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Fotografía adaptada por María Fernanda Molano

“Humano demasiado humano

Inhumano en demasía

Ruin demasiado ruin

Antinómico sustento

de frivolidades y lamentos…”

Que triste es sentir a veces lo ruin que puede ser la gente, en cosas tan humanas como las interacciones pasajeras o permanentes; la indiferencia, la egolatría, la envidia, la hostilidad y la intolerancia, permean círculos tan cercanos como distantes; el alma suele doler cuando se siente en el aire ese proceder tan inhumano o tal vez tan humano, esta es la antinomia: la respuesta a la pregunta sobre el significado de la humanidad, puede causar cierta perplejidad; lo humano trasiega entre lo tóxico y lo bondadoso, la paradoja no es difícil de descifrar: el patrón de la humanidad sigue una línea de lo que está mal, la bondad parece ser una excepcionalidad.

Nietzsche, el autor de humano demasiado humano, decía: “No hay hermosas superficies, sin terribles profundidades”, tal vez, así es la humanidad, muestra su cara del bien, pero en lo profundo pervive la antinomia ruin. Así se comportan algunos seres humanos en los círculos sociales, familiares, laborales y culturales; parece que se normalizan los discursos de odio, y la exclusión social; las relaciones sociales parecen una feria de frivolidades, en la que no seremos invitadas las personas que superamos las banalidades, fácilmente sufrimos un puñado de hostilidades.

El ensimismamiento de nuestro tiempo es el efecto antinómico que se enquisto en los cerebros humanos, almas desensibilizadas que hasta con “pequeñeces” como las denominan pueden destruir vidas, comentarios malintencionados, prejuicios por doquier, envidias, egos, rumores crueles y sátiras excluyentes hacen parte del repertorio “de lo humano”, en esta fórmula antinómica la disociación parece guiar la vida de  algunas personas acostumbradas a detonar odio en sus entornos.

Existe una confabulación contra lo que debería ser el sentido mismo de la humanidad, socialmente se juzga la bondad, se castiga la diferencia, se excluye la inteligencia, se señala la divergencia, se repele la igualdad y se condena la paz. La antinomia ruin está presente en cada círculo social, es doloroso sentirla en el aire: en el entorno académico, laboral, social y político. Como duele el alma, ante tanta mezquindad.

Como duele aceptar que esta sociedad está llena de personas humanas demasiado humanas en demasía inhumanas, les cuesta pensar en el otro o la otra, ponerse en su lugar, incluso amar a la misma humanidad, ¿hasta cuándo esos niveles de ensimismamiento? ¡Yo no hago nada por nadie, porque nadie hace nada por mi! ¡Mis privilegios me pertenecen! ¡Primero yo! ¡Mientras no me afecte, no me interesa! ¡Acaso quien me da algo o quien trabaja por mi! son frases frecuentes que laceran el alma.

Lo más triste es lo que alimenta su interior: egoísmo, odio y discriminación, hasta en las cosas más cotidianas se pueden experimentar comportamientos mezquinos, discordias entre vecinos, disociaciones laborales, ataques personales, envidias profesionales, maltrato animal y medioambiental, son dispositivos que fácilmente accionan la cultura del odio y la apología de la guerra. ¿Acaso puede existir una antinomia más cruel que la que representa el sentido de lo humano?

Así sea en poca proporción me quedó con esa parte de la humanidad que todavía práctica la bondad, que es resiliente frente a tantos actos de odio y egoísmo normalizado, me quedo con esa concepción de humanidad que le da valor a la igualdad y la justicia social, esa parte que respeta las diferencias, que lucha por la paz, que empatiza con las víctimas y  actúa con genuina solidaridad. Me quedo con esa parte de la humanidad que es consecuente con el sentido positivo de lo humano.

“Así el mundo te quiera arrastrar y tumbar sobre el suelo date la vuelta y mira fijamente el firmamento, verás que la oscuridad permanece iluminada por millones de estrellas” 

Galería

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Fotografía adaptada por María Fernanda Molano

“Humano demasiado humano

Inhumano en demasía

Ruin demasiado ruin

Antinómico sustento

de frivolidades y lamentos…”

Que triste es sentir a veces lo ruin que puede ser la gente, en cosas tan humanas como las interacciones pasajeras o permanentes; la indiferencia, la egolatría, la envidia, la hostilidad y la intolerancia, permean círculos tan cercanos como distantes; el alma suele doler cuando se siente en el aire ese proceder tan inhumano o tal vez tan humano, esta es la antinomia: la respuesta a la pregunta sobre el significado de la humanidad, puede causar cierta perplejidad; lo humano trasiega entre lo tóxico y lo bondadoso, la paradoja no es difícil de descifrar: el patrón de la humanidad sigue una línea de lo que está mal, la bondad parece ser una excepcionalidad.

Nietzsche, el autor de humano demasiado humano, decía: “No hay hermosas superficies, sin terribles profundidades”, tal vez, así es la humanidad, muestra su cara del bien, pero en lo profundo pervive la antinomia ruin. Así se comportan algunos seres humanos en los círculos sociales, familiares, laborales y culturales; parece que se normalizan los discursos de odio, y la exclusión social; las relaciones sociales parecen una feria de frivolidades, en la que no seremos invitadas las personas que superamos las banalidades, fácilmente sufrimos un puñado de hostilidades.

El ensimismamiento de nuestro tiempo es el efecto antinómico que se enquisto en los cerebros humanos, almas desensibilizadas que hasta con “pequeñeces” como las denominan pueden destruir vidas, comentarios malintencionados, prejuicios por doquier, envidias, egos, rumores crueles y sátiras excluyentes hacen parte del repertorio “de lo humano”, en esta fórmula antinómica la disociación parece guiar la vida de  algunas personas acostumbradas a detonar odio en sus entornos.

Existe una confabulación contra lo que debería ser el sentido mismo de la humanidad, socialmente se juzga la bondad, se castiga la diferencia, se excluye la inteligencia, se señala la divergencia, se repele la igualdad y se condena la paz. La antinomia ruin está presente en cada círculo social, es doloroso sentirla en el aire: en el entorno académico, laboral, social y político. Como duele el alma, ante tanta mezquindad.

Como duele aceptar que esta sociedad está llena de personas humanas demasiado humanas en demasía inhumanas, les cuesta pensar en el otro o la otra, ponerse en su lugar, incluso amar a la misma humanidad, ¿hasta cuándo esos niveles de ensimismamiento? ¡Yo no hago nada por nadie, porque nadie hace nada por mi! ¡Mis privilegios me pertenecen! ¡Primero yo! ¡Mientras no me afecte, no me interesa! ¡Acaso quien me da algo o quien trabaja por mi! son frases frecuentes que laceran el alma.

Lo más triste es lo que alimenta su interior: egoísmo, odio y discriminación, hasta en las cosas más cotidianas se pueden experimentar comportamientos mezquinos, discordias entre vecinos, disociaciones laborales, ataques personales, envidias profesionales, maltrato animal y medioambiental, son dispositivos que fácilmente accionan la cultura del odio y la apología de la guerra. ¿Acaso puede existir una antinomia más cruel que la que representa el sentido de lo humano?

Así sea en poca proporción me quedó con esa parte de la humanidad que todavía práctica la bondad, que es resiliente frente a tantos actos de odio y egoísmo normalizado, me quedo con esa concepción de humanidad que le da valor a la igualdad y la justicia social, esa parte que respeta las diferencias, que lucha por la paz, que empatiza con las víctimas y  actúa con genuina solidaridad. Me quedo con esa parte de la humanidad que es consecuente con el sentido positivo de lo humano.

“Así el mundo te quiera arrastrar y tumbar sobre el suelo date la vuelta y mira fijamente el firmamento, verás que la oscuridad permanece iluminada por millones de estrellas” 

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