECTIVA PSICOANALÍTICA COMO RECURSO PARA MEJORAR LA APLICACIÓN DE LA NORMATIVA LEGAL VIGENTE. La Paz. Universidad Católica Boliviana Recuperado de

Claudia García-Moreno, Alessandra Guedes y Wendy Knerr. (2013). Comprender y abordar la violencia contra las mujeres. Washington, Dc. Organización Mundial de la Salud

Organización Mundial de la Salud. (29 de noviembre de 2017). Violencia contra la mujer. OMS

INFOBAE. (12 de diciembre de 2018). El valiente relato completo de Thelma Fardín, la actriz que denunció por violación a Juan Darthés. Buenos Aires



Ya No Nos Callamos

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January 30, 2019

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Toda mi vida he pensado que ser mujer es difícil, bastante difícil, de hecho; y la sociedad y la historia lo han confirmado por los siglos de los siglos. Ser mujer es tan difícil, que tuvieron que inventarse una palabra para nombrar el delito de matar mujeres por ser mujeres. Porque así es. No, no es que lo maten a uno simplemente porque odian que sea mujer, se trata de que el hombre en uso de su poder y de su posición de presunta superioridad infundida como normal en la sociedad patriarcal, hace uso de ella y la mata. Nos matan.


“Feminicidio” le pusieron, porque se dieron cuenta que a las mujeres nos matan en razón de nuestro género. En su definición más básica, el feminicidio es el asesinato de una mujer por el hecho de ser mujer. Por allá en 1976, ya Diana Russell y Jane Caputi habían adoptado la expresión “Femicide” para evidenciar que la mayoría de asesinatos de mujeres tienen su origen en la misoginia y que representan “La forma más extrema de terrorismo sexista, motivado por el odio, desprecio, placer o sentimiento de propiedad sobre las mujeres”. (Cruz, 2017).


Esa definición es la más acertada aún después de más de 3 décadas, porque la violencia contra la mujer se da en un contexto en el que un gran porcentaje de hombres - siempre es necesario no generalizar - sienten algún tipo de derecho de propiedad sobre las mujeres con las que se relacionan y conviven. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha señalado que la violencia contra la mujer abarca una amplia gama de actos: desde el acoso verbal y otras formas de abuso emocional, al abuso físico o sexual cotidiano. En el extremo del espectro está el feminicidio. (García-Moreno y otros, 2013).


A medida que hemos ido conociendo esto, es que nos hemos ido dando cuenta de cómo hemos normalizado una cantidad de actos misóginos y violentos contra las mujeres sin darnos cuenta. Y por violento me refiero no sólo al abuso físico directo, sino a todo acto que es ejercido en contra de la mujer sin su consentimiento, o con consentimiento viciado de alguna forma, como en el hoy sonado caso de Thelma Fardin en Argentina.


El martes 11 de diciembre, el Colectivo de Actrices Argentinas convocaron una conferencia de prensa para realizar la denuncia por el abuso sexual que una de ellas había sufrido siendo parte de una tira juvenil por parte de uno de sus protagonistas. En la conferencia se publicó un video de la actriz contando cómo, siendo una niña de 16 años, durante una de las giras de la serie “Patito Feo”, fue abusada sexualmente por el protagonista adulto de la novela, Juan Darthés, quien para la época tendría 45 años. (INFOBAE, 2018).


A pesar de todo el apoyo que ha recibido la actriz, es increíble ver así mismo los comentarios en su contra, por parte de hombres y mujeres. Su Instagram, en el que tiene fotos publicadas suyas en vestido de baño o en ropa interior se han llenado de comentarios tales cómo “querías que te violara, no te hagas la víctima”, o “claro, mostrándote así como no te iba a violar”, otros cientos de comentarios semejantes. Si bien es cierto que no se ha pasado por un debido proceso para la condena de este hombre, ¿por qué siempre se le sitúa la culpa a la víctima? En este tipo de denuncias, muchas veces se duda de la mujer y no del hombre. “¿Quién sabe cómo estaría vestida”, “ella se lo buscó”, “¿quién la mandó a meterse allá?”, “no sabemos si ella se le insinuó”, “¿por qué se vistió así?”, “¿por qué habló así?”, “¿por qué fue allá?”, por qué ella, por qué, por qué.


Se cuestiona siempre a la mujer y no al hombre, porque no se ha enseñado que una mujer puede vestirse como quiera y esto no es señal alguna ni le da derecho a que el hombre la toque o, en este caso, la viole. Se cuestiona su forma de vestir, su forma de actuar, de hablar, pero no la de quien abusa de ella, y lo más grave: se cuestiona su denuncia, siempre. Pero las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) indican que alrededor del 35% de las mujeres en el mundo han sufrido al menos una vez violencia física o sexual. (OMS, 2017).


Así mismo, dentro de la definición de violencia sexual la OMS incluye, todo acto sexual, la tentativa de consumar un acto sexual, o los comentarios o insinuaciones sexuales no deseados; el último, para mí importantísimo, pues le comienza a quitar relevancia a esa perspectiva hoy establecida en la sociedad de “ahora a todo le llaman acoso, “no se les puede decir nada” o, mi favorita, “coquetear no es acoso”. Y sí, en muchos casos es acoso; el compañero de trabajo que todos los días te roza y te dice cosas que no quieres o te hace sentir incómoda; el grupo de muchachos borrachos por la calle que hacen comentarios cuando pasas; el taxista que comienza a lanzar opiniones sobre tu aspecto físico; el familiar que siempre te hace comentarios inapropiados. Todo esto es acoso en su versión más sutil, pero acoso, al fin y al cabo, y que hemos normalizado en casi todos los ambientes.


Así que no, no importa cómo estaba vestida la víctima, importa su denuncia y su nombre. Debe recordarse su nombre, más que el de su agresor. Por eso, que no se nos olvide su nombre, THELMA FARDIN, y el nombre de todas las valientes mujeres que han salido a denunciar todos los episodios de acoso que han sufrido. Ojalá esto marque un precedente para qué, como ocurrió en Estados Unidos con el movimiento del #MeToo, se pueda extender en toda América Latina y en Colombia la valentía de sacar a la luz todos los abusos que se han cometido en este medio, que podemos estar seguras, son muchos.


Que no se nos olvide que no debemos aceptar todo lo que nos digan por la calle. Que hoy en día, aún cuando persiste la noción de poner la culpa sobre la mujer, hemos podido crear redes de apoyo, denuncia y protesta, para salir adelante y enfrentar estas situaciones. Por lo tanto, cuando digan la próxima vez “ahora todas son víctimas”, podemos decir con certeza: SÍ. Casi todas las mujeres, unas más que otras, hemos sido víctimas de alguna forma de acoso en la vida; que no nos digan que “eso no es nada” porque “eso”, muchas veces, escala al punto de matarnos.

No es que de repente ahora todas somos víctimas, es que ya no nos callamos.

Bibliografía

Cruz, Madeleine. (2017). UN ABORDAJE DE LA NOCIÓN DE FEMINICIDIO DESDE UNA PERSPECTIVA PSICOANALÍTICA COMO RECURSO PARA MEJORAR LA APLICACIÓN DE LA NORMATIVA LEGAL VIGENTE. La Paz. Universidad Católica Boliviana Recuperado de

Claudia García-Moreno, Alessandra Guedes y Wendy Knerr. (2013). Comprender y abordar la violencia contra las mujeres. Washington, Dc. Organización Mundial de la Salud

Organización Mundial de la Salud. (29 de noviembre de 2017). Violencia contra la mujer. OMS

INFOBAE. (12 de diciembre de 2018). El valiente relato completo de Thelma Fardín, la actriz que denunció por violación a Juan Darthés. Buenos Aires



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