La Violencia Escolar También Distingue el Género

June 10, 2019
Columna
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Es importante preguntarse si en los tiempos actuales donde se habla desde todos los sectores sociales de equidad y de derechos adaptados a las necesidades de cada género, existen en el interior de las instituciones como las escuelas y centros de formación, prácticas y situaciones que afectan especialmente a los géneros tradicionalmente marginados. Para ahondar un poco en ese interrogante hay que hacer ciertas claridades, por ejemplo, hay que entender que los estereotipos de género se basan en percepciones colectivas que se han formado como consecuencia de relaciones de poder asimétricas e institucionalizadas; este proceso ha sido ampliamente estudiado desde la teoría psico social, la cual evidencia cómo las percepciones y prejuicios que se tejen en torno a las características de los géneros se convierten en mitos, como el asumir que el género femenino está acondicionado de manera innata para ejercer la maternidad y que por lo tanto si una mujer ha dado a luz recientemente no debe continuar en el corto plazo con su carrera profesional porque esto iría en detrimento del bienestar de su familia.

Esos estereotipos, a pesar de todo el discurso de derechos y equidad de las organizaciones, siguen siendo determinantes para desencadenar discriminaciones y afectaciones distintas para cada género, situación que es evidente en las instituciones de formación desde el nivel básico al superior, y por tanto es lógico que ante el fenómeno de la violencia escolar las implicaciones sean distintas para cada una de los géneros. En este orden de ideas, la violencia que sufren los individuos a los que se asocia con el género masculino está mediada por la característica que socialmente se reconoce como distintiva del mismo que es el egocentrismo, mientras que para el caso de individuos reconocidos como  de género femenino las expresiones se ligan con su rasgo característico que es la comunalidad.

De esta manera, estudiosos de fenómenos como el bullying o los rituales de iniciación a estudiantes nuevos en ciertas instituciones, señalan que entre los ataques que se realizan a varones destacan el uso de insultos homofóbicos  y la solicitud de pruebas de masculinidad; en estos casos también es más común la violencia física y  la prueba de la fuerza individual. En el caso de las prácticas de intimidación contra mujeres, saltan a la vista muchos de los estereotipos tradicionales, al ser común el sometimiento a labores de sumisión y servicio similares a la esclavitud; igualmente en estas situaciones el cuerpo de la mujer se vuelve a instrumentalizar y hay una connotación sexual del ataque, pues en muchas ocasiones la víctima debe exhibirse, recibir insultos por su apariencia o realizar actos de carácter sexual.

De igual manera es interesante analizar el comportamiento de los victimarios y como está influido por estos estereotipos de género, el proyecto “Novatadas: Comprender para actuar” de España, que reunió a investigadores de varios centros donde los “Bautizos” a estudiantes nuevos eran una práctica común con resultados negativos para los estudiantes - en algunos casos incluso la muerte - realizó una investigación que concluyó que las mujeres se muestran menos dispuestas a realizar este tipo de actos a nuevos compañeros una vez que han pasado por los mismos y se afirma que esto también puede ser ocasionado por el carácter supuestamente comunal y afectivo del género femenino.

Ante este panorama pareciera que las autoridades de las instituciones educativas han hecho poco por acabar con las prácticas de violencia escolar y mucho menos por mitigar los impactos diferenciados en cada género, inclusive, son muchas veces estas mismas autoridades las que violentan a los y las estudiantes y lo hacen discriminando en función del género, como en aquellos casos documentados recientemente en ciertas universidades, donde queda manifiesto el acoso sexual a estudiantes de género femenino o el caso de la presión del equipo directivo contra Sergio Urrego, por sus preferencias sexuales. La lógica parece ser la de reducir el daño una vez ha sido hecho y no se concibe la importancia de prevenir.

Está claro que es necesario que las organizaciones de la sociedad civil y los legisladores  profundicen su conocimiento en este tema de la violencia escolar y de entrada lo hagan con un enfoque diferencial de género para que las medidas que se puedan tomar trascienden del plano discursivo y doten a las comunidades educativas con herramientas que les permitan actuar en contexto.

La Violencia Escolar También Distingue el Género

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April 29, 2019

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Es importante preguntarse si en los tiempos actuales donde se habla desde todos los sectores sociales de equidad y de derechos adaptados a las necesidades de cada género, existen en el interior de las instituciones como las escuelas y centros de formación, prácticas y situaciones que afectan especialmente a los géneros tradicionalmente marginados. Para ahondar un poco en ese interrogante hay que hacer ciertas claridades, por ejemplo, hay que entender que los estereotipos de género se basan en percepciones colectivas que se han formado como consecuencia de relaciones de poder asimétricas e institucionalizadas; este proceso ha sido ampliamente estudiado desde la teoría psico social, la cual evidencia cómo las percepciones y prejuicios que se tejen en torno a las características de los géneros se convierten en mitos, como el asumir que el género femenino está acondicionado de manera innata para ejercer la maternidad y que por lo tanto si una mujer ha dado a luz recientemente no debe continuar en el corto plazo con su carrera profesional porque esto iría en detrimento del bienestar de su familia.

Esos estereotipos, a pesar de todo el discurso de derechos y equidad de las organizaciones, siguen siendo determinantes para desencadenar discriminaciones y afectaciones distintas para cada género, situación que es evidente en las instituciones de formación desde el nivel básico al superior, y por tanto es lógico que ante el fenómeno de la violencia escolar las implicaciones sean distintas para cada una de los géneros. En este orden de ideas, la violencia que sufren los individuos a los que se asocia con el género masculino está mediada por la característica que socialmente se reconoce como distintiva del mismo que es el egocentrismo, mientras que para el caso de individuos reconocidos como  de género femenino las expresiones se ligan con su rasgo característico que es la comunalidad.

De esta manera, estudiosos de fenómenos como el bullying o los rituales de iniciación a estudiantes nuevos en ciertas instituciones, señalan que entre los ataques que se realizan a varones destacan el uso de insultos homofóbicos  y la solicitud de pruebas de masculinidad; en estos casos también es más común la violencia física y  la prueba de la fuerza individual. En el caso de las prácticas de intimidación contra mujeres, saltan a la vista muchos de los estereotipos tradicionales, al ser común el sometimiento a labores de sumisión y servicio similares a la esclavitud; igualmente en estas situaciones el cuerpo de la mujer se vuelve a instrumentalizar y hay una connotación sexual del ataque, pues en muchas ocasiones la víctima debe exhibirse, recibir insultos por su apariencia o realizar actos de carácter sexual.

De igual manera es interesante analizar el comportamiento de los victimarios y como está influido por estos estereotipos de género, el proyecto “Novatadas: Comprender para actuar” de España, que reunió a investigadores de varios centros donde los “Bautizos” a estudiantes nuevos eran una práctica común con resultados negativos para los estudiantes - en algunos casos incluso la muerte - realizó una investigación que concluyó que las mujeres se muestran menos dispuestas a realizar este tipo de actos a nuevos compañeros una vez que han pasado por los mismos y se afirma que esto también puede ser ocasionado por el carácter supuestamente comunal y afectivo del género femenino.

Ante este panorama pareciera que las autoridades de las instituciones educativas han hecho poco por acabar con las prácticas de violencia escolar y mucho menos por mitigar los impactos diferenciados en cada género, inclusive, son muchas veces estas mismas autoridades las que violentan a los y las estudiantes y lo hacen discriminando en función del género, como en aquellos casos documentados recientemente en ciertas universidades, donde queda manifiesto el acoso sexual a estudiantes de género femenino o el caso de la presión del equipo directivo contra Sergio Urrego, por sus preferencias sexuales. La lógica parece ser la de reducir el daño una vez ha sido hecho y no se concibe la importancia de prevenir.

Está claro que es necesario que las organizaciones de la sociedad civil y los legisladores  profundicen su conocimiento en este tema de la violencia escolar y de entrada lo hagan con un enfoque diferencial de género para que las medidas que se puedan tomar trascienden del plano discursivo y doten a las comunidades educativas con herramientas que les permitan actuar en contexto.

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