Hay más Formas de Cosificación que la Sexual

July 30, 2019
Columna
por:
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E s c a r m i e n t o

Cuando recordamos los cuentos que nos contaban en la infancia, la mayoría solemos tener un elemento en común: los personajes maldadosos o pícaros suelen enfrentarse, al finalizar la narración al menos a una consecuencia negativa por sus actos.

Y bueno, conocemos dichos cuentos porque en muchas ocasiones –aparte de entretenernos con una buena historia– nuestros padres, madres o cuidadores esperaban que aprendiéramos algo de las malas experiencias que han tenido otros al hacer cosas aparentemente indebidas o no aceptadas.

En lo personal, nunca fui muy fan de las narraciones moralistas ni aleccionadoras… O esas que bien se podrían catalogar como axiológicas. Sin embargo, desde hace unos meses le profeso un amor casi absoluto a un cuento de una feminista puertorriqueña –muy influyente en la literatura feminista– llamada Rosario Ferré; de hecho, podría decir que Papeles de Pandora –el libro del que proviene La muñeca menor– es de mis libros favoritos.

Daniel alonso en Pixabay

La muñeca menor cuenta la historia de una tía vieja que, sentada en el balcón de su hogar, se dedicaba a hacer muñecas tamaño real de sus sobrinas debido a que una chágara –que se quedó a vivir en su pantorrilla pese a los esfuerzos de su médico para retirársela– estropeó su vanidad al punto de obligarla a rechazar a todos los pretendientes que tuvo durante la juventud. Año tras año, aparte de ayudarle a su hermana con las nueve niñas, iba elaborando con gran destreza nueve muñecas con las medidas de cada una de las sobrinas, y cuyo paradero resultaba ser siempre una habitación de la casa en la que vivían.

A medida que las niñas se iban casando y yendo de la casa, la tía les obsequiaba una última muñeca que, se supone, serviría de decoración para su nuevo hogar. Lo que nadie sabía es que esta muñeca nupcial, a diferencia de las demás, no estaba rellena de guata sino de miel.

Cuando sólo la sobrina menor faltaba por casarse, el médico –quien nunca dejó de visitarla en los veinte años que tenía de vida la chágara en su pierna– llegó a la consulta mensual acompañado de su hijo recién graduado de medicina. El muchacho –que procedió a examinar la pantorrilla de la tía– le recriminó a su padre diciéndole que la situación no se hubiese prolongado tanto con un adecuado tratamiento, a lo que el médico le respondió que sólo lo había llevado a esa visita para que contemplara la criatura que le había pagado sus estudios.

A partir de allí, fue el joven médico quien visitó a la tía y con el pasar del tiempo se interesó enormemente en la última sobrina. Desde luego, la tía confeccionó una muñeca de bodas muy especial para la menor –ya que la dotó de sus dormilonas de brillantes para las pupilas– y a pesar de que tenía la sensación de que su futuro marido no habría de ser la pareja más cariñosa, la muchacha se casó.

El joven médico la llevó a vivir a una casa que tenía balcón para que la chica se sentara allí con la finalidad de que la gente viera que él se casó en sociedad –todo por causa de que ella provenía de una aristocracia casi completamente acabada–, y el día que su marido le sacó los ojos a la muñeca para poder conseguir un reloj costoso, la menor confirmó la sospecha que tenía, sobre el corazón de piedra de aquel hombre.

Algunos meses después, el joven médico extrañó a la muñeca y le preguntó a la menor qué había hecho con ella. La muchacha le explicó que las hormigas habían descubierto que estaba rellena de miel y que seguramente debían estar sufriendo a la hora de comerse las partes de porcelana cara que tenía. Esa noche el joven médico buscó la porcelana por los alrededores de la casa y no la encontró.

Conforme el joven médico iba envejeciendo, logró amasar cierta fortuna y quedarse con todos los pacientes del pueblo puesto a que muchos podían pagar bastante dinero para que los atendiera un profesional de alta alcurnia. No obstante, le perturbaba el hecho de que la piel de su esposa no tuviese ninguna arruga y siguiera tan lozana como en los días de cortejo. Así que una noche, decidió entrar a su cuarto para contemplarla mientras dormía; puso el estetoscopio sobre su pecho y escuchó un sonido diferente al de un corazón. Entonces, la muñeca se levantó y empezaron a salirle de los ahuecados ojos un montón de chágaras furiosas.

Escarmiento. Esa es la palabra que usé para comenzar este artículo. Aunque continúo con mi reticencia a las narraciones que contienen algún tipo de moraleja, estoy muy contenta con la representación de la cosificación de las mujeres en este maravilloso cuento –que, por cierto, recomiendo muchísimo leer por más que aquí lo haya resumido–. 

No se trata solamente de que la mujer deje de ser vista como un objeto sexual o de satisfacción de deseos carnales. Se trata de que deje de ser vista como un accesorio, como un escalón más en la obtención de cierto reconocimiento o estatus social ya que esa, como se puede apreciar, es una forma más de cosificación y no conozco un mejor ejemplo de esta perspectiva que el cuento de Ferré. Somos seres humanos independientemente del género al que pertenezcamos. No necesitamos que nos asusten con cuentos para entender que somos personas que si bien se necesitan entre sí, no dejan de tener una cierta individualidad que debe ser respetada junto con nuestro libre albedrío. No esperemos a que la realidad supere a la ficción y debamos escarmentar de otra manera.


Hay más Formas de Cosificación que la Sexual

July 20, 2019
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Cuando recordamos los cuentos que nos contaban en la infancia, la mayoría solemos tener un elemento en común: los personajes maldadosos o pícaros suelen enfrentarse, al finalizar la narración al menos a una consecuencia negativa por sus actos.

Y bueno, conocemos dichos cuentos porque en muchas ocasiones –aparte de entretenernos con una buena historia– nuestros padres, madres o cuidadores esperaban que aprendiéramos algo de las malas experiencias que han tenido otros al hacer cosas aparentemente indebidas o no aceptadas.

En lo personal, nunca fui muy fan de las narraciones moralistas ni aleccionadoras… O esas que bien se podrían catalogar como axiológicas. Sin embargo, desde hace unos meses le profeso un amor casi absoluto a un cuento de una feminista puertorriqueña –muy influyente en la literatura feminista– llamada Rosario Ferré; de hecho, podría decir que Papeles de Pandora –el libro del que proviene La muñeca menor– es de mis libros favoritos.

Daniel alonso en Pixabay

La muñeca menor cuenta la historia de una tía vieja que, sentada en el balcón de su hogar, se dedicaba a hacer muñecas tamaño real de sus sobrinas debido a que una chágara –que se quedó a vivir en su pantorrilla pese a los esfuerzos de su médico para retirársela– estropeó su vanidad al punto de obligarla a rechazar a todos los pretendientes que tuvo durante la juventud. Año tras año, aparte de ayudarle a su hermana con las nueve niñas, iba elaborando con gran destreza nueve muñecas con las medidas de cada una de las sobrinas, y cuyo paradero resultaba ser siempre una habitación de la casa en la que vivían.

A medida que las niñas se iban casando y yendo de la casa, la tía les obsequiaba una última muñeca que, se supone, serviría de decoración para su nuevo hogar. Lo que nadie sabía es que esta muñeca nupcial, a diferencia de las demás, no estaba rellena de guata sino de miel.

Cuando sólo la sobrina menor faltaba por casarse, el médico –quien nunca dejó de visitarla en los veinte años que tenía de vida la chágara en su pierna– llegó a la consulta mensual acompañado de su hijo recién graduado de medicina. El muchacho –que procedió a examinar la pantorrilla de la tía– le recriminó a su padre diciéndole que la situación no se hubiese prolongado tanto con un adecuado tratamiento, a lo que el médico le respondió que sólo lo había llevado a esa visita para que contemplara la criatura que le había pagado sus estudios.

A partir de allí, fue el joven médico quien visitó a la tía y con el pasar del tiempo se interesó enormemente en la última sobrina. Desde luego, la tía confeccionó una muñeca de bodas muy especial para la menor –ya que la dotó de sus dormilonas de brillantes para las pupilas– y a pesar de que tenía la sensación de que su futuro marido no habría de ser la pareja más cariñosa, la muchacha se casó.

El joven médico la llevó a vivir a una casa que tenía balcón para que la chica se sentara allí con la finalidad de que la gente viera que él se casó en sociedad –todo por causa de que ella provenía de una aristocracia casi completamente acabada–, y el día que su marido le sacó los ojos a la muñeca para poder conseguir un reloj costoso, la menor confirmó la sospecha que tenía, sobre el corazón de piedra de aquel hombre.

Algunos meses después, el joven médico extrañó a la muñeca y le preguntó a la menor qué había hecho con ella. La muchacha le explicó que las hormigas habían descubierto que estaba rellena de miel y que seguramente debían estar sufriendo a la hora de comerse las partes de porcelana cara que tenía. Esa noche el joven médico buscó la porcelana por los alrededores de la casa y no la encontró.

Conforme el joven médico iba envejeciendo, logró amasar cierta fortuna y quedarse con todos los pacientes del pueblo puesto a que muchos podían pagar bastante dinero para que los atendiera un profesional de alta alcurnia. No obstante, le perturbaba el hecho de que la piel de su esposa no tuviese ninguna arruga y siguiera tan lozana como en los días de cortejo. Así que una noche, decidió entrar a su cuarto para contemplarla mientras dormía; puso el estetoscopio sobre su pecho y escuchó un sonido diferente al de un corazón. Entonces, la muñeca se levantó y empezaron a salirle de los ahuecados ojos un montón de chágaras furiosas.

Escarmiento. Esa es la palabra que usé para comenzar este artículo. Aunque continúo con mi reticencia a las narraciones que contienen algún tipo de moraleja, estoy muy contenta con la representación de la cosificación de las mujeres en este maravilloso cuento –que, por cierto, recomiendo muchísimo leer por más que aquí lo haya resumido–. 

No se trata solamente de que la mujer deje de ser vista como un objeto sexual o de satisfacción de deseos carnales. Se trata de que deje de ser vista como un accesorio, como un escalón más en la obtención de cierto reconocimiento o estatus social ya que esa, como se puede apreciar, es una forma más de cosificación y no conozco un mejor ejemplo de esta perspectiva que el cuento de Ferré. Somos seres humanos independientemente del género al que pertenezcamos. No necesitamos que nos asusten con cuentos para entender que somos personas que si bien se necesitan entre sí, no dejan de tener una cierta individualidad que debe ser respetada junto con nuestro libre albedrío. No esperemos a que la realidad supere a la ficción y debamos escarmentar de otra manera.


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