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clima Revista Level
Asantha Abeysooriya

En su definición clásica, el cambio climático es un fenómeno ambiental de transformación en los patrones meteorológicos, por causas geológicas, físicas y químicas. En la actualidad, los cambios en las temperaturas y en los ciclos hídricos se asocian con la alta concentración de Gases de Efecto Invernadero (GEI), provocada por las actividades humanas: uso y explotación de combustibles fósiles, descomposición de residuos urbanos, transformación en el uso de los suelos, entre otros. Según el 4º Informe de Grupo Intergubernamental de Cambio climático (IPCC), desde la revolución industrial, la temperatura global ha aumentado 0,6° C y se pronostica que para finales del siglo XXI esta cifra ascienda entre 1.1°C y 6.4°C. Las consecuencias de esto incluyen el incremento de la frecuencia y gravedad de fenómenos naturales extremos, el ascenso en el nivel del mar por el derretimiento de los polos, la desaparición de fauna y flora endémicas de ciertos lugares y la propagación de plagas. 

Más allá de esto, que no es poco, el cambio climático es otra de las manifestaciones de la desigualdad global y de género, pues evidencia una de las paradojas del discurso del desarrollo económico. Por un lado, este fenómeno se ha acelerado con el crecimiento industrial de las economías capitalistas desarrolladas y sus niveles de consumo; pero, de otra parte, los efectos y las externalidades negativas son asumidas, de manera desproporcionada, por las poblaciones más vulnerables. La riqueza se ha concentrado en pocos países, y en unas cuentas manos, mientras que los costos ambientales deben ser asumidos por los ecosistemas más frágiles y las poblaciones humanas más desprotegidas.

Los países más afectados por el cambio climático

De acuerdo con el Índice de Riesgo Climático Global, los diez países más afectados por el cambio climático, entre 1999 y 2018, han sido, en su mayoría, Estados insulares, de renta media o baja y con altos niveles de pobreza: Puerto Rico, Myanmar, Haití, Filipinas, Pakistán, Vietnam, Bangladesh, Tailandia, Nepal y Dominica (Germanwatch, 2020). Estos países, clasificados por el número de desastres climáticos ocurridos, el número de vidas humanas perdidas y el costo en millones de dólares, lejos están de ser los principales emisores de carbono. Sin embargo, han tenido menor capacidad de resiliencia y mayores dificultades de adaptación, con los consecuentes impactos en la calidad de vida de sus habitantes. Aumento en la migración climática, perdida de infraestructura, mayor número de personas que caen bajo la línea de la pobreza y la pobreza extrema son algunos de los efectos inmediatos.


Por ejemplo, en mayo de 2008, el ciclón Nargis causó uno de los desplazamientos climáticos más grandes de la historia reciente, en Myanmar. Aproximadamente 2,4 millones de personas se vieron gravemente afectadas por el fenómeno natural, entre las cuales, 800.000 debieron abandonar sus hogares.

La vulnerabilidad de las mujeres

En este contexto de desigualdad global, las mujeres son especialmente vulnerables a los efectos de los desastres naturales. La Organización de las Naciones Unidas estima que el 75% de las personas desplazadas y con necesidad de ayuda humanitaria por desastres naturales corresponde a mujeres y niñas. Por lo general, esto se debe a que se encuentran en condiciones de precariedad socioeconómica, restricciones físicas y falta de acceso a la información, lo que les impide prepararse adecuadamente. 

Igualmente, se ha identificado que, después de la ocurrencia de un desastre natural, aumenta la probabilidad de sufrir violencia física y sexual. Las condiciones en los albergues temporales y la desprotección manifiesta amenazan la integridad de las mujeres y las niñas, y las pone en un estado de indefensión que suele exacerbar la violencia machista.  

De otra parte, debido a los roles de género, las normas culturales, las expectativas y otras características demográficas convergentes (como ubicación geográfica, pertenencia étnica y clase social), el cambio climático tiene repercusiones diferenciadas sobre la vida de las mujeres y niñas del sur global. En las zonas rurales y centros urbanos dispersos, las mujeres dependen, en mayor medida, de los recursos naturales para su subsistencia, de manera que resienten, directamente, su agotamiento. 

El acceso al agua y a combustibles para el uso doméstico se han convertido en ejemplos de ello. En el 48% de los hogares rurales en Colombia, se emplea madera o biomasa para cocinar (PNUD, 2018). Debido a su rol en la preparación de alimentos, las mujeres están más expuestas a los efectos negativos de estas fuentes de energía convencionales e ineficientes y a sufrir problemas respiratorios asociados a su uso. Anualmente, en el mundo, 4 millones de personas mueren prematuramente por enfermedades asociadas a la contaminación del aire por el uso de combustibles sólidos en el hogar. 

Igualmente, en muchas zonas, las mujeres son las encargadas de conseguir y transportar el agua para el consumo de los hogares y comunidades. Por lo anterior, el agotamiento de los acuíferos las obliga a recorrer distancias más largas e invertir mayor cantidad de tiempo en la realización de esta tarea.

Así, los impactos del cambio climático aumentan el número de horas en el trabajo no remunerado de las mujeres, las brechas de género e incrementan su pobreza de tiempo, lo que les dificulta, aún más, obtener ingresos propios para apoyar las economías familiares. En otras palabras, trabajan más, en condiciones más adversas y con menores retribuciones.

La seguridad alimentaria es otro de los grandes perjuicios producidos por las largas temporadas de sequias o las inundaciones. El daño en los cultivos provoca escasez alimentaria y perdidas económicas para los productores. Esto pone en peligro el equilibrio nutricional de sus familias y comunidades. Por lo anterior, las mujeres deben asumir mayores responsabilidades para compensar las pérdidas, a través de su trabajo en los cultivos tradicionales y de pan coger. En estos escenarios es donde se preserva, además, buena parte de la diversidad de especies y semillas que no son comercializadas, pero que constituyen una importante contribución a la soberanía alimentaria de los pueblos.  

Finalmente, las mujeres tienen una representación desigual en los procesos de toma de decisiones y de acceso a los recursos naturales, tales como la tierra, el agua, la pesca, e insumos agroindustriales. Las mujeres y niñas se encuentran subrepresentadas en la gobernanza climática y ambiental, tanto a nivel local como internacional, pues suelen ser los hombres quienes ostentan los títulos de propiedad, ocupan los cuerpos colegiados en las asociaciones y órganos locales, así como los lugares de dirección de las empresas e industrias. 

En las negociaciones del Acuerdo de París (2015), por ejemplo, solo el 32% de los delegados gubernamentales y el 20% de los jefes de delegación fueron mujeres. Esto impide que se tengan en cuenta sus experiencias, sus saberes y sus necesidades en la definición de políticas y en la construcción de planes de acción y mitigación frente al cambio climático. Es importante, sobre todo, que las mujeres ocupen lugares de liderazgo a nivel territorial, que es donde se observan los efectos más dramáticos del cambio climático.

En definitiva, el cambio climático agudiza las desigualdades preexistentes y profundiza las situaciones de vulnerabilidad de las poblaciones más pobres y, sobre todo, de las mujeres. Las responsabilidades diferenciadas que tienen los países en el cambio climático no han sido asumidas a plenitud ni han llevado a un cuestionamiento estructural de la desigualdad social global. Según Oxfam Internacional, los 22 hombres más ricos del mundo tienen más riqueza que todas las mujeres de África juntas (Oxfam, 2021). Esto es, cuando menos, antiético y escandaloso, teniendo en cuenta las difíciles condiciones de vida de muchas de las ciudadanas del planeta y los costos que deben asumir por culpa de un modelo de desarrollo que nada las beneficia. Por lo tanto, la justicia climática es también una cuestión de género y una reivindicación feminista en el mundo contemporáneo.

Referencias


Germanwatch. (2020). Índice de Riesgo Climático Global 2020.

Oxfam. (2021). Cinco datos escandalosos sobre la desigualdad extrema global y cómo combatirla.

PNUD. (2018). ODS en Colombia: los retos para 2030. Bogotá: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

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Asantha Abeysooriya

En su definición clásica, el cambio climático es un fenómeno ambiental de transformación en los patrones meteorológicos, por causas geológicas, físicas y químicas. En la actualidad, los cambios en las temperaturas y en los ciclos hídricos se asocian con la alta concentración de Gases de Efecto Invernadero (GEI), provocada por las actividades humanas: uso y explotación de combustibles fósiles, descomposición de residuos urbanos, transformación en el uso de los suelos, entre otros. Según el 4º Informe de Grupo Intergubernamental de Cambio climático (IPCC), desde la revolución industrial, la temperatura global ha aumentado 0,6° C y se pronostica que para finales del siglo XXI esta cifra ascienda entre 1.1°C y 6.4°C. Las consecuencias de esto incluyen el incremento de la frecuencia y gravedad de fenómenos naturales extremos, el ascenso en el nivel del mar por el derretimiento de los polos, la desaparición de fauna y flora endémicas de ciertos lugares y la propagación de plagas. 

Más allá de esto, que no es poco, el cambio climático es otra de las manifestaciones de la desigualdad global y de género, pues evidencia una de las paradojas del discurso del desarrollo económico. Por un lado, este fenómeno se ha acelerado con el crecimiento industrial de las economías capitalistas desarrolladas y sus niveles de consumo; pero, de otra parte, los efectos y las externalidades negativas son asumidas, de manera desproporcionada, por las poblaciones más vulnerables. La riqueza se ha concentrado en pocos países, y en unas cuentas manos, mientras que los costos ambientales deben ser asumidos por los ecosistemas más frágiles y las poblaciones humanas más desprotegidas.

Los países más afectados por el cambio climático

De acuerdo con el Índice de Riesgo Climático Global, los diez países más afectados por el cambio climático, entre 1999 y 2018, han sido, en su mayoría, Estados insulares, de renta media o baja y con altos niveles de pobreza: Puerto Rico, Myanmar, Haití, Filipinas, Pakistán, Vietnam, Bangladesh, Tailandia, Nepal y Dominica (Germanwatch, 2020). Estos países, clasificados por el número de desastres climáticos ocurridos, el número de vidas humanas perdidas y el costo en millones de dólares, lejos están de ser los principales emisores de carbono. Sin embargo, han tenido menor capacidad de resiliencia y mayores dificultades de adaptación, con los consecuentes impactos en la calidad de vida de sus habitantes. Aumento en la migración climática, perdida de infraestructura, mayor número de personas que caen bajo la línea de la pobreza y la pobreza extrema son algunos de los efectos inmediatos.


Por ejemplo, en mayo de 2008, el ciclón Nargis causó uno de los desplazamientos climáticos más grandes de la historia reciente, en Myanmar. Aproximadamente 2,4 millones de personas se vieron gravemente afectadas por el fenómeno natural, entre las cuales, 800.000 debieron abandonar sus hogares.

La vulnerabilidad de las mujeres

En este contexto de desigualdad global, las mujeres son especialmente vulnerables a los efectos de los desastres naturales. La Organización de las Naciones Unidas estima que el 75% de las personas desplazadas y con necesidad de ayuda humanitaria por desastres naturales corresponde a mujeres y niñas. Por lo general, esto se debe a que se encuentran en condiciones de precariedad socioeconómica, restricciones físicas y falta de acceso a la información, lo que les impide prepararse adecuadamente. 

Igualmente, se ha identificado que, después de la ocurrencia de un desastre natural, aumenta la probabilidad de sufrir violencia física y sexual. Las condiciones en los albergues temporales y la desprotección manifiesta amenazan la integridad de las mujeres y las niñas, y las pone en un estado de indefensión que suele exacerbar la violencia machista.  

De otra parte, debido a los roles de género, las normas culturales, las expectativas y otras características demográficas convergentes (como ubicación geográfica, pertenencia étnica y clase social), el cambio climático tiene repercusiones diferenciadas sobre la vida de las mujeres y niñas del sur global. En las zonas rurales y centros urbanos dispersos, las mujeres dependen, en mayor medida, de los recursos naturales para su subsistencia, de manera que resienten, directamente, su agotamiento. 

El acceso al agua y a combustibles para el uso doméstico se han convertido en ejemplos de ello. En el 48% de los hogares rurales en Colombia, se emplea madera o biomasa para cocinar (PNUD, 2018). Debido a su rol en la preparación de alimentos, las mujeres están más expuestas a los efectos negativos de estas fuentes de energía convencionales e ineficientes y a sufrir problemas respiratorios asociados a su uso. Anualmente, en el mundo, 4 millones de personas mueren prematuramente por enfermedades asociadas a la contaminación del aire por el uso de combustibles sólidos en el hogar. 

Igualmente, en muchas zonas, las mujeres son las encargadas de conseguir y transportar el agua para el consumo de los hogares y comunidades. Por lo anterior, el agotamiento de los acuíferos las obliga a recorrer distancias más largas e invertir mayor cantidad de tiempo en la realización de esta tarea.

Así, los impactos del cambio climático aumentan el número de horas en el trabajo no remunerado de las mujeres, las brechas de género e incrementan su pobreza de tiempo, lo que les dificulta, aún más, obtener ingresos propios para apoyar las economías familiares. En otras palabras, trabajan más, en condiciones más adversas y con menores retribuciones.

La seguridad alimentaria es otro de los grandes perjuicios producidos por las largas temporadas de sequias o las inundaciones. El daño en los cultivos provoca escasez alimentaria y perdidas económicas para los productores. Esto pone en peligro el equilibrio nutricional de sus familias y comunidades. Por lo anterior, las mujeres deben asumir mayores responsabilidades para compensar las pérdidas, a través de su trabajo en los cultivos tradicionales y de pan coger. En estos escenarios es donde se preserva, además, buena parte de la diversidad de especies y semillas que no son comercializadas, pero que constituyen una importante contribución a la soberanía alimentaria de los pueblos.  

Finalmente, las mujeres tienen una representación desigual en los procesos de toma de decisiones y de acceso a los recursos naturales, tales como la tierra, el agua, la pesca, e insumos agroindustriales. Las mujeres y niñas se encuentran subrepresentadas en la gobernanza climática y ambiental, tanto a nivel local como internacional, pues suelen ser los hombres quienes ostentan los títulos de propiedad, ocupan los cuerpos colegiados en las asociaciones y órganos locales, así como los lugares de dirección de las empresas e industrias. 

En las negociaciones del Acuerdo de París (2015), por ejemplo, solo el 32% de los delegados gubernamentales y el 20% de los jefes de delegación fueron mujeres. Esto impide que se tengan en cuenta sus experiencias, sus saberes y sus necesidades en la definición de políticas y en la construcción de planes de acción y mitigación frente al cambio climático. Es importante, sobre todo, que las mujeres ocupen lugares de liderazgo a nivel territorial, que es donde se observan los efectos más dramáticos del cambio climático.

En definitiva, el cambio climático agudiza las desigualdades preexistentes y profundiza las situaciones de vulnerabilidad de las poblaciones más pobres y, sobre todo, de las mujeres. Las responsabilidades diferenciadas que tienen los países en el cambio climático no han sido asumidas a plenitud ni han llevado a un cuestionamiento estructural de la desigualdad social global. Según Oxfam Internacional, los 22 hombres más ricos del mundo tienen más riqueza que todas las mujeres de África juntas (Oxfam, 2021). Esto es, cuando menos, antiético y escandaloso, teniendo en cuenta las difíciles condiciones de vida de muchas de las ciudadanas del planeta y los costos que deben asumir por culpa de un modelo de desarrollo que nada las beneficia. Por lo tanto, la justicia climática es también una cuestión de género y una reivindicación feminista en el mundo contemporáneo.

Referencias


Germanwatch. (2020). Índice de Riesgo Climático Global 2020.

Oxfam. (2021). Cinco datos escandalosos sobre la desigualdad extrema global y cómo combatirla.

PNUD. (2018). ODS en Colombia: los retos para 2030. Bogotá: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

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